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LA LOCURA DE SOÑAR


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Es don Quijote, tu Quijote, hermano,
y el mío y el de España y el del mundo.
Y el fiel y noble Sancho sobre Rucio a su vera,
y Rocinante caracoleando,
y en el brazo la lanza,
y al viento el corazón, no la coraza,
y la frente a los cielos con yelmo de cartón.”
Pedro Garfias.

 

En mi lectura infantil de Don Quijote pensé que el premio de los héroes era, ser tan pronto despreciados como apaleados. Yo era un niño y aún no conocía la ironía que el gran poeta había creado en el mundo maravilloso de su novela. Sin embargo, a medida que iba leyendo en aquel estupendo libro las aventuras de aquel desventurado caballero crecía más y más en mi estima y se atraía más mi afecto, para mí era el más noble de los hombres y el genio de más alas que conoció la tierra.

No es extraño que después de la publicación de Don Quijote no se volviera a imprimir en España ningún libro de caballería. Cervantes escribió la más grande de las sátiras contra el entusiasmo humano.

La novela antigua, la novela caballeresca, salió de los poemas épicos de la Edad Media, basados en las aventuras caballerescas. Fue la novela de la nobleza, y sus personajes eran caballeros calzados con espuelas de oro; en ninguna parte aparecía el pueblo. Estas novelas caballerescas, que había degenerado hasta lo absurdo, son las que Cervantes destronó en su Don Quijote. Pero a la par que escribía una sátira aniquiló la vieja novela, dio el modelo de una invención nueva que hoy se llama novela moderna. Así proceden siempre los grandes poetas: mientras destruyen lo antiguo fundan lo nuevo. No niegan nunca sin afirmar alguna cosa. Cervantes fundó la novela moderna, introduciendo en la novela caballeresca la descripción fiel de la vida del pueblo. Cervantes introdujo en la novela el elemento democrático.

Las dos figuras centrales del magnífico libro de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza, se parodian sin cesar, y a pesar de todo se completan tan maravillosamente, que forma en realidad el héroe de la novela. Es de lo más natural, la introducción de estas dos figuras, de las cuales una, la figura poética, corre en busca de aventuras, y la otra, en parte por cariño, en parte por egoísmo, trota detrás de aquella con lluvia y con sol... ¡tales cuales las hemos encontrado tan a menudo en la vida! Cada rasgo del carácter y de la persona de uno de estos dos tipos de la gran novela cervantina corresponde en el otro a un rasgo opuesto y sin embargo homogéneo. Llega a haber, entre Rocinante y el asno de Sancho, el mismo paralelismo irónico que entre el escudero y el caballero, y los dos animales son, hasta cierto punto, los portadores simbólicos de las mismas ideas.

“Ningún hombre es visible”, escribió Lulio. Sin embargo, un hombre es visible cuando tiene un pueblo detrás. Este pueblo invisible, el alma de ese pueblo se encarna para que podamos ver: como un solo hombre y como un hombre solo.

La soledad del hombre es aquella que la solidaridad de un pueblo entero verifica. La que Don Quijote y Sancho, separados y juntos, nos expresan visiblemente con su figuración humana. Figuración de la verdad invisible del hombre: de su pasión por ella, de su razón burlada.

Cargado de razones va Sancho siguiendo la locura de Don Quijote, sin razón ninguna. Y tan verdaderamente la comparte, aquella locura, que no se resignará a perderla perdiendo a Don Quijote con ella. Las razones de Sancho lo son del corazón; y tan del corazón que nos parecen llenas de cordura. Y es que, como dijo el poeta. “La verdad del corazón / es una verdad que tiene / miedo de tener razón”.

 

 


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