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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009





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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

CON ESTILO PROPIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Libros dulces de versos
son los astros que pasan
por el silencio mudo
del reino de la Nada,
escribiendo en el cielo
sus estrofas de plata.”
Federico García Lorca

 


 

Se llaman obras maestras literarias a las obras más citadas por los profesores de literatura. La literatura se diferencia de las demás artes en que todo el mundo puede profesarla. Hay quien se alaba de no entender de música. Hay quien confiesa su desconocimiento de la pintura. No hay quien no se crea entendido y conocedor con derecho a voz y voto,  en literatura. Toda obra literaria, a fuerza de equívocos, puede llegar a ser una obra maestra.

 

Se ha dicho que si  Cervantes y Unamuno renacieran y se encontrasen, Unamuno; desde luego, le explicaría  el Quijote a Cervantes. El mismo hacho podría establecerse para todas las obras maestras entre autores e interpretadores.

 

También se llama en literatura personajes eternos a los que no se saben si han sido, se sospecha que son y se consideran que serán. El valor eterno del arte se debe también al tiempo, es decir: a una serie de circunstancias. Ningún arte es de todos los tiempos. Las circunstancias pesan sobre todas las artes verticalmente (en su tiempo)  y horizontalmente (a lo largo del tiempo).

 

Una generación literaria no se define cronológicamente. La generación llamada del 98 no es del 98, ni la del 27 es del 27, y , si fueran realmente las dos de estos años, no serían las generaciones que se aluden. Todos los años no se da una generación literaria. No se da con ninguna regularidad. Se pueden dar grandes escritores y no darse la generación.

 

Buffon, que era todavía clásico, no dijo que el estilo es el hombre. Esto lo han dicho los románticos. Para el clásico, el estilo no estaba tanto en la ordenación de las palabras como del discurso. El estilo no era el hombre, era la norma. El estilo en las palabras era nada menos que la propiedad del lenguaje. No era nada más. La propiedad de las palabras no significa siempre la propiedad de las ideas.

 

Hay que desconfiar de los estilos claros de hoy: son los que dan más facilidades  a la inexactitud. Las palabras clásicas tenían una aplicación justa, cerraban el horizonte. Hoy, las palabras, a fuerza de abrirse, no tienen entrañas. Andan por ahí vacías. No pueden con el peso de adjetivos. Viven sólo en virtud de las imágenes.

 

Tener estilo personal es una grandeza  y una servidumbre. Tener estilo no es escribir bien. En el estricto sentido de la palabra, el mejor escritor de la generación del 98 es Unamuno. Unanuno no es un estilista es un prosista. Él prosista puede tener estilo individual, como lo han tenido los clásicos,  no tiene estilo personal.

 

Evidentemente, el arte de Cervantes en el estilo está en los “tácitos y alentados pasos” de Maritornes, en el “maravilloso silencio”  de la casa manchega. Claro es que los escritores clásicos no escriben en España como hablan. Juan Valdés decía: “yo escribo como hablo”. Empero de la literatura de los clásicos cabe decir que el estilo es el siglo. Y como dijo el poeta: “La literatura más verdadera / es la que al  parecer serlo / lo es como si no lo fuera”

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