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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA VUELTA A LA INTIMIDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Siempre me echabas achaques
para no salirme a hablar;
lo que es tiempo te sobraba;
te faltaba voluntad.”
Augusto Ferrán


La insatisfacción que produce una gran parte de las relaciones humanas, sobre todo entre hombres y mujeres, la inaudita frecuencia de los fracasos amorosos de cualquier tipo, está dejando que penetre en las mentes la conciencia de que las cosas no están bien planteadas, de que hace falta algo más. Poco a poco se va deslizando la sospecha de que quizá lo que falta es hablar. Y esto lleva a remontarse a su manera, a su lenguaje y su contenido. Lo que empieza a parecer necesario es decir.

 

Y esto requiere algo que, por muchos motivos, se había hecho problemático: la vuelta a la intimidad, ya que decir supone la posibilidad de “decirse”. Y como el decir es, cuando se expresa, transitivo, supone la presencia de la otra persona, también en su intimidad, a la cual se dirige la palabra, a la cual se apela, y que por tanto hay que imaginar y en cierta medida construir.

 

Cuando lo que se necesita comunicar tiene cierta complejidad y calidad, reclama un lenguaje adecuado, que no se puede reducir a la propia intimidad, al fluir -si se le permite- va creando su lenguaje. No, ciertamente, de la nada; en primer lugar, del depósito de la lengua, de los vocablos y giros que la constituyen y que normalmente apenas se usan; en segundo término, de lo que se ha dicho en ella, de las formas expresivas y lingüísticas acuñadas durante un milenio.

 

Por este camino podrá recuperar el hombre de nuestro tiempo un lenguaje amoroso adecuado; y la mujer el suyo propio, que no puede ser el mismo, sino el complementario, justamente porque se trata de la respuesta que cada uno da al otro. Si esto se inicia, pronto aparecerá como un requisito, como una condición del amor, que se distinguirá de todos los sucedáneos que quieren suplantarlo.

 

Y algo sorprendente y de apariencia paradójica: lo más necesario para que esto se realice es libertad. Digo paradójico porque se ha creído que lo que se había logrado en los últimos tiempos es la libertad amorosa. Pero, aparte de que esta expresión encierra una dosis de falsedad, incluso de contradicción -”nadie elige su amor”, dijo certeramente Antonio Machado-, de lo que se trata es de la libertad personal, de su posibilidad de eludir las presiones, de escapar a lo que socialmente se le impone.

 

En los últimos decenios, con especial intensidad en los tres más próximos, las presiones sociales, muy hábilmente orquestadas y combinadas, han sido de excepcional vigor y se han ejercido primariamente sobre la generación de los ruidos en los años centrales del pasado siglo, prolongadas con menor intensidad hacia arriba y hacia abajo.

 

Es difícil darse cuenta de la tupida red de vigencias que han gravitado sobre los jóvenes. Una de esas vigencias ha sido la lingüística, reforzada por algunos escritores y determinadas publicaciones. Se podría hacer un apasionante estudio lingüístico, que tendría aún mayor valor sociológico y, en su último reducto, antropológico.

 

La condición inexcusable de que se cree y se consolide un lenguaje amoroso que vaya más allá de la invención y la sensibilidad individual es el desarrollo y el afianzamiento de la libertad personal. Y como dijo el poeta: “Si en la calle me encontraras / y no te pudiera hablar, / háblale a mi sombra, que ella, / por mí te contestará”.


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