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LA PRESENCIA VIVA DE LA MUERTE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Ven muerte tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer de morir
no me vuelva a dar la vida.”
Lope de Vega.

 

 

 

Se dice que el cáncer es la enfermedad de nuestro tiempo. No sabemos bien si porque se produce con mayor intensidad o frecuencia que en épocas pasadas, o en razón a que el repliegue de las demás plagas va haciendo, comparativamente, más ostensible esta perturbación biológica. Hay, incluso, quienes piensan que el cáncer no es sino la desordenada aceleración de la muerte con que nacemos.

Pero no es el cáncer el tema que nos ocupa, aunque sea el que motiva esta línea. Hablar de la enfermedad como tal corresponde a los biólogos, únicos que podrán en su día hallar el cuadro de soluciones eficaces al mal. Me importa el hombre y la manera y modo en que haya de efectuar mejor el tránsito, que es tanto como decir de forma más tranquila, consciente y edificante. Y mucho me temo que no se está procediendo, en general, como se debiera.

Hay seres humanos que siguen temiendo la muerte hasta extremos que denotan un claro fenómeno de malformación intelectual. Sería conveniente recordarles la máxima de Epicteto: “Temes nombrar la muerte, cual si sólo su nombre fuera cosa de augurio funesto. Sin embargo, mal puede haber augurio funesto en lo que no hace sino expresar un acto de naturaleza”. Pero la triste consecuencia de la llamada “sociedad del bienestar”, que es una civilización hedonista, es la falta de formación integral humana, incluso en amplios sectores de las clases dirigentes universitarias. Desconociendo cómo sea en realidad el hombre, piensan algunos que es mejor que el enfermo irremediable ignore su enfermedad, a la que llaman desgracia, y muera entre las ansias de la vida física, que es la forma más cruel de morir.

Ignoran que es, al menos, tan importante saber morir como saber vivir.

Podrá alegarse que mi crítica pierde entidad fuera del marco de una concepción espiritualista de la existencia. Nada más lejos de la realidad; porque, aun participando de esta concepción, comprendo, sin embargo, el sentido materialista de la vida. Pero es que del materialismo al hedonismo hay tan diferente nivel como lo que va del hombre selecto equivocado a la ignorancia del imbécil.

No sólo sabe morir quien es consciente de que este paso no representa sino el dolor del alumbramiento hacia una situación mejor de la propia vida. También debe saber morir quien, por pensar que la vida se extingue con la muerte, comprende que ha de afrontar ese paso, -por hoy irremediable- con la elegancia desprendida del cínico, sin cerril empeño en conservar contra natura unas condiciones biológicas que se han desequilibrado de forma irreversible. Deseará, en todo caso, domeñar en lo posible el dolor y apurar los mejores goces: sabrá morir como Sócrates, entre sus discípulos; como Petronio entre sus amigos, o como Maximiliano de México, diciendo a sus verdugos sin descomponer su gesto: “apuntad al corazón” -que es tanto como decir: no me hagáis sufrir sin causa-.

Quien no sabe morir -o no le dejan- es aquel que ignora la proximidad del hecho, y dedica los tiempos y energías que le restan a luchar por una vida que ya no le pertenece, en lugar de prepararse para el tránsito esperanzador o apurar los últimos goces de su propia filosofía.

De ahí que me inquiete, y me duela, esa decisión tan extendida de ocultar al enfermo lo irremediable y próximo de su fin. Para que no sufra -dicen-, como si el único sufrimiento fuera el mero dolor físico de la materia biológica. Como si no lo fuera, mucho mayor, el tremendo grito de angustia del hombre sorprendido ante su proyección cósmica o estafado en el libre uso de sus últimas horas de vida terrena.

Por ello, si me correspondiera un día la gracia de poder morir despacio, rodeado de mis personas queridas, tengo el deseo y la esperanza de que no se me ocultará la proximidad del fin; porque el ser humano hace, a lo largo de su vida física, tantas cosas de las que desea arrepentirse, que no es mala suerte disponer de un tiempo para corregir la conciencia y preparar la consciencia, a fin de efectuar el tránsito con discreción y mesura en el gesto, tanto como con honradez y limpieza en el corazón. “Primero fue el conocimiento”, dijo Lao Tse. El ser humano que abdica del conocimiento, abandona gran parte de su propia esencia. Quien lo guarda, sabe, como Eurípides, que “lo que proviene de la tierra vuelve otra vez a la tierra, pero lo que tiene un origen celeste torna luego a la esfera de los cielos”. Y como dijo el poeta: “Si el alma duerme / no hagáis ningún ruido / que la despierte. / Para que el sueño / pueda darle a la muerte / silencio eterno”.




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