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  Guías culturales

PENSAR HA SIDO SIEMPRE EL LUJO DIFERENCIADOR DE LOS HUMANOS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.”
Antonio Machado.


 

“El jefe está reunido”, dejará de ser la excusa piadosa de las secretarias para filtrar las llamadas telefónicas, indeseadas. A partir de ahora estar reunido será una ordinariez impropia de las gentes activas y eficaces. La era de los yuppies acelerados de los ochenta ha pasado; los ejecutivos agresivos sin un instante para nada empiezan a estar mal visto. En estos momentos lo que se lleva es el thinking time, el tiempo para pensar.

La moda nos llega, como tantas otras cosas, de los Estados Unidos, donde los especialistas han redescubierto un principio de Pero Grullo; las personas sometidas a presión durante muchas horas, dicen, rinden menos y se equivocan más. La solución sugerida para lograr una mayor productividad consiste en intercalar periodos de expansión y de ocio entre las sesiones de trabajo, en ocupar el tiempo en actividades lúdicas que permiten a uno pensar en cualquier caso.

Los defensores del nuevo sistema ponen como ejemplo la revolución sufrida en la Casa Blanca desde que puso en ella su pie el primer experto en métodos de trabajo con los manuales de thinking time bajo el brazo. Partiendo de la base de que a mayor dedicación no siempre corresponde mayor eficacia, los asesores de Bill Clinton empezaron a arañar minutos a su agenda oficial. Al cabo de un mes, las cincuenta horas semanales de trabajo presidencial se vieron reducidas a treinta y ocho, casi las mismas que cualquier asalariado, con los fines de semana y buena parte de las tardes libres para leer, ir al cine, salir de paseo o cultivar tomates. Los responsables de la experiencia la consideraron un éxito sencillamente porque inmediatamente después de adherirse al thinking time Clinton vio mejorada su imagen en todos los sondeos.

Pensar, pasearse por el infinito, ha sido siempre el lujo diferenciador de los humanos. El pensador Merleau-Ponty nos dijo: “El hombre no es un animal racional”. Exacto. Porque no puede ser un animal por más que quiera. Es precisamente esa facultad de pensar la que nos distingue de los animales. Quien vive sin pensar no puede decir que vive, en frase calderoniana. Y en esto se basan los principios del thinking time: vivir significa un mayor contacto con la realidad. El hombre que sale a la calle, viaja en autobús, recorre los mercados, va al cine, lee o juega al tenis, siempre será un hombre mejor informado que el prisionero de un despacho, pendiente de una hilo con el mundo, el del teléfono, y asomado a una ventana engañosa, la de la televisión.

Con el thinking time se están repasando las biografías de los grandes hombres para descubrir que los grandes estadistas, los artistas innovadores, las personas de más éxito rara vez han sido esclavos del reloj. Ellos también han dominado el tiempo. Por eso ahora las grandes multinacionales están sustituyendo las largas reuniones de trabajo, entre montones de papeles, por excursiones y deportes colectivos.

Nos hallamos en el umbral de la nueva religión; el trabajo es sagrado, como antes; pero ahora el descanso también. Saber desconectar va a ser tan apreciado como saber trabajar. Sólo los que sepan alternar el esfuerzo con el thinking time serán codiciados para los puestos claves. Ya hace más de medio de siglo que Noel Clarasó adelantó que “pensando se puede llegar a muchas conclusiones; pero si se empieza por ellas se gana mucho tiempo”. Aunque no hemos de olvidar lo que dijo el poeta: “Tu vida se va a acabar / aunque no quiera pensarlo: / pensándolo o sin pensar”.

 



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