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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL FIN DE LA VIDA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

Cuando quiero vivir, pienso en la muerte.
Y cuando quiero ver, cierro los ojos.”
Manuel Machado


Para algunos filósofos el sinsentido de la muerte es la muestra más contundente del absurdo de la vida. Para otros filósofos y para muchos creyentes la muerte es un trámite, más o menos importante, para el acceso a la otra vida. Y para otros, la muerte es un hecho. Ante el hecho de la muerte no hay más posibilidad, ni más remedio: no podemos dejar de morirnos, somos humanos y eso implica que somos mortales por naturaleza.

 

Si quisiéramos vislumbrar alguna característica positiva en el hecho de la muerte, creo que la única sería la de que morirse es algo que todo el mundo hacemos impecablemente a la primera, y este trato igualitario introduce una justicia en este mundo, aunque sólo sea al final de la estancia en él. En efecto, no hay posibilidad de trampa ni excepción para las reglas del juego que rigen: aquí nos morimos todos.

 

Así pues, la muerte es el fin de la vida, entendiendo este complemento “de la vida” como genitivo objetivo, a saber, la vida se acaba con ese hecho. Mas si la muerte es un hecho, no deja intacto el sentido de la vida: al estar ésta limitada por ese final que es la muerte, adquiere unos rasgos que no tendrá la de un ser que pudiera vivir eternamente. No estoy diciendo que el sentido a la vida se lo concede el hecho de la muerte, pero lo que es innegable es que sí le cambia la perspectiva.

 

Desde esta posición no tenemos mucho interés en aprender a morir, sí, en cambio, y mucho por la cuenta que nos trae -no hay alternativa-, en aprender a vivir; ante esta panorámica la muerte convierte al hombre en un ser “para la vida”. De modo que lo único que podemos hacer es lo que los hechos irrebatibles como el de la muerte permiten: aceptarlo y aprender cómo aceptarlo de manera que nos ayude a vivir mejor, que es de lo que se trata una vez que estamos aquí.

 

Ahora bien, eso de vivir mejor supone una vertiente física de bienestar y salud y una vertiente moral. El final de la salud es la muerte, de ahí que sean convenientes, en aras de potenciar la calidad de vida, el cuidado y la prevención. No obstante, lo terrible de la muerte no es tanto ella misma, en tanto que final, como el proceso previo, siempre lento, que es el morirse, el mal de morirse radica en el dolor físico y desasosiego espiritual. Con el primero, el dolor físico, algo puede hacer la técnica; lo segundo, el desasosiego, incumbe a la ética.

 

De la muerte propia podemos decir con Epicuro que ella y nosotros somos incompatibles, porque cuando nosotros somos ella todavía no está, y cuando ella está nosotros ya no somos. Respecto al temor a la muerte el mismo filósofo griego insiste en que vivimos nuestra propia muerte, de modo que el temor sólo tiene sentido cuando pensamos en la muerte como si no muriéramos del todo, como si todavía pudiéramos sentir la muerte, lo cual es simplemente estúpido: la muerte es ausencia de toda sensación y entendimiento. A decir verdad, no creo que sea cuestión de preocuparse en eso de la propia muerte pensando excesivamente en ella, mas tampoco se trata de ignorar su peculiar “existencia” pues ello puede inducir a malgastar la vida. De ahí la llamada epicúrea al cálculo racional de los placeres para obtener la ataraxia -ausencia de dolor físico y de perturbación del alma-.

 

Mas si bien es cierto que no podemos vivir nuestra propia muerte, sí vivimos nuestro proceso de morir, y ante esto sólo podemos apelar a los cuidados de la medicina para aminorar en lo posible el dolor, y a nuestra conciencia moral para que nos permita morirnos en paz.

 

Y aquí la ética sólo permite cierta tranquilidad de conciencia cuando uno considera, en un cierto estado de contento consigo mismo, que en lo posible ha cumplido con el deber, que no es otra cosa en formulación kantiana, que tratar a la humanidad, tanto en nuestra persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin es sí mismo y nunca sólo como un mero medio. Más concretamente, uno sólo puede morirse más o menos tranquilo si se ha ocupado a autoperfeccionarse como persona y ha procurado hacer felices a los demás de la manera que los demás desean. No hay nada mejor para morirse en paz que vivir en paz consigo mismo, algo para lo que la conciencia moral no acepta sobornos. De ahí que sea prudente hacer balances, cuando todavía hay tiempo: decir lo que debemos y queremos decir, hacer lo que debemos y queremos hacer, y saber, antes del último momento, la hora de la verdad, lo que tiene importancia y lo que no es importante. Por supuesto que todo eso implica tomarse la vida muy en serio. Y como dijo el poeta: “Si no he tenido en mi vida / en donde caerme muerto / ¿para qué voy a querer / después de muerto tenerlo?”

 


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