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  Guías culturales

MÁS RICOS PERO MENOS HUMANOS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Sencilla es la aventura
que a mí me trajo. Un día
me harté de la miseria,
del sombrío delito
de la pobreza donde
la muerte es un deseo.”
Manuel Mantero.

 




Desde hace unos años España se ha convertido en un país de asilo. Escalonadamente han ido apareciendo en nuestra vida cotidiana gentes de rasgos y culturas distintas. Primero llegaron los sudamericanos que huían de las dictaduras del Cono Sur. Blancos, cultos y hablaban español. De inmediato fueron bautizados con el despectivo sudacas. El brillo del desarrollo económico de nuestro país atrajo luego a filipinos, dominicanos... Eran mestizos, pero al menos hablaban nuestro idioma; además resultaban excelentes como servicio doméstico. Luego conocidos nuestros, fueron recibidos con el recelo de siglos de belicosa vecindad. Ligeramente coloreados, infieles y con un idioma enrevesado, los moros traían con ellos el perfume del hachís y pronto entraron en la categoría de los sospechosos. Con todo, no eran los peores. Detrás llegaron los negros de Nigeria, Senegal, Sudán, de piel oscura, hablando jergas incomprensibles; pronto cayó sobre ellos la acusación del narcotráfico. Más recientemente han aparecido los polacos, cultos, arrogantes... De golpe, los españoles tuvimos muy cerca de nosotros nuevos olvidados de la fortuna sobre los que volver nuestros propios demonios.

“Han traído la droga”, dicen algunos para justificar sus prejuicios racistas, como si ignoraran que la droga, circulaba mucho antes que los extranjeros empezaran a notarse en las calles. “Son ladrones de los que no te puedes fiar”, alegan otros, por más que no conozcan a nadie a quien le hayan robado. “Son sucios”, argumentan los mismos que los tienen limpiando sus casas por salarios de miseria.

El fenómeno del racismo tiene difícil solución. Una sociedad puede promulgar leyes bien intencionadas que sienten las bases de la igualdad de todos los miembros que contribuyan con su esfuerzo al bienestar general, pero es inevitable que la realidad esté regida por prejuicios irracionales que surgen del miedo a lo diferente.

Todos cuantos han estudiado a fondo los fenómenos de la marginación saben que sólo cuando la Humanidad supere todos los demás grandes problemas que plantea su supervivencia sobre el planeta estaremos en condiciones de alcanzar la utopía de armonizar el derecho de ser diferente con la práctica de ser tratados todos por igual. Pero, puesto que no podemos esperar que nos volvamos todos sensatos y justos de la noche a la mañana, tal vez sería conveniente recurrir a la memoria para no olvidar que ser diferente no equivale a ser malo.

Todavía hace muy poco los trabajadores españoles en otros países europeos eran maltratados porque hablábamos a gritos un idioma raro, resultábamos sucios y olíamos a ajos. Aún conservamos estos “defectos” pero las cosas, si no nos han ido bien, tampoco nos han ido tan mal como a otros. De ser la escoria del continente hace cuarenta años -nuestros parientes emigrantes nos pueden contar experiencias espeluznantes de su vida en Alemania, Suiza, Holanda o Bélgica- nos hemos convertido en seres superiores para los que llegan a nuestro país huyendo del hambre o de la persecución. De ser marginados por medio mundo, hemos pasado a marginar. Somos más ricos, lo que puede ser reversible en cualquier momento, pero menos humanos. Con nuestro pasado inmediato, no es que seamos racistas que lo somos; es que hemos perdido la memoria. Y como dijo el poeta: “Aprendizaje del tiempo / es el saber de la vida: / lo que se aprende, se sabe; / lo que se sabe, se olvida”.

 


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