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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LOS TRES REYES DE ORIENTE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Ya vienen los Reyes,
los Reyes de Oriente,
ya le traen al Niño
muy ricos presentes.”
(Villancico popular)

 

Llegaron. La estrella que bajó del cielo se detiene sobre un portal. Caballos y camellos marcan el último compás. Hay en la noche un temblor de músculos cansados. Al andar crujen las preciosas telas orientales. La tierra del portal se adhiere al  raso y al tafilete. No sabe el buey dónde fijar o dónde esconder sus grandes ojos verdes que se deslumbran. Revolotean unas aves aturdidas. Las modestas luces de aceite y las llamas azulosas en que arden ramones de olivo y sarmientos se abrillantan en los brocados de oro y entibian los cuerpos fríos de los tres Reyes que han seguido la estrella.

 

Vienen de muy lejanos países. Son sabios y buenos. Gobiernan grandes pueblos. El uno tiene la barba crecida, rubia antaño y hoy blanca; los ojos azules, la nariz aguileña, la sonrisa de bondad. El otro es fuerte, enérgico; lleva también larga barba, pero negra y brillante como sus ojos, la que unida sin tránsitos al cabello, orla de menudos anillos un rostro joven y de rasgos perfectos. El tercero es la imagen acabada del oriental puro; los labios sensuales, la piel monda, suave y cobriza; anchas, carnosas y propensas al latido las aletas de las narices; oblicuas las líneas de unos ojos pesados que se desploman.

 

Por encima de externas conmemoraciones mundanas, la Navidad es un hecho trascendental y permanente, que siempre empieza y nunca termina.

 

Perseguido, acorralado, sobre puertas que no se abren, frente al frío y la incomodidad, en la cuna de la pobreza, nace un Niño. Así empieza una vida.

 

Los tres Reyes de Oriente  despreciaron la calma y la fiesta del salón palaciego. En bello desafío, se lanzan contra el desierto  y la nieve. Apuran leguas de soledad y palmeras, jinetes de su fe. Y aquí están. Ante un Niño que ha nacido sobre las pajas de un pesebre, entre las ruinas de un portal.

 

Hincan en tierra pobres rodillas que jamás se doblegaron. Aprietan sus labios en un beso contra los pies desnudos del Niño. Poética lección de amor. En sus cerebros brilla la luz de la esperanza. Y en prueba de sumisión ofrecen sus dones: oro  luminoso y rico, mirra amarga, transparente y frágil e incienso que se eleva al cielo en rizos de humo.

 

Así de sencilla es la historia.

 

Luego, vendrán confundidos, nuevos pastores que cantarán los mismos villancicos: “Ya vienen los Reyes / por aquel camino, / ya le traen al Niño / sopitas con vino”.


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