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  Guías culturales

LA MADUREZ PLENA DE LA MUJER


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¡Ay! que la juventud
es rosa que se muere.”
Federico García Lorca.

El esquema de las edades afecta más profundamente a las mujeres. Desde el punto de vista biológico se admite que la mujer es más precoz que el hombre y que su envejecimiento es más rápido; pero aunque así sea efectivamente, parece problemático que se trate de un ritmo solo biológico; más bien parece que se trate de una estructura vital trazada por una situación social concreta, sin duda fundada en las condiciones biológicas. De hecho, la niñez se ha prolongado: las muchachas de catorce años, que en otros tiempos estaban con mucha frecuencia casadas, nos parecen hoy, salvo excepciones, niñas. La juventud, en cambio, que terminaba poco después de esa edad hace un siglo, dura increíblemente más -aunque la expresión disuena por insólita, se oye ahora decir con perfecta naturalidad “una muchacha de cuarenta años”, mientras que el oído no protesta pero la intuición sí, cuando se habla de “anciano de sesenta años”-. La mujer ha adquirido hoy también lo que rara vez ha tenido: una madurez duradera, análoga a la del varón, en la cual se instala y que tiene una significación de plenitud, no de inminente decadencia. Finalmente, la mujer vive más que el hombre, por término medio tres o cuatro años más.

Es decir, con todo ello ha cambiado profundamente el “argumento” de la vida femenina, necesario para sostener la nueva trayectoria. En muchas sociedades la mujer ha vivido en absoluta subordinación y dependencia hasta un momento en que ha empezado a funcionar como mujer; el periodo de vigencia como tal era en esas situaciones muy corto, en teoría acaso ocho o diez años, de hecho mucho menos: el matrimonio temprano -casi siempre con hombres de mucha edad-, la maternidad inmediata, repetida en intervalos muy próximos, todo ello imponía una “jubilación” social muy rápida, acompañada en la mayoría de los casos por un abandono de la pretensión específicamente femenina y por la decadencia física. A menudo la mujer quedaba reducida a una fulguración de tres o cuatro años, desde su aparición en la sociedad hasta unos meses después del matrimonio. Hay que agregar que durante largas épocas, sobre todo en algunas sociedades, la maternidad ha diezmado a las mujeres, por lo menos las ha expuesto a enfermedades y achaques en edad que hoy consideramos juvenil.

Todo esto afecta a todos los engranajes de la convivencia. Solo la prolongación de la juventud y la madurez plena de la mujer puede dar la base real suficiente para el funcionamiento normal del matrimonio entre personas de edad próxima, es decir, en pie de igualdad de nivel. En las sociedades en que la mujer se agosta pronto, la solución más frecuente es una gran diferencia de edad entre marido o mujer; pero esto tiene las siguientes consecuencias: imposibilidad del matrimonio temprano en el varón y, por tanto, existencia de un largo tiempo de “vida de soltero”; fuerte subordinación de la mujer a un marido mucho más viejo y experimentado; falta de comunidad de “nivel histórico”, por pertenecer a diferentes generaciones; menor probabilidad de la “amistad” inherente al matrimonio, no sólo por diferencia de edad, sino, sobre todo, por la falta de maduración independiente de la mujer, cuando pasa de la infancia al matrimonio sin apenas transición.

Nuestra época está en un extremo de “duración” de la mujer y de “paralelismo de edad” entre los sexos; pero sería un error creer que todas las sociedades anteriores se han ajustado al mismo esquema; las diferencias son muy importantes, solo una fina mensuración de cada una de las edades y su articulación entre sí pueden permitir reconstruir la figura efectiva de la trayectoria vital. Y es que, como dijo el poeta: “La hora de la verdad, / como no es una hora fija / a veces puede volverse / la hora de la mentira”.

 

 


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