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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

EL MEJOR MEDICAMENTO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...”
Antonio Machado

 

Nada más sensato que utilizar los fármacos con conocimiento. Ya su misma etimología nos dice que lo que puede ser “veneno” con dosis desproporcionadas, se convierte en remedio cuando se administra bien. La solución del uso racional de los medicamentos no debe basarse en “medicamentazos” más o menos arbitristas. No basta con reducir el consumo de medicinas o sustituir los caros por los baratos. Se trata de administrar bien el dinero público que se dirige a facilitar la mínima atención sanitaria para todo el mundo.

 

No estaría mal que se empezara por un control del fraude de las recetas. Una parte suficiente de la población señala que conocen casos en que los pensionistas, con la mejor intención, obtienen recetas gratis... para el resto de la familia. Si esto es así, no habrá que extrañarse del desproporcionado incremento del consumo farmacéutico por parte de los pensionistas.

 

Hay también otra buena razón: que la longevidad está ampliándose más de lo previsto. Ese sorprendente aumento de la longevidad tiene mucho que ver, lógicamente, con la atención sanitaria y con la alimentación, pero también con la estructura familiar. Los viejos españoles están más cerca de sus parientes y amigos que sus equivalentes de otros países desarrollados.

 

La comunidad sanitaria se apresta a luchar eficazmente contra las enfermedades crónicas y degenerativas. Esto supone un esfuerzo ingente en investigación, que tenemos que pagar entre todos a través del precio de los medicamentos.

 

Hay aquí un peligro latente, la tendencia a que el Estado decida qué medicamento son los que deben recetar los médicos, por ejemplo, estimando los más adecuados según su coste y eficacia general. Parece más razonable que ese juicio lo apliquen los médicos a cada caso particular. No hay fármacos más o menos eficaces en general, sino para cada enfermo. Facilítese la tarea de los médicos y mejórese el cuidado sanitario general para que no se recete en demasía. Todo, menos que el enfermo perciba que hay un remedio eficaz para sus males, que no se le prescribe porque el Estado ha decidido que es caro.

 

Convendría que los documentos públicos sobre esta cuestión conocieran bien el uso lingüístico que parecen confundir: son los medicamentos los que tienen que ser eficaces, es el Estado quien tiene que ser eficiente. No son términos equivalentes y, sobre todo, no se pueden utilizar al revés. No es una mera cuestión de gramática. Precisamente este problema que preocupa a muchos ciudadanos descansa en que, ante el avance de los medicamentos más eficaces, nos enfrentamos ante un Estado cada vez menos eficiente.

 

Antes de pasar a la operación de economía farmacéutica, hay que ir a la mejora de la cultura sanitaria de los españoles. No es escasa, por fortuna, gracias, entre otras razones, a la excelente factura del periodismo especializado. Pero se necesitan conocimientos cada vez más finos.

 

Por ejemplo, está todavía ese mal hábito que consiste en abarrotar los medicamentos en la habitación más húmeda de la casa, que es el cuarto de baño. Otra recomendación que habría que hacer -en este caso más bien para el personal sanitario- es que las dosis de los fármacos fueran más medidas y proporcionadas a cada tratamiento. Nos hemos acostumbrado a tirar muchas cosas que nos sobran, desde la comida a los medicamentos. El ahorro de estos últimos nos permitirá acceder mejor a esos otros nuevos, que ya sabemos que van a ser caros, que lo están siendo ya. Pero el bien salud es tan primordial que no debe privarse a nadie del remedio último y más eficaz, por costoso que resulte.

 

Sería del mayor interés que se estudiara a fondo el proceso de la prescripción. Seguramente hay no pocas situaciones en las que la receta sustituye al escaso tiempo que tiene el médico para explorar al enfermo. Otras veces es este último quien fuerza la receta porque el fármaco viene a compensarle de otras carencias, desde la alimentación suficiente hasta la humana compañía. He aquí otro factor que hace aumentar el consumo de medicinas: el creciente número de personas que viven solas o con escasas relaciones.

 

Para resumir, no se puede llegar a un uso racional de los medicamentos si no se amplía la razón al entendimiento de las muy diversas conductas que afectan al cuidado del cuerpo. Hay que ser cada vez más exigentes respecto al valor salud. No es suficiente con que muchas personas lleguen a viejas; es menester conservar todo lo posible, y aun acentuar, su curiosidad, su interés por la vida. Y es que como dijo el poeta: “A cada paso que doy / más pesa el tiempo en mi vida. / Y si no lo puedo dar / me pesa más todavía”.

 



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