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  Guías culturales

POESÍA ESCRITA POR MUJERES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Gracias, amorpor tu imbécil comportamiento
me hiciste saber que no era verdad eso de
“poesía eres tú”.
¡Poesía soy yo!”
Gloria Fuertes.


Mucho han cambiado las cosas desde que Charles Baudelaire escribiera: “En toda mujer de letras hay un hombre fracasado”, tantas, que la admonición realizada en 1992 por un poeta y crítico jerezano -“Poetisas mías, atiendan vuestras mercedes a sus maridos y a sus hijos, mantengan la casa en orden y déjense de versos malos y cochambrosos, que ya hay demasiados poetas que se dedican a ello con terca dedicación”-, parece hoy en día, una ingenua lección de humor negro.

Analizando la poesía que han escrito las mujeres desde el romanticismo hasta la escrita por las poetas contemporáneas, persiste el problema “de cómo dar voz a un sujeto que siempre fue objeto de esa poesía -musa, madre, amada, naturaleza-.”

A mitad del siglo XIX, el triunfo de la ideología liberal, que a su vez encuentra adecuada traducción en la estética romántica, legitima la autoría de unas voces inaudibles hasta entonces, lo que no deja de ser un regalo envenenado, pues la autoridad se les concede para expresarse tan sólo como mujeres. Si antes lo habían hecho a pesar de serlo -Santa Teresa, Sor Juana- ¿qué significa ahora escribir como mujeres?

Así, cuando las poetas deciden aprovechar su emergente autoridad para expresarse públicamente, se topan con la mujer que se les exige ser y descubren la falta de coincidencia con las mujeres que son. Rosalía de Castro lo explica divinamente. “De aquellas que cantan palomas y flores / todos dicen que tienen alma de mujer. / Pues yo que no las canto, / Virgen de la Paloma; / ¡ay! ¿de qué la tendré?”.

A falta de voces femeninas influyentes dentro del movimiento modernista -también llamado novecentista- que dejaría su huella en las generaciones españolas del 98 y del 27, serán las hispanoamericanas las que colmen el vacío. Dan un paso de gigante, y son el eslabón necesario para entender la evolución de la poesía escrita por mujeres en nuestra lengua.

Admirablemente dicho, y por ello terriblemente persuasivo, el discurso de los poetas modernistas conquistó a una multitud de lectores y lectoras que lo hizo suyo, pese a lo imposible de sus modelos. Alfonsina Storni imagina un alter ego con atisbos punkis que baja a la calle para hacerse oír: “¿Qué diría la gente, recortada y vacía, / si en un día fortuito, por ultra fantasía, / me tiñera el cabello plateado y violeta / / o dijera mis versos recorriendo las plazas / libertado mi gusto de vulgares mordazas?”.

También las convenciones poéticas -rima, métrica y ritmo- caen bajo la lupa de las hispanoamericanas. “La rima es el tirano empurpurado” afirma Delmira Agustini en un verso, del cual Unamuno, que comparte su aversión, dirá: “De esto le escribiría todo un libro”.

Durante la República, España se abrió al mundo y la mujeres aprovecharon para asimilar los aires de renovación que soplaban por entonces Concha Méndez, al igual que Rosa Chacel, Josefina de la Torre y Ernestina de Champourcín, entre otras, iniciaron su andadura poética con libros no menos sugerentes y originales que los de sus compañeros de generación, pese a lo cual no se las integró en la del 27.

El fin de la guerra civil supuso para muchas el exilio y, tanto, para las que partieron como para las que se quedaron, el comienzo de una larga travesía del desierto. El silencio es casi total hasta bien entrado los cuarenta. Elena Martín Vivaldi refleja el clima en unos versos de 1944: “Lo que yo siento, no es como en otro tiempo era, / se cambió la vida y va / el alma, entre sombra, ciega...”

Sin embargo, la aparición de Mujer sin Edén de Carmen Conde, en 1947, ayuda a canalizar la energía dispersa y a centrarse en los conflictos que dificultan la inserción de la escritora en una tradición y un lenguaje dados. En Mujer de barro de 1948, primer trabajo de Ángela Figuera, la mujer nace del barro como Adán y se asume mortal, en constante devenir: “Flor, no: florezco”.

La tímida apertura que se registra en la década de los cincuenta facilita la llegada de corrientes de pensamiento que vivifican el ambiente enrarecido de la época. La variedad de registros salta a la vista al releer la obra de las autoras vinculadas por esos años a la tendencia social-realista, como María Beneyto, María Elvira Lacaci o Concha Lagos. Maestra en el arte de decir será Gloria Fuertes, que utilizará el humor y la paradoja para poner en entredicho la ideología reaccionaria transmitida por el clisés, refranes o frases hechas.

Hoy día las poetas están abiertas al mundo, a los problemas de todos los días; cantan y denuncian las desigualdades y los problemas de las gentes del pueblo, con quien algunas se identifican. Casi sin excepciones, dicen el malestar entre los sexos y proponen nuevas maneras de encarar las relaciones mediante la eliminación de los roles y las jerarquías y la creación de nuevas identidades, fluidas y porosas. Enfocan la soledad de forma positiva y la reclaman para su desarrollo personal y espacio de su creación. Las poetas de hoy se entregan a la comprensión de todos los mortales, y sin duda que las anima el afán de ayudarles en su camino. Y como dijo Angela Figuera: “Donde veas / que un hombre marcha solo, acaso ciego / acaso extraviado y sin cayada; / acércate y camina a su costado, / dale tu luz y canta por su boca”.

 

 

 

 

 


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