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21 DE MARZO: DIA MUNDIAL DE LA POESIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“Quiere amor en su fatiga
que se sienta y no se diga;
pero a mí me contenta
que se diga y no se sienta.”
Luis de Góngora



La definición de Dante. “poesía: decir de amor”, pudo invertir su relación  al cambiar sus términos diciendo: “amor: decir de poesía”  y aún ir más allá hasta definir la poesía como amor al decir: como en el gongorino “quiere amor en su fatiga / que se sienta y no se diga;  / pero a mí me contenta / que se diga y no se sienta”.

 

A Góngora puede aplicársele un decir unamunesco, que nos orienta para comprenderle, y es el que, al referirse a la palabra viva creadora nos dice” y es que ella, la palabra, / sola, labra / con el son de la visión”. ¿Pues no parece que está comprendido todo Góngora en esta definición?

           

Nos parece que ningún otro poeta español ha labrado con la palabra –con las palabras- con un son              más puro, una visión más clara de la poesía. Por esto podríamos decir que su poesía se nos aparece o manifiesta como un fantasma que está entre el sonido y la luz; entre la música y la pintura. ¿Qué poeta alcanza en lengua española más profunda luminosidad a la par que música más honda? Góngora logró entrelazar con una gracia infinita en su verso, en su “fina voz de oro”  -que dijera Rubén Darío- la sensacional apariencia auditiva y visual. Y de ahí  el maravilloso contraste, por tanta luminosidad y musicalidad, de la oscuridad  con la belleza de sus formas poéticas: “Las formas perfilan de oro / milagrosamente haciendo, / no las bellezas oscuras / sino los oscuros bellos”.

 

“Tinieblas en la luz donde hay luz sola”, nos dirá en estupendo verso Unamuno: “Terrible claridad –exclama en uno de sus últimos versos Unamuno- es la nada de la verdad”. ¿De qué verdad? ¿La del arte, la de la naturaleza, la de la vida? ¿O es terrible verdad la claridad de la poesía por el arte, porque desenmascara la fugitividad  de la belleza, porque en el un solo instante nos revela la inconsistencia de su ser que, por serlo, nos abre las puertas de la nada?

 

La más tremenda acusación de Menéndez Pelayo a Góngora –que resume todas las otras- es la de nihilismo poético. ¿Pues no veía, no oía  Menéndez Pelayo, lo que es poesía? ¿No veía, no oía, su verdad viva, el mágico encanto de su arte? Aunque este mismo arte de poesía nos abre sus puertas a un abismo: esa “terrible claridad / de la nada de su verdad”.

 

Labra la palabra poética gongorina “por el son de la visión”: como para ponernos en evidencia clara, luminosa, todas las cosas. En esto radica su realismo poético: en evidenciarnos la realidad del mundo –de su mundo- de esta manera. La poesía para el clásico cordobés, como para Velázquez la pintura (y para Cervantes la novela y el teatro para Lope) es un arte sutil, agudo, ingeniosísimo –por creador- de ponernos en evidencia las cosas: en su evidencia viva, en su luminosa claridad, que es su belleza misma por esa nada aparente del ser, que la cerca o rodea tenebrosamente.

 

“Tu  sólo el alma de mis versos mira”, pudo decir Góngora, a sus críticos materialistas más cegados y ensordecidos por la maravillosa violencia,  de su voz, de su “palabra esencial en el tiempo”. Y como dijo el poeta cordobés: “Los siglos que en sus hojas cuenta un roble, / árbol los cuenta sordo, tronco ciego / quien más ve, quien más oye, menos dura”.



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