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  Guías culturales

LA VOZ DE LA HOMBRIA DE BIEN


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Todos, más o menos, le estábamos pidiendo a España
lo que no poseía, y la juzgábamos por lo que no era,
lo cual desordena e irrita la mente, sin conseguir mayores eficacias.”
Américo Castro.

Américo Castro es un erudito y, además, un penetrante psicólogo. Crítico, ensayista y filólogo a quien se deben estudios notables sobre Lope y Quevedo, así como el eramismo y Cervantes. Su libro La realidad histórica de España, ha suscitado vehementes polémicas.

Su notable contribución el conocimiento histórico ha sido el descubrimiento de la gran proporción de importantes intelectuales y funcionarios del siglo XV al siglo XVI inclusive, que eran de descendencia judía. Castro demuestra por ejemplo, que Hernando de Pulgar, el cronista de los Reyes Católicos, fue converso. ”Siempre me produjo viva extrañeza -escribía Américo Castro- que los españoles hubiesen sido más papistas que el Papa; sabido es que los judíos echados de acá fueron a instalarse pacíficamente bajo la sombra protectora y comprensiva de San Pedro”. Y añadía: “Y a pesar de los pesares muchos hebreos siguen considerando a España una madre descastada y olvidadiza, y ¡hasta llegan a celebrar en Constantinopla la fiesta del 12 de octubre!” El tema de los judíos fue uno de los más insistentes en el gran erudito español. Por lo que, sabiéndole nacido en Brasil, hijo de comerciantes granadinos emigrados y con barba de profeta, le tildaron de judío. Pero también fue tildado de antisemita por algunos eruditos de Israel. “Algunos fascistas españoles -escribía Américo- han llegado a confiarme la alta dignidad de rabino mayor en Nueva York. Lástima no haberlo sabido durante los muchos años pasados bien cerca de aquella gran urbe”.

Américo Castro y Quesada nace en Cantagallo, el 4 de mayo de 1885 y muere en Lloret del Mar el 25 de julio de 1972. Se graduó y doctoró en la universidad de Granada en 1904 en Derecho y Letras y después de ampliar sus estudios en la Sorbona, colaboró en el Centro de Estudios Históricos, creado en 1910 por la Junta para Ampliación de Estudios bajo la dirección de Menéndez Pidal. Este indómito liberal granadino es uno de nuestros intelectuales de más éxito, tanto en España, como fuera; universal y merecidamente respetado por su labor profesional, catedrático de Historia de la Lengua de la Universidad Central desde muy joven y uno de los mejores lingüistas de aquellos días. En 1923 fundaba el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. Al proclamarse la República, fue nombrado embajador de Berlín, cargo que desempeñó varios meses. En 1936 dejó Madrid para pasar sus vacaciones de verano en el último tren destinado a Irún y pudo ser embarcado para Francia desde San Sebastián juntamente con Azorín. Recorrió universidades europeas y americanas, formando escuelas, incitando influjos y recibiendo homenajes como el de sus alumnos en la Universidad de Princeton. En su larga expatriación desde la guerra civil española, Américo Castro residió en Norteamérica más de treinta años, la mayor parte en Princeton, a cuya universidad fue llamado en 1940 para ocupar la cátedra de lengua y literatura española que lleva el nombre de Emory L. Ford, una de las más prestigiosas y entonces mejor remuneradas de aquella institución.

Allí fue donde inició y desarrolló la obra de interpretación histórica que le ha dado universal renombre. Primero, España en su historia, 1948; luego, La realidad histórica de España, 1954, renovada otra vez en 1962, aparte de otras publicaciones menos extensas que reelaboran, aclaran o amplían diversos aspectos de su visión central de la historia española. En sus últimos años fue profesor de la Universidad de San Diego en California, sin obligación docente, de donde volvió a España por motivos familiares en 1970.

Entre sus libros también son importantes: El pensamiento de Cervantes (1925), Aspectos del vivir hispánico (1929), Dos ensayos (1956, Teresa la Santa y otros ensayos (1957), Hacia Cervantes (1957), Santiago de España (1958), De la edad conflictiva (1961), Cervantes y los casticismos españoles (1966), Los españoles: cómo llegaron a serlo (1970), “Español”, palabra extranjera (1970), Españoles al margen (1973) y De la España que aún no conocía (1973).

Castro colaboró en numerosas revistas culturales y literarias del exilio: Realidad /Revista de Ideas, Las Españas, Los sesenta, Cabalgata, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura...

La guerra de 1936-1939 hizo sentir al historiador español, agónicamente, la confirmación de su idea sobre la peculiaridad dramática de la historia de España. “No habrá paz para nosotros... Cada raza, su sino”: estas palabras de 1927 habían resultado proféticas.

El excelente lingüista español escribía: “El habla de la nación no es cosa para tomarla a broma, mucho menos en España para quien la lengua y el arte junto con los frutos de sus campiñas, constituyen casi su único patrimonio internacional”.

Américo Castro pertenece por natura y por derecho a la pléyade de espíritus nobles que iluminó el firmamento español a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Y como dijo Américo: “El historiador nada puede hacer si el pueblo mismo no ha expresado su conciencia de estar existiendo como tal pueblo”.



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