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LA VOZ DEL FILÓSOFO LÍRICO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¡Y cómo soportaría yo ser hombre
si el hombre no fuese también poeta
y adivinador de enigmas y el redentor del azar!”
Friedrich Nietzsche.

 

 

 

Todo el fariseísmo y filisteísmo de los moralistas profesionales y de sus correspondientes creyentes o clientes cristianos, católicos o protestantes, ha solido acogerse para rechazar el testimonio de Nietzsche, el más oscuro poeta y tal vez más claro profeta de nuestro abismático tiempo, a la feliz y fácil ocasión del episodio final de su locura. Locura extrañísima, casi médicamente inclasificable. Sobre esta locura, como es sabido, hay diversas hipótesis; pero a ninguna de ellas le será fácil demostrar que su aparición, aun desde 1880 y hasta el 1889, pueden justificar en nada la desvalorización del pensamiento humano más limpio, más puro y, sobre todo, más sano, tal vez, de todo el siglo XIX. El pensamiento de un poeta, cuya salud espiritual es tan fuerte, tan viva, tan clarividente y poderosa de palabras ha quedado evidenciada en tantos libros magistrales desde El origen de la tragedia griega en el espíritu de la música hasta los linderos vacilantes de La voluntad de poder; entre los que recordamos El crepúsculo de los ídolos, Humano, demasiado humano, La gaya ciencia, Así hablaba Zaratustra, Consideraciones intempestivas, Los cantos del príncipe, Ditirambos de Dionisio, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El caso Wagner, Aurora: pensamiento sobre los prejuicios morales y El Anticristo.

Nietzsche era un loco que se creía Nietzsche, exactamente lo mismo que Víctor Hugo, según el dicho de Cocteau; o que cualquier otro hombre genial, llámese Byron, Goethe o Napoleón. Es decir, que sabía, que conocía el poder de su entendimiento. Y en el caso de Nietzsche, como en el de Wagner, su maestro, también el de su orgullo. Nietzsche se hizo loco -no se hizo el loco-; dijo con ambigua intención ingeniosa y frívola André Gide. El orgullo de Nietzsche anterior a 1889 no tiene relación ninguna con su megalomanía manifiesta a partir de su enfermedad, cuando en su locura, ya no sabe, o no puede, escribir siquiera.

La obra de Nietzsche, de gran genialidad, ha tenido gran influencia en el campo del pensamiento, la religión y la estética, así como en los movimientos irracionalistas, existencialistas y en un sinnúmero de corrientes artísticas y literarias.

Friedrich Wilhelm Nietzsche nace en Röcken, en la región de Turingia, el 15 de octubre de 1844, en el seno de una familia de clérigos protestantes. Su padre le dejó huérfano a los cinco años, al cuidado de dos piadosas mujeres: su madre y su hermana. A los catorce años ingresa con una beca en el mejor centro escolar de Alemania: la escuela Pforta. Cuando en 1864 se matricula en la Universidad de Boon es ya un filólogo consumado. En 1865 prosigue sus estudios en la Universidad de Basilea. En mayo de 1869 Nietzsche es nombrado profesor de la Universidad de Basilea. En 1878 terminan sus relaciones con el matrimonio Wagner. En mayo de 1882 conoce en Roma a la joven Lou von Salomé, que al parecer llegó a hacerle pensar seriamente en el matrimonio. Los dos últimos años de vida lúcida, 1887 y 1888, son años de una actividad frenética. En 1889 es ingresado en el manicomio de Basilea, el diagnóstico es “parálisis progresiva”. Su madre lo lleva consigo a Jena a la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Binswanger. En 1890 Nietzsche vuelve a Naumburg con la madre, y a la muerte de ésta, el 20 de abril de 1997, la hermana se hace cargo del cuidado del filósofo alemán y lo lleva a Weimar, ciudad en la que Friedrich Nietzsche falleció el 25 de agosto de 1900.

Ahora, después del centenario de su muerte, habrá oportunidad de deshacer malentendidos muy arraigados y recuperar la figura de un filósofo que, por otro lado siempre ha contado con mucho público entre quienes apenas leen filosofía. Heidegger que se dedicó infatigablemente a la lectura de Nietzsche coloca su nombre a la misma altura que el de aquel que ha constituido una de sus guías esenciales, Aristóteles: “Nietzsche sabía que es filosofía. Este es un saber raro que sólo los grandes pensadores poseen”.

“Nietzsche -decía Thomas Mann- es el moralista más sensible que ha existido: un ser poseído por la exigencia moral, un hermano de Pascal”. Y como Pascal -diremos nosotros-, un hombre para quien la moral es un problema. Y un problema trágico; un problema sin solución. Haber vivido ese problema hasta su fin, haber perdido la razón por esa pelea moral -por esa pelea consigo mismo-, es lo que enseña Nietzsche en sus propios testimonios escritos.

Según nos cuenta Nietzsche, existen tres determinantes infantiles, adolescentes, que decidieron su destino espiritual: su orfandad paterna, Pascal y Byron. En la batalla interior consigo mismo -en su posible esquizofrenia, dicen los psicópatas-, Nietzsche nos cuenta Landsberg tiene dos componentes extremos: uno, el componente infantil -ternura, ensueño, amor, piedad-; otro, el de la voluntad de poder; la enfermedad desarrolló en él este último solamente.

Nietzsche nos ha dejado escritas las páginas más clarividentes sobre la embriaguez poética y musical que, después de Platón, tal vez, puedan leerse. Lo que nos dice Nietzsche, al explicarnos su éxtasis no es muy distinta cosa, de lo que nos han dicho los místicos de su propia personal experiencia poética. En la obra entera (¡y tan verdadera!) de Nietzsche, los términos verdad y vida, pasión y razón alcanzan la plenitud del sentido poético. Por eso a Nietzsche, recordémoslo bien, se le puede llamar con razón, el filósofo lírico. En él, como diría, nuestro Unamuno, la antigua enseñanza del griego se repite, en cuanto la verdad puede más que la razón y la vida más que la pasión. Hace tiempo también se ha escrito que para ganar la verdad hay que perder la razón. Y es que, como dijo, el poeta y filósofo alemán: “En otro tiempo todo el mundo desvariaba”.

 



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