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EL PRIMER DEBER DEL HOMBRE ES OPINAR


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Aprende a diferenciar
las cosas que son mentira
de las que no son verdad”.
José Bergamín.


Pascal decía: “si los hombres supieran lo que dicen unos de otros no habría ni dos amigos en el mundo”. Este dicho de Pascal es cierto, suponiendo que los demás nos calumniaran. Pero es más cierto aún si dicen la verdad. El hombre no puede soportar la verdad respecto a sus cualidades ni respecto a su conducta.

No obstante, el hombre necesita absolutamente conocer la verdad respecto de los principios. Para lo cual es necesario tener un credo que defina nuestra verdad objetiva.

Mas en España nos hemos acostumbrado a vivir de entelequias, y aun de varias palabras. Tales entelequias, tales palabras, son como los alimentos de nubes con la que un general, según Sibila, quería alimentar a sus ejércitos. Vivimos de una a otra parte del país de una sarta enorme de mentiras, de convenciones, de farsas, de cinismos, de engaños. Estos motivos no tienen nada que ver ni con la educación, ni con el decoro, ni con la cortesía, ni con la tolerancia que deba tener cada hombre para los defectos de su vecino. No se trata de esto. Mentimos en lo que no puede ofender a nadie; mentimos en los principios. Mienten al país los responsables políticos cuando intentan definir el programa de su partido, puesto que, o por no tener programa, o por ocultarlo no lo define. Miente el político que para evitar perder votos oculta a los ciudadanos el sentido de una ideología y hasta el comentario de un periódico. Miente a los creyentes el orador sagrado que predica sin fe, o que no denuncia aquellos actos que atentan contra los principios de su doctrina. Miente un diputado o un senador cuando combate al poder ejecutivo, o, últimamente, a la oposición, cuando sólo le combate por cuestiones de partido y no por razones de orden moral que están por encima de todas las conveniencias de partido. Miente un gobierno al combatir a un diputado o senador si él gobierna sin ideología y sin propósitos de una absoluta honradez de conducta. Una ideología es un camino, y quien no tiene ninguna ideología ignora todos los caminos: y el que improvisa ideologías es un farsante, o un osado, porque hay muchos fatuos que predican sin convicción ninguna sabiendo que los que le escuchan son cándidos o ignorantes y, con pleno conocimiento de causa, les engañan. Esos tales son además de embusteros, bellacos. Vivir sin ninguna convicción es como viajar sin itinerario. El hombre que se mete en cualquier tren para que el tren le lleve donde le dé la gana, es un perturbado.

El primer deber del hombre es opinar, y para opinar hay que grabar en alma algún principio. Y los españoles hemos olvidado todos los principios. Y a falta de principios, nadie sabe como ni cómo hay que conducirse ni cómo hay que juzgar ninguna cuestión. Y así, veréis a muchos políticos perderse en un mar de oscuras divagaciones. Si le preguntáis en el seno de la confianza cómo debemos conducirnos en la cuestión de la Unión Europea, en la de los transportes, en cosas de agricultura, de arte, de enseñanza, de libertad de expresión, en la gravísimas cuestiones del paro, terrorismo y droga, en las cuestiones nacionalistas, en relaciones internacionales, etc., etc., os dirán que en Francia hacen esto o en Alemania lo otro, y eso por haberlo leído en algún periódico. Mas en nuestro país no veréis jamás una sola iniciativa, un acto de valor, alguna solución original, algo que se diga por primera vez en el mundo, lo cual es una vergüenza, porque hace mucho tiempo que la voz de los españoles no se ha oído en ninguna parte. El político español, no encuentra su camino, se ha convertido en un extraño opositor electoral, pero de las cosas del país, ni de las del mundo, no dice nada, tal vez, porque cree que lo dice mejor cuando se calla. Y como dijo el poeta: “Si los silencios no hablaran / nadie podría decir / lo que callan las palabras”.

 

 


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