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  Guías culturales

LA ÚLTIMA Y DEFINITIVA DESPOSESIÓN


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Morir es perder la vida.
Y si la vida se pierde,
lo único que te queda
es el vacío de la muerte.”
José Bergamín.

Una causa natural del miedo a la muerte, pienso que puede ser atribuida a una elemental razón de fecundidad. Es una regla de la naturaleza humana que nada positivo se consigue sin dolor, desde la venida de un nuevo ser en el desgarro del parto (el parto sin dolor es una adquisición farmacológica que solamente sustituye el agudo de expulsión, pero respetando los meses anteriores de incomodidad, molestia y dolor de la madre), hasta la terminación feliz de no importa qué obra se consigue a través de un largo, tenso, doloroso, muchas veces cansado y esclavizante proceso de elaboración.

Juan Ramón Jiménez cuando llega a exclamar “no la toques ya más que así es la rosa”, da por supuesto un largo proceso de elaboración doloroso para llegar a esa perfección intocable. La llamada “belleza de página” que ciertos escritores en prosa consiguen, y no siempre, está llena de muchas horas de trabajo y de una larga y también dolorosa reelaboración para vestir a la idea de las mejores galas de la palabra, para someter a un idioma rebelde o esquivo a la servidumbre de lo que el narrador tiene conciencia que deber ser la simplicidad y armonía de una idea bien expresada. Nada es fecundo sin dolor, ningún arbusto, ninguna flor, ningún coloso se produce si la semilla no muere, ninguna tierra es fértil si no se la rotura, ningún agua es aprovechable si no se la contiene.

Otra causa del miedo a la muerte que obra de manera consciente en ocasiones, pero siempre de manera subconsciente es el que consuma la última y definitiva desposesión. El amor a la vida a poco que ésta haya sido pródiga en dones con las personas, es una de las constantes del egoísmo humano en su lado más positivo. El hombre se aferra a lo que posee con un obsesivo sentido de la propiedad, tanto si se trata de la paternidad de una obra como del disfrute de un patrimonio. El “mío” posesivo suele ser la primera palabra que aprende a pronunciar y una de las últimas que se queda impresa en su vocabulario.

Esta última desposesión absoluta que significa soltar la vida, tiene que ser por fuerza no solamente impregnada de dolor sino rodeada de un enorme temor, de una enorme contrariedad esencial que va a verse reflejada en el mundo de lo consciente si se le piensa, y que de todas formas obra en el mundo de los instintos como hosca defensa temerosa, ante la pérdida última, definitiva y sin compensaciones equiparables.

Por cualquiera de las veredas que queramos transitar para encontrar un sentido de la muerte, nos tropezamos siempre en algunos de los recodos del camino, con la vigencia del dolor y del miedo a la parca. Se disimule o no, se presuma o se niegue, la muerte siempre está rodeada de temor, de pánico, de dolor.

La muerte como hecho afrentoso, como un trago difícil de pasar, porque el dolor de la muerte es inseparable del propio vivir. Y por otra parte el miedo. Toda la literatura lírica de la muerte no impide que sintamos de una manera o de otra, espanto de la muerte. Y es que, como dijo el poeta: “No hay más que una sola suerte: / a todos nos da la vida / lo que nos quita la muerte”.




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