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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL HECHIZO DEL AMOR

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Libro en mi opinión divino
si encubriera más lo humano.”
Cervantes

El autor de la Segunda Celestina, Feliciano de Silva, tan maltratado por Cervantes en el Quijote por sus famosos libros de caballerías, fue, como, los otros dos mejores –Rojas y Sancho Muñó-, un encubierto o enmascarado autor de tan excelente obra dramática. Y nos sorprende su lectura por la vivacidad, desenfado, gracia que manifiesta en todas sus escenas esta admirable Segunda comedia de Celestina. Comedia y no tragicomedia, como la de Rojas y Sancho Muñón; difícil le hubiese sido, en efecto; a su autor, volver a matar a Celestina, después de haberla resucitado. Y, de no matarla, tampoco era cosa de hacer morir trágicamente a los apasionados amantes, cuyos nombres, en esta Segunda Comedia, son los algo enrevesados para nosotros de decir: Felides y Polandria. Una vez decidida la meta de fingirse Celestina resucitada ya toda la perspectiva dramática de la obra de Rojas quedaba desviada y no podía seguir ese cauce trágico de su primitiva invención; como haría, con tan extraordinario acierto, apenas unos años después que Silva, el también seudo-anónimo Sancho Muñón, en su Celestina tercera.

La lectura de esta extraordinaria comedia de Silva, no sólo nos divierte y conmueve, sino que nos ofrece curiosidad mayor al compararla y equipararla con su antecesora de Rojas y con sus sucesoras de Sancho Muñón y Lope de Vega en su incomparable Dorotea.

Es curioso que, siendo esta deliciosa comedia de Silva anterior de unos pocos años a la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (ésta se sitúa pasado 1540 y aquélla hacia 1534 o 1535), nos parezca más moderna la de Silva , y sobre todo, mucho más cercana a la de Lope. Aunque la Gerarda de Lope muera tragicómicamente, a su vez, cayéndose por la escalera, como es sabido, y mereciendo el comentario adecuado a los testigos de su desdichado accidente mortal: porque “iba a buscar agua y no vino”.

La segunda o renovada Celestina de la comedia de Silva está muy lejos de la endemoniada bruja hechicera, vieja barbuda que envenenó infernalmente el amor natural y puro de Calixto y Melibea, precipitándolo en la tragedia. La comedia de Silva – la más enriquecida de músicas, canciones y serenatas-, tan expresa como expresivamente, elude el canto erótico de la sangre. Por eso es cómica y no trágica . Por eso (tan natural como sobrenaturalmente por eso) acaba en bodas. ¿Y la Dorotea de Lope? Este, aunque ya es otro cantar que el de Silva, tampoco es de música sangrienta o precedencia trágica. Comedia, decimos, y no tragedia. Ni en Silva ni en Lope. ¿Disminuye con eso su intensidad dramática, su fuerza poética, novelesca y teatral? Creemos que no. Lo que sí se aclara con ello es la naturaleza de la pasión amorosa que en estas admirables tragicomedias y comedias de amor se nos revela y manifiesta. El acierto poético de Sancho Muñón fue, sin conservar el hechizo diabólico utilizado por la Celestina de Rojas, atribuirle esa naturaleza mágica, encantadora del amor mismo. Y así se nos dice: “No hay otro tan eficaz hechizo como es el amor”. El amor puede ser hechizado, embrujado, envenenado de ese modo, para acabar mal, para acabar trágicamente. En la Celestina de Sancho Muñón vemos que el veneno, el hechizo, es el amor mismo. La propia pasión amorosa. En Silva, como más tarde en Lope, no hay veneno que valga.

El fantasma de Celestina, resucitada, es tan fantasmal, en efecto, que las jóvenes enamoradas –Polondria y Poncia (más próximas a Dorotea que a Melibea y a Roselia)-convierten ingeniosamente, a esta Celestina con natural facilidad, en la más infeliz e inofensiva casamentera. Y todavía habría que hablar de la celestinesca Brígida zorrillesca y de aquel “filtro envenenado” que le dio a la inocente Doña Inés con la carta enamorada de su Don Juan. Y es que, como dijo el poeta: “Los hechizos de tu llanto / divinamente me prenden, / pues mis ojos de los tuyos / veneno de perlas beben”.

 


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