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  Guías culturales

LAS MINORÍAS LECTORAS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!”
Gustavo Adolfo Bécquer



Aquella pregunta paradójica de Larra: “En España no se lee porque no se escribe o no se escribe porque no se lee”, sigue teniendo todavía vigencia equívoca. Claro es que en España ahora, hoy como ayer, se lee y escribe tanto, y podría añadirse que tan mal, como en cualquier parte del mundo. Las minorías lectoras o escritoras son aproximadamente las mismas que fueron. Y si hay desproporción con las de otros países europeos, también hay, con el pasado remoto, equivalencias. Y en cuanto a la inmensa mayoría de habladores y charlatanes creo que se ha variado bastante poco. Todo el mundo habla. Casi nadie escucha. Y algunos leen. Otros pocos escriben.

 

Desde el “yo escribo como hablo” de Juan de Valdés, que señaló el rumbo hablado y escrito, desde el Renacimiento a nuestra mejor literatura, hasta hoy, en España, se lee y se escribe mucho menos que se habla. Cosa, por otra parte, natural y que en todas partes sucede. Lo que importa es averiguar cómo lo escrito, lo leído y lo hablado se corresponden. Y no si se lee mucho, o se escribe mucho, o poco, sino el “qué” y “cómo”. “¿Para quién se escribe?”, se preguntaba Malraux por los años dramáticos del mil novecientos treinta y tantos al cuarenta. ¿Pues quiénes leen? Pues, ¿se lee y se escribe para alguien? Nietzsche decía que escribía “para todos y para ninguno”. Cosa bastante cierta y que puede afirmar cualquier escritor. Pero al mismo tiempo, nos decía que había que “escribir con sangre”. Lo que es menos frecuente desde luego.

 

Preguntémonos, siguiendo el equívoco decir de nuestro Larra: ¿se lee porque se escribe o se escribe porque se lee? Porque si es verdad que se aprende a escribir leyendo, no es menos verdad que escribiendo es como mejor se aprende a leer. Buen lector y buen escritor casi siempre van juntos. Hay que desconfiar de los escritores que no leen o que dicen que no leen; mienten o están a dos pasos del peor charlatanismo palabrero.

 

Nuestro viejo país es poseedor de una extensa y profunda, riquísima herencia cultural, lo que quiere decir que atesora -en pie o en ruinas- admirables “obras de arte” y pensamiento. En bien instaladas bibliotecas se guardan millones de libros que una vida humana dedicada exclusivamente a la lectura no alcanzaría a leer siquiera en una milésima parte, sin embargo, el conjunto o conjuntos elegidos de ese inmenso caudal forma series de muchísimo menor volumen y asequible, por tanto, el estudioso o al lector cualquiera que curiosea entre tantos libros aquellos que responden a su interés.

 

Hoy, ahora, como ayer, como antes, una actitud rebelde ante la cultura tradicional adopta una voluntad decidida de rechazo total de esos heredados tesoros, cuya eficacia viva depende de quien los hereda; por lo que dijo Goethe que la cultura “se conquista”. Y como la vida y la libertad, día a día, cada día. Pero también  hubo, diríamos, tras los conquistadores (humanistas del Renacimiento) sucesivos “colonizadores”, y sus consiguientes “explotadores” de esas inmensas, riquísimas herencias de arte y pensamiento. Conquistadores y colonizadores de esos mundos espirituales, leen, escriben, hablan. El lenguaje en que se lee, se escribe y se habla, pertenece a esa herencia misma, a su tradición viva; leída, escrita, hablada. Tradición es lenguaje vivo. En el espacio y en el tiempo. Piedras que hablan como los libros. Libros que hablan como las piedras. “Lenguaje que es paisaje, paisaje que es lenguaje”, escribió Unamuno; “historia que es naturaleza, naturaleza que es historia”. Se escribe, se lee, como se habla. Sí, pero, ¿cómo?. Al “escribo como hablo” de Valdés, podemos añadir otro dicho cercano: el del poeta andaluz Juan Ramón Jiménez cuando decía: “yo escribo como mi madre habla”. Justo. Se habla, se escribe, se lee, oyendo, escuchando. Para lo que hace falta cultivar muy singularmente el oído, ese tercer oído del que nos dijo Nietzsche  que percibe la “armonía a su superior”. Y no solamente, pensamos, en la poesía, sino en la historia. Oír, escuchar, primero; hablar, escribir, leer, después. El español parece que tiende por naturaleza, o hábito natural, a ver, a mirar mucho, y a escuchar poco. En general podría decirse que lee poco, escribe menos, y habla mucho, y casi siempre mal. Y muy pocas veces “de oídas” sino más bien “de vistas”; y hasta de lo que vio y no oyó. Lectores, escritores, habladores, de más vista que oído me parece a mí que solemos ser los españoles. ¿Visionarios por esto? ¿Soñadores? No sé. Lo que me parece es que eso de darle un “vistazo” a las cosas como a los libros es muy característico español.

 

“Las paredes oyen” en España, según dicho vulgar y popular; oyen, pero no escuchan. De aquí, aquel viejo cantar: “Tú me estás oyendo hablar / como las paredes oyen: / oyendo sin escuchar”.

 


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