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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

EL AMOR ROMÁNTICO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“-Yo soy un sueño, un imposible ,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. – ¡Oh, ven; ven tú!”
Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

El amor romántico, en la literatura y, hasta donde puede colegirse, en la realidad, presenta una frecuente castidad,  incluso cuando no se la considera un “deber”. El amor distrae de la sensualidad o la pone en último término. Se intensifica notablemente el papel de la imaginación, muy limitado en la época inmediatamente anterior. La presencia de la mujer es también mucho mayor que en el siglo XVIII.

 

La época romántica tiene estimación por el amor “desgraciado”, imposible, frustrado, no consumado. Los celos, que habían sido “mal vistos”, signo de mala educación, recobran su puesto y su dignidad.

 

Los géneros literarios cambian de perspectiva: habrá otras preferencias, otras jerarquías que las dominantes en el siglo anterior. Hay un resurgimiento extraordinario de la poesía lírica, que es inmensamente popular y leída por todos.

 

La novela histórica adquiere un cultivo antes desconocido –en cambio, escasea la de asunto actual. Walter Scott tiene enorme éxito y muchos imitadores. A Zorrilla se le debe, aunque no únicamente, un género de gran influjo: la leyenda histórica. En España se vuelven los ojos al teatro del Siglo de Oro, con el que emparenta el romántico, y al Romancero.

 

Se leen, por un público muy amplio, novelas populares, muchas por entregas. El gran aumento de lectores de poesía y de obras de ficción lleva a algo que será característico del Romanticismo:  la interpretación literaria de la vida real.

 

Es una época de inseguridad, de luchas, de peligro, de vida a la intemperie, en que las formas consagradas están rotas y hay que llegar a otras nuevas. Hay una valoración del heroísmo, que adquiere un significación amorosa. El valor personal es frecuente y estimado.

 

Lejos de la seguridad racionalista, del despotismo ilustrado, de esta otra “seguridad” que fue el utopismo revolucionario y fanático, los ojos inquietos se vuelven a  la historia, a las formas variadas y cambiantes de la vida; se siente la necesidad de justificar la vida mediante la entrega a una causa o un amor.

 

El hecho  de que en España hayan predominado en la época romántica el teatro en verso y la poesía, con gran ventaja sobre la prosa, sin duda ha tenido un influjo profundo –creo que nunca estudiado a fondo- sobre las formas del amor en la vida real. Una dosis mayor de lirismo se ha acumulado durante muchos decenios en la mente y el alma de los que han recibido esta interpretación literaria del amor, si a esto se añade la aparición, justamente en los años del romanticismo, del sentido positivo de la palabra “ilusión”, que en las demás lenguas ha conservado el único tradicional, el negativo, como irrealidad o engaño, se puede pensar que el mundo de lengua española ha recibido estímulos líricos más intensos y prolongados que en otros países.

 

En todo caso, parece evidente que el Romanticismo fue una de las grandes etapas en el desarrollo y expresión de los sentimientos, muy especialmente de los amorosos, y en la realidad de lo que, por debajo de ellos, es la sustancia última del amor.  Y como dijo el más romántico de los poetas: “^¡Todo sucederá! Podrá la muerte / cubrirme con su fúnebre crespón, /  pero jamás en mi podrá apagarse /  la llama  de tu amor “.


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