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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL BENEFICIO DE LA SIESTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Todo es de brasa y de cristal, en esta
hora de paz. Un vértigo indolente
nos va paralizando lentamente
bajo el cálido enjambre de la siesta.”
Francisco Villaespesa

 

 

Algunos tienen una idea anticuada de la modernidad y están dispuestos a despojarnos de algo tan nuestro como es la siesta. Una vez más, nos hemos puesto a la cola de todo el mundo, en lo que a siesta se refiere.

 

Efectivamente, la siesta es un lujo que aquí ya no nos podemos permitir; precisamente cuando los países avanzados acaban de descubrir que dormirla es de despabilados, que ese sueñecito que nos echábamos después de comer no sólo no es enemigo del progreso, sino que puede ser un magnífico impulsor de la productividad. La siesta según los especialistas japoneses y norteamericanos además de proteger contra el estrés y las enfermedades cardiovasculares, estimula la creatividad, relaja las tensiones laborales y aumenta el rendimiento de los trabajadores. En el Japón, las principales empresas han instalado en sus edificios salas de reposo con tumbonas para que sus empleados las utilicen después de comer, y algunas multinacionales de la informática han acondicionado las sedes de sus filiales en Europa para que sus trabajadores puedan reponerse con un sueño después de comer. Los empresarios nipones han llegado, incluso, a cuantificar el beneficio que la siesta representa para sus compañías y aseguran que la productividad de los trabajadores que se echan la siesta, aumenta en un 20% en relación con la de los que no lo hacen.

 

Hemos sido los descubridores de la siesta y sin percatarnos de sus ventajas, hemos cargado sobre ella buena parte de la culpa de nuestro secular atraso al vincularla a la pereza, cuando la realidad demuestra que es inteligente diligencia. ¿Puede alguien pensar que son unos vagos Benjamín Franklin, Napoleón Bonaparte, Víctor Hugo o Thomas Edison que sesteaban a diario?

 

¡Lástima que hayamos perdido tan saludable y productiva costumbre! Nos queda el consuelo de que somos los descubridores del ahora tan beneficioso hábito. Siesta es un término que hemos aportado al lenguaje universal. Y aunque hayamos renunciado a ella por mor de una mal entendida modernidad, todavía podemos presumir de que de siesta sabemos más que nadie.

 

El descubrimiento reciente de que dormir la siesta nos hace más eficaces, viene a confirmar las sospechas de algunos de nuestros pensadores que intuyeron que el defecto que caracteriza a los españoles no es tanto la indolencia como nuestra asincronía con la historia, esa eterna incapacidad nuestra para acompasarnos a los vaivenes de los tiempos. En la siesta nosotros estamos de vuelta cuando otros van, y en muchas otras cosas no llegamos cuando los demás vienen. Y como dijo el poeta: “Lo que tu sabes de sobra / es que una siesta que se pierde / ya nunca más se recobra”.

 

 


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