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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LA VIDA COMO RESPETO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Hay una patria de esperanza y sombra
donde amanece el hombre cada día,
tierras aradas en silencio, campos
que en soledad siguen soñando vida.”
Leopoldo de Luis


La forma radical de despreciar a una persona es “no hablarle”. Cuando a alguien “se le niega la palabra”, se lo excluye de la comunicación humana, se deja de considerarlo como persona. Hay formas políticas que consisten en esto, en no hablar a los ciudadanos (que, naturalmente no son ciudadanos). Cuando los gobernantes “saben lo que hay que hacer”, están en el secreto, no tienen nada que justificar, se cuidan de administrar a sus súbditos, de ordenar sus vidas, de decidir lo que pueden hacer, leer, contemplar, esta es la forma más pura del desprecio. El cual no está disminuido por la adulación que busca la complicidad, como cuando se pasa la mano por el lomo de un animal: aquellas situaciones en que se declara admirable, orgullo del mundo, a los pobres hombres con quienes no se cuenta y que nada tienen que decir; o aquellas otras en que se proclama “dueños de todo” a los que no pueden disponer ni siquiera de su propia realidad.

 

Hay una forma más sutil y menos extremada de desprecio que es la “demagogia”, El demagogo habla, ciertamente, y hasta habla todo el tiempo, pero no habla “a los demás”. Habla, simplemente, para sí mismo, o para una camarilla domesticada y encargada de desencadenar los aplausos o ante un resonador de personas previamente condicionadas, hipnotizadas, reducidas a mecanismo psíquico o social, con recurso al terror o al soborno; es decir, reducidas a cosas, despersonalizadas.

 

Todos hemos vivido, en una u otra medida, durante periodos más o menos largos, estas experiencias. Son muchos los hombres de nuestro tiempo que han nacido y han vivido siempre sometidos al desprecio, que no han conocido otra cosa; apenas pueden imaginar con viveza y eficacia nada distinto; me estremece pensar lo que puede ser una sociedad uniformemente compuesta de hombres así condicionados, sin alternativas, sin “mezcla” de estratos sociales diferentes, de supervivientes de otras situaciones, que tienen presentes otras posibilidades, por lo menos en forma de nostalgia.

 

Pero no es esto lo único que pasa en el mundo. Hay muchas sociedades en que la norma es el respeto del hombre. No significa esto una utópica perfección; no quiere decir que haya actualmente países en que no pueda “faltarse el respeto” a los ciudadanos, o a algunos de ellos. Pero en estos casos, el desprecio concreto es una excepción, vivida como tal, repudiada por muchos, que se hace constar y expresamente queda identificada así. Algo contra lo cual se puede recurrir, que se rectifica, se sanciona. Algo que se reconoce y confiesa -de grado o por fuerza- por los mismos que lo han cometido. Entre las mayores falacias que circulan en nuestra época hay una que quiero desenmascarar. Cuando se muestra en qué consiste la vida pública en una sociedad determinada, los defensores de ella suelen aducir algún hecho particular semejante, ocurrido en una sociedad distinta. Pero hay que preguntar: ¿Qué más? ¿Qué ha pasado después? ¿Qué consecuencias ha tenido? ¿Cómo se sabe? ¿Ha tenido constancia pública? ¿Ha sido condenado? ¿Ha sido corregido? Si las consecuencias de ese acto con “parecido” son enteramente distintas en dos sociedades, habrá que reconocer que esas sociedades son enteramente distintas, y por tanto esos dos actos también: uno es el “uso” y el otro, solamente un “abuso”.

 

En una parte considerable del mundo actual impera el respeto al hombre, y cuando se le falta ocasionalmente, se puede hacer que sea restablecido. Esto me parece precioso: el bien supremo de la convivencia, porque es la condición de todos los demás, la posibilidad de que se rectifiquen y superen todos los males, si son superables, si no lo son la dimensión negativa de la condición humana o de su versión en un tiempo determinado.

 

El más claro indicio de equilibrio entre respeto y desprecio es el estado en que se encuentra la verdad. Cuando la verdad puede ser pensada, expresada, contrastada, justificada; cuando se dan cuentas y se pueden pedir, cuando se puede denunciar la mentira, cuando hay medios de saber lo que pasa y lo que va a pasar, entonces existe la vida como respeto.

 

Cuando la verdad está inerme e impotente, cuando no se puede hacer oír -o no se le puede ni siquiera buscar-, cuando se encuentra el silencio desdeñoso o la falacia demagógica o la difamación y faltan los recursos sociales para oponerse a ellos, podemos afirmar que vivimos en tiempo de desprecio.

 

Claro está que no basta con establecer un diagnóstico. Es menester, si por fortuna se goza de respeto, no jugárselo, no exponerse a perderlo. Si no se goza de él, hay que esforzarse por exigirlo, por imponerlo, por hacer que llegue a ser la norma de la convivencia. Y como dijo el poeta: “Hombres, comer es poco para el hombre. / Yo, hermanos, quiero diálogo, ir con todos, / ser con todos y en todos compañero / más que coincidencia y rabia oscura, / más que asco metafísico ante el roce / de lo que se odia porque no se entiende.”

 


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