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MORIRSE DE ENVIDIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad.”
Antonio Machado


Considera Unamuno, al igual que Quevedo que la envidia es motivo determinante de la acción y pasión de los españoles: que viven y mueren los hombres en nuestro país, más acaso que en ningún otro, divididos por ese resentimiento de la envidia.

 

Unamuno solía explicar por su etimología la palabra envidia como in-vidiare, un no ver de la quien la padece. Invidia se decía antes en España: no ver, y no ver aunque se mire. Pues también es dicho español aquel otro de “quien más mira menos ve”. ¿Será ése el envidioso?

 

Un mismo español está capacitado por su propia original e histórica naturaleza a morirse de envidia y, al mismo tiempo, de generosidad. No parece sino que el español, cuando envidia, lo hace tan generosamente que empieza y acaba envidiándose tan solo a sí mismo.

 

Por la envidia generosa, el español se quema a sí mismo en ese fuego consumiéndose o purificándose, tal como dijera Santa Teresa: “unas almas se purifican al arder y otras se consumen”.

 

Con harta razón decía Unamuno, comentando el admirable verso de Fray Luis , aquel “ni envidiado ni envidioso”, que eso no es vivir, pues el que vive necesariamente ha de ser las dos cosas al mismo tiempo: envidiado y envidioso.

 

Del mismo modo que hay el que se envidia a sí mismo  por envidiar a otro, hay el que al envidiar a ese otro cierra los ojos y vuelve sobre sí esta ceguera o ignorancia mortal que le ha cerrado los ojos para ver lo que está mirando. La envidia entra por los ojos al mirar y no ver en ellos, como la ignorancia: que “el que no sabe es como el que no ve”, suele decirse también en España. Y es todo lo contrario que el amor que entra por los ojos para darnos vida. El enamorarse es no ver tampoco lo que estamos viendo.

 

Morirse de envidia es también decir popular español. ¡Morirse de envidia! Pues no hay otra forma de morirse. Y todo el que se muere, muere de esa envidia que fue el origen sobrenatural de la muerte. La envidia se expresa comúnmente, según el decir popular, por una palidez extrema. Como si por ella se perdiera la sangre.

 

Mas si del amarillo de la envidia al rojo vivo del amor no hay más que un paso, ¿por qué no damos ese paso, convirtiendo el fuego helado de la envidia que nos consume en el ardoroso fuego de la generosidad que nos purifica?

 

No es fácil entender, sin paradoja, que en un mismo hombre se prenda idéntica llamarada del amor que unas veces le enrojece la pasión purificadora  y otras le amarillea consumiéndose con su extenuación envidiosa. Se es envidioso porque se es generoso, aunque esto parezca mentira. Que no hay envidia que haya podido generarse sin un amor, ni acaso un amor sin alguna ciega motivación envidiosa. No nos envidian quienes antes, alguna vez no nos amaron. Ni acaso nos aman del todo quienes no nos envidiaron nunca. Por eso decía Unamuno certeramente que no se puede vivir si no se es envidiado y envidioso. Y es que como dijo el poeta: “Lo que seré, no lo sé. / Lo que he sido, no lo entiendo. / Total, que me quedaré / sin saber lo que estoy siendo “.


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