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MARAVILLOSOS SILENCIOS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Respóndate retórico el silencio;
cuando tan torpe la razón se halla,
mejor habla, señor, quien mejor calla.”
Calderón de la Barca


Si hay un silencio elocuente y hasta retórico, como nos dijo Calderón, nos cabe hablar de un silencio mudo, como aquel de que nos hablaba Cervantes en el Quijote cuando escribía: “... en aquel sitio el mismo silencio guardaba silencio a sí mismo”. ¿Un silencio que calla para sí, que se guarda silencio a sí mismo, no puede decirse, como a veces suele decirse, un silencio mudo? En Cervantes, especialista, diríamos, en silencios, en “maravillosos silencios” -de que sus páginas mejores nos hablan mudamente, como entre paréntesis o a intervalos de sus palabras-, esos silencios mudos son tan frecuentes como elocuentes, a fuerza de serlo, tan silenciosos, tan callados, tan absolutamente silencios puros. Silencios que sólo podemos encontrar parecidos en los lienzos mudos de Velázquez. Que los lienzos no son tampoco mudos, como los libros. Cuando grita en ellos la verdad. Silencios de verdad los de las páginas cervantinas, los de los lienzos velazqueños. Que si en los lienzos de Velázquez habla, nos habla, mudamente, el silencio de la pintura, en las páginas de Cervantes (en el Quijote, en las Ejemplares, en el Persiles...) también nos habla, mudamente, el silencio de la poesía.

 

El “milagro” de Velázquez fue -milagro torero- el estarse quieto: quieto y callado. En los vivos lienzos velazqueños “el mismo silencio guarda silencio a sí mismo”, como diría Cervantes. Y no en balde tanta maravillosa quietud silenciosa de quien tuvo por sueño el vano título de “aposentador regio” ¡Qué extraña verificación anecdótica ésta de que veamos a un Velázquez identificarse socialmente a sí mismo con este tan honorífico rango, de “aposentador real”! El, que aposentaba, como en la palabra Cervantes, en la pincelada luminosa sombría, la realidad del ser, de lo que son las cosas de verdad: la realidad de verdad del hombre. Y esto es lo que nos dicen sus lienzos, como lo que nos dicen las figuraciones poéticas de Cervantes con sus “silencios mudos”.

 

Según el verso maravilloso de Lope: “la música en el aire se aposenta”, la pintura en la luz. Y una y otra, palabra verdadera, palabra viva, lenguaje significativo para el alma -para el hombre- ¿qué son, en definitiva por el hombre, sino creación, poesía? El ser se aposenta en la palabra humana, nos dice Heidegger. Y lenguaje, palabra humana, aún silencio y, mejor aún, por el silencio -por el silencio mudo- en la ficción poética, pictórica, musical... Que hay un charlatanismo de la pintura y de la música, como de la poesía que mata los silencios por miedo a la verdad. A esa profundísima verdad viva que tal vez solamente en silencio, por silencios -y silencios mudos- se nos comunica.

 

Un arte sin silencios mudos, sin esos profundos silencios que en sus ficciones novelescas como en sus lienzos noveleros nos descubren Cervantes y Velázquez, es un arte retórico, elocuente o grandilocuente, si de muy viva voz, de muy muerta, esquelética, poesía.

 

Los silencios mudos de Cervantes, de Velázquez, en sus figuraciones novelescas o noveleras, nos abren ese mundo invisible, al parecer -aunque transparente de visibilidad luminosa-, en los que se aposenta el ser: un ser de las cosas que decimos el más verdadero porque nos verifican a nosotros mismos con su presencia, por su presencia. Presencia de espíritu. Valerosa y pura. Presencia sobrenatural de la que parece alejarse precisamente cualquier sonoridad sensible, como cualquier sensible luminosidad. Como si tuviesen al servicio de ese silencio mudo, las cosas, los seres, como fantasmas, callan singularmente: llaman a nuestro entendimiento al sumirnos en una especie de perplejidad de ese modo, mudamente, silenciosamente... Y como dijo el poeta: “No sé si el alma debe, / sintiendo esa quietud maravillada, / quedarse en su silencio, renunciando / al don de la palabra”.

 


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