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VICENTE GARCIA DE LA HUERTA: LA VOZ DE LA MEJOR TRAGEDIA NEOCLASICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Hoy a escuchar los trágicos acentos
de Española Melpómene os convido:
No disfrazada en peregrinos modos,
pues desdeña extranjeros atavíos.”
Vicente García de la Huerta

 

Los críticos tradicionalistas han ponderado las cualidades románticas nacionalistas de la Raquel, con las cuales diríase que hasta puede perdonarse que Huerta respetara las unidades, suprimiera el gracioso y escribiera toda la obra en romance endecasílabo. En la introducción que, a uso antiguo, se recitó en la primera representación, el autor pide a los concurrentes que oigan los trágicos acentos de la española Melpómene, no disfrazada en modos peregrinos... Por su parte Menéndez Pelayo escribe: “La representación dela Raquel, de Huerta de 1778, fue el grande acontecimiento teatral del reinado de Carlos III. Por primera vez se daba el fenómeno de aparecer un tragedia de formas clásicas que, no sólo agradaba sino que excitaba el entusiasmo del público hasta el delirio... La Raquel se hizo popular en el noble sentido de la palabra”. Sin embargo, resulta que, a pesar de haber excitado “el entusiasmo del público hasta el delirio”, según informa don Marcelino, la Raquel se representó tan sólo trece veces de 1791 a 1819, frente a cuarenta y seis representaciones de la Numancia de Ignacio López de Ayala en el mismo tiempo.

Vicente García de la Huerta nació en Zafra, provincia de Badajoz, el 9 de marzo de 1734. Estudió en Salamanca y se trasladó a Madrid, donde, con el apoyo del duque de Alba, de quien era archivero, se convirtió poco menos que en el poeta oficial de la Corte; fue académico de la Española , de la Historia y de San Fernando. A consecuencia de amores extramatrimoniales, se vio envuelto en conflictos que le enemistaron con el poderoso conde de Aranda. Huerta, con su habitual Altanería, ofendió a éste en unas cartas e hizo además circular ciertas coplas contra el ministro, fue procesado, enviado al presidio del Peñón y luego confinado en Orán, de donde no regresó hasta 1777, al subir al poder Floridablanca. Durante su destierro escribió Huerta su Raquel que fue estrenada en Barcelona en 1775 y en Madrid en 1778, reintegrado ya el autor a la vida de la Corte. García de la Huerta murió en Madrid el 12 de marzo de 1787.

Mesonero Romanos decía que la Raquel es “la tragedia más altamente española en su esencia y conjunto, que ostenta nuestro teatro”. Raquel es la más celebrada, y a la vez discutida, tragedia del neoclasicismo español. La Raquel versa sobre la historia de la judía toledana, amante del rey Alfonso VIII, asesinada por los nobles celosos de su influjo sobre el monarca. Sobre este tema había escrito Lope su comedia Las paces de los Reyes y Judía de Toledo, y Mira de Amescua su obra La desdichada Raquel.

En 1785-1786 Huerta publicó un Theatro Hespañol en diez y siete volúmenes con el propósito de reivindicarlo, y pretendía llevar a cabo, según declara en el prólogo, intentado también por López de Ayala, de reunir una colección de las mejores comedias del Siglo de Oro. Pero su falta de criterio era tan grande como su ignorancia: “La colección de Huerta queda juzgada –dice Menéndez Pelayo, tan admirador del españolismo del extremeño –con decir que no se inserta en ella una sola comedia de Lope de Vega, ni de Tirso Molina, ni de Alarcón, ni de Guillén de Castro, ni de Mira de Amescua, ni de Vélez de Guevara, ni de Montalbán, ni de ningún otro poeta de la época más rica, más original y más brillante de nuestro teatro...”.

Contra las desmesuras de Huerta se levantaron enseguida Samaniego, Forner y Tomás de Iriarte originando una de las más ásperas y prolongadas polémicas del siglo XVIII. Forner se despachó contra los delirios de la comedia áurea, defendiendo contra ella un teatro docente y realista, que pintara con verosimilitud la vida realmente.

La persecución general de que fue objeto, quebró la salud, ya débil, de Huerta, que falleció en plena controversia. Iriarte que había tenido una parte menos en la polémica, la remató con un cruel epitafio: “De juicio sí, mas no de ingenio escaso / aquí Huerta el audaz, descanso goza. / deja un puesto vacante en el Parnaso / y una jaula vacía en Zaragoza”.

 


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