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  Guías culturales

MUJERES ESCRITORAS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por solo cantar sufrimos
penamos por solo amar.”
Carolina Coronado


La primera generación de mujeres españolas que tuvo conciencia de sí misma como “mujeres escritoras” apareció hacia 1841, justo en el momento de apogeo del movimiento romántico español y de una primera oleada de reformas liberales, dando voz a su experiencia de mujeres dentro de los términos de la ideología liberal romántica.

 

En 1839 el romanticismo español era un asunto exclusivamente masculino, como lo era en general toda la cultura impresa española. Ocasionalmente había aparecido en la prensa algún que otro relato breve o algún poema escrito por una mujer, pero nada parecía indicar que al cabo de pocos años las poetas fueran a encontrarse entre las figuras literarias más importantes de la época ni que las mujeres fueran a tener una presencia importante en la prensa en general. Hacia 1849 la publicación de cuatro novelas de Fernán Caballero, el éxito de la obra dramática de Gómez Avellaneda, Saúl, el continuo ascenso del prestigio literario de Carolina Coronado, junto a la colaboración de Concepción Arenal, Angela Grassi y muchas mujeres menos conocidas en la prensa, dejaba bien claro que las mujeres habían conquistado un lugar significativo en la producción literaria.

 

En esta literatura escrita por mujeres existe una inclinación conformista, pero, no es menos cierto, que en las raíces de esta tradición hay un empuje opuesto de una conciencia rebelde y feminista. Esta última tendencia ya se manifiesta en el Discurso de Josefa Massanés, en el que expresa su buena disposición para cometer y justificar el “crimen” de reclamar la atención del público para sus obras, e insiste en obtener la aprobación  de algún espacio en el que las mujeres puedan desarrollar su facultad intelectual. Este elemento contestatario se representa tal vez mejor en el Sab de Gómez de Avellaneda. Bajo la influencia del romanticismo liberador de la década de los treinta, la novela de Avellaneda cuestiona la jerarquía racial de la sociedad europea a la vez que descarga, de un modo encubierto, su rabia ante la opresión de las mujeres. Esta misma frustración ante la exclusión de las mujeres. Esta misma frustración ante la exclusión de las mujeres. Esta misma frustración ante la exclusión de las mujeres del mundo intelectual y de la actividad pública se vislumbra en Dos mujeres, en la poesía de Carolina Coronado e incluso -en una forma más disimulada y distorsionada- en las novelas de una escritora tan conservadora como Fernán Caballero. Sin embargo, en todos estos ejemplos, la protesta femenina está silenciada u oculta, recordándonos que estos textos constituyen un compromiso entre una conciencia femenina expansiva, y una opinión pública restrictiva y amenazadora a la que se refería.

 

En sus vidas personales, estas escritoras fueron muy diferentes en cuanto a su capacidad de reconciliar su identidad de mujer con su vocación de escritora. Cecilia Böhl de Faber creía que ambas eran incompatibles y permanecieron en conflicto dentro de su obra hasta el fin de su vida. Por el contrario, la joven Carolina Coronado, manifestó su escepticismo ante la opinión popular de que la actividad literaria era contraria a la feminidad.

 

Si bien el discurso literario de la segunda mitad del siglo XIX conservaba rasgos del lenguaje y las figuras de la subjetividad femenina elaboradas por las escritoras de la década de los cuarenta, también dio lugar a descendientes de esas mismas escritoras como nos recuerda la referencia a Emilia Pardo Bazán. Entre los cientos de escritoras que siguieron el camino que habían abierto para las mujeres las pioneras de la década de los cuarenta, destacan dos importantes escritoras: Pardo Bazán y Rosalía de Castro, ninguna de las cuales siguió la tendencia dominante de adoptar la cualidad protectora de ángel doméstico. En este sentido, tanto Pardo Bazán como Rosalía de Castro desarrollaron -aunque de diferentes modos- el impulso contestatario que se distinguía en las obras de las escritoras de principios de la década de los cuarenta.

 

La intrépida Pardo Bazán se convirtió en la década de los noventa en una firme defensora de las reformas feministas, uniendo su voz a la de la infatigable Concepción Arenal. Las obras de Rosalía de Castro expresan poderosamente su falta de conformidad con un sistema sexual que consideraba injusto y con un sistema social que le parecía abusivo e inhumano. La perspectiva femenina es una parte esencial de la poesía de Rosalía de Castro, que se refiere repetidamente a la doble carga que habían de soportar las mujeres gallegas, que tenían que trabajar los campos y criar a sus hijos mientras sus maridos estaban en el mar o buscando trabajo en otras partes de la península.

 

A pesar del dominio constante de las ideologías de la subordinación de la mujer y la ceguera de la cultura oficial ante los origines de una literatura de la conciencia femenina -cuando no explícitamente feminista- esa tradición ha sobrevivido en la corriente de la cultura misma, emergiendo de nuevo con Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán en la siguiente generación de escritoras, y estallando en pleno vigor en la generación de mujeres rebeldes y vanguardistas, literatas y políticas, que nacieron, como Rosa Chacel, en el amanecer del nuevo siglo. Y como dijo la poeta: “Y aquí, de todo nos habla / de pequeñez y de mudanza. / Solo es grande la esperanza / y perenne el desear”.



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