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EXPOELEARNING 2009.

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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA CORRESPONDENCIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.”.
Miguel Hernández

 

Todavía recuerdo los tiempos, cuando con el periódico de la mañana, venía el correo, y la lectura de la correspondencia podía resultar por lo menos interesante. Si las noticias del periódico no nos impresionaban grandemente, siempre quedaba el recurso de acudir a la correspondencia privada. Independientemente de su contenido, tal correspondencia seguía siendo correspondencia. Quiero decir cartas. Cartas, esto es, algo que alguien le envía a uno por ser cada cual quien es y no porque espera que haga una cosa por él, o simplemente porque es el ocupante de la puerta H en el duodécimo piso del número 193 del Paseo Marítimo.

¿Qué le pasa hoy a la correspondencia privada? Abrimos nuestro buzón, y ¿qué hallamos? Si por acaso flota entre la masa de papeles una carta donde un familiar o un amigo nos cuenta algún infortunio, hasta podremos darnos por satisfechos. No se lo deseamos; preferiríamos que nuestro corresponsal nos regalara con toda suerte de venturas. Pero aún el recuento de tribulaciones representa un contacto personal. Lo malo es que la mayor parte de las veces ni siquiera podemos contar con tales recados.

Las que encontramos, y en abundancia prodigiosa, son: primero, facturas, segundo, hojas que hay que llenar para responder a algún cuestionario; tercero, hojas en las que no se nos informa que debemos presentarnos tal o cual día en tal o cual oficina o paraje; cuarto, circulares donde se nos pide contribuir a toda suerte de empresas : bailes para combatir un brote de tos ferina en un país asiático, fondos destinados a defender la Libertad de la Cultura, etc.; quinto, propaganda comercial en la que se nos promete una enciclopedia si llenamos un cupón pidiendo, pago anticipado, un ordenador, o nos sugieren adquirir a plazos frigoríficos; sexto, cartas -¡ah!, por fin, cartas, pero no nos precipitemos- donde alguien nos pide indefectiblemente algo, y algo, además que hay que hacer urgentísimamente, hoy mismo, ahora mismo, porque si no, nunca, nunca más se le va a presentar al peticionario esa maravillosa oportunidad de pasar quince días en una isla del Pacífico, de compilar el volumen en que se rinde debido homenaje al ilustre don Telesforo, que tanto ha hecho por la cultura, la ciencia, el arte, y, en general, por el país, etc.

No estoy seguro de que, tocante a la correspondencia, nuestras lecturas matinales vayan a cambiar gran cosa en los próximos años. Las verdaderas cartas, las que un remitente envía a un destinatario solo porque la correspondencia es por el único medio de comunicarse con él se van haciendo cada día más ralas. Pero en lo referente a las noticias diarias aún queda esperanza. No lo parece en vista de que cada día hay más noticias que requeteconfirman la necedad humana: terroristas que colocan explosivos o queman el monte, buques tanques petroleros que dejan escapar su carga y acaban con todo bicho viviente cien leguas a la redonda, cazadores que van en busca de las últimas focas como si fuesen sus enemigos personales, residuos que emponzoñan ríos, lagos y mares. Pero las necedades van siendo de tal calibre, que algunas de esas noticias no resultan ya deprimentes: pasan a la categoría de alarmantes. No es menester, pues, desalentarse; se podrá volver a los buenos tiempos en que reinaba la santa indignación. Y como dijo el poeta: “A veces hay silencios / lejanos que nos hablan / desde su lejanía / mejor que las palabras”.

 


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