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  Guías culturales

MUCHOS MARGINADOS CUMPLEN UNA FUNCION ECONÓMICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

Aquel que tiene dinero
todo el mundo le quería,
y en llegándole a faltar
no le dan los buenos días.”
Augusto Ferrán.




Se cumplen ahora veintitrés años de la famosa investigación sociológica realizada por Cáritas que concluía que en España había ocho millones de pobres. En los últimos años esta cifra no ha cesado de aumentar.

A la sociedad “honorable” nunca le agradó una cifra tan elevada de pobres. Es lamentable comprobar que desde que se dio a conocer en 1984 el estudio de Cáritas Española “Pobreza y Marginación” los poderes públicos han dedicado mucho más esfuerzo a desmentir las cifras de la pobreza que se aportaban (tarea inútil ya que estudios posteriores han venido a incrementarlas) que al estudio de las causas y a su solución.

Todavía se supone que el pobre tiende además a ser delincuente, aunque en buena teoría pertenezcan ambos a especies disímiles. En nuestro país, se dice “pobre, pero honrado”, presumiendo que, por lo general, los pobres no son honrados. En el polo opuesto se supone que el rico es además honorable, tal vez, porque como dice la copla: “Todo lo alcanza el dinero”.

En Estados Unidos a los marginados se les llama “desviados”. Etiqueta que esconde una vulgar creencia: la de que hay una sociedad honorable y rectilínea; desviarse de esa norma es un pecado personal. “Los pobres se lo merecen”, viene a ser la divisa de esa noción darwiniana tan extendida en los Estados Unidos y en todas partes. No se puede aceptar una doctrina tan cruel. Es mejor emplear la noción de “marginados”, que no implica estar situado al margen de la ley. Estamos ante una categoría constituida por mendigos, parados de larga duración, minorías étnicas desasistidas, inmigrantes, vecinos sin domicilio, vagabundos... Sobre ellos cae el estigma de ser la minoría invisible, los destituidos de cualquier derecho. Lo común a todas estas situaciones es que la moral darwinista prevaleciente considera a sus titulares como culpables, más que víctimas.

La inmensa mayoría de las personas que consideramos marginados ni tienen la culpa de serlo, ni suelen aislarse por decisión propia, ni constituyen situaciones de tanta inutilidad o incluso daño como se supone. Muchos marginados realizan tareas que no quieren desempeñarlas los demás y, por tanto, cumplen una muy necesaria función económica. Necesaria, pero no apreciada. En eso consiste precisamente la marginación.

El caso extremo es el de la mendicidad. Pocos fenómenos se prestan a visiones tan engañosas. El pobre está ahí para satisfacer el deber de la caridad. Sobre el mendigo -al igual que sobre otros modos de marginación- cae la etiqueta que lo estigmatiza. La limosna “se la gastan en vino” es la más venial de las etiquetas. En los textos de principios del pasado siglo era “el obrero” el que se gastaba el salario en vino. “El obrero de hoy no sabe economizar”, se decía en uno de aquellos textos.

Algunos autores incluyen la mendicidad en la economía oculta, y si la mendicidad es parte de la economía no puede ser improductiva. Si bien es verdad que la mendicidad no parece exigir contraprestación. El mendigo acentúa su imposibilidad para dar nada... más que lástima. Pero da la posibilidad de que con la limosna se ejerza la virtud de la caridad. No obstante, el mendigo se suele situar en puestos de alta visibilidad, porque confía más en la psicología que en la máxima evangélica de que la mano derecha no debe enterarse de lo que hace la izquierda. Y como dijo el poeta: “Escuchadme sin reparo; / mis palabras son verdades: / nunca miréis con desprecio / al que mendiga en la calle”.

 


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