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  Guías culturales

LA FORMA SUPREMA DE LIBERTAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“Yo nací libre y para poder vivir libre
escogí la soledad de los campos”.
Miguel de Cervantes.


 

Cervantes se proyecta hacia la libertad; o, si se prefiere, se proyecta libremente hacia todas las metas que van surgiendo en su vida. En posesión de ella o en forma de privación ve la vida como libertad. Y no se olvide que Cervantes, fascinado con Italia, siempre atraído por ella, encuentra que es una sociedad con más libertad que la española -y probablemente que cualquier otra-, con menos presiones y mayor repertorio de posibilidades; su mayor elogio es “la vida libre de Italia”.

 

Pero hay que tener en cuenta también el reverso, que sobreviene para él inmediatamente después de esa experiencia: la decisiva de cinco años de cautiverio. Argel, significó la pérdida brusca, inesperada, completa, de la libertad. Argel fue la privación brutal, violenta, arbitraria, total de la libertad. Esto le parece a Cervantes literalmente insufrible, intolerable, porque va contra la condición misma de la vida. La vida humana es libertad, el cautiverio es su negación, con un remoto horizonte de esperanza, problemático, lejano, siempre aplazado, el rescate; o la peligrosa y difícil evasión. Cervantes la intenta una y otra vez; hay que intentar escapar al cautiverio, sea cualquiera el riesgo, y sabe bien que es el máximo. Siempre se frustran las tentativas, por traición de alguien, por las dificultades reales, por la mala suerte. Cervantes asume siempre la responsabilidad, arrostra el tremendo peligro, siempre dice: “Yo he sido”.

 

Esto es, evidentemente, una prueba de gran valor; también de generosidad: reclama la responsabilidad, trata de exculpar a los compañeros de cautiverio que han querido escaparse con él. Pero tiene además un aspecto que me parece muy importante. la reivindicación de la libertad. El exponerse a pagar un precio altísimo, probablemente la vida, el decir “yo he sido”, equivale a decir, “yo ejerzo mi libertad pese a quien pese y cueste lo que cueste”.

 

Es interesante hasta qué punto coincide la visión de Cervantes con lo que el pensamiento actual, y muy especialmente el español, ha venido a descubrir con evidencia: que la libertad es la condición intrínseca de la vida humana, que es irrenunciable, porque si se renuncia a ella se lo hace libremente, ejerciendo esa misma libertad. Pueden las situaciones reales reducir angustiosamente la libertad, pero no anulan la condición libre del hombre, que mantiene mientras vive.

 

Por eso dirá sin descanso “Tú mismo te has forjado tu ventura”, porque esta es, a última hora, obra del hombre, a pesar de las presiones, los entorpecimientos, las limitaciones. Por ese núcleo de libertad el hombre es dueño y responsable de sí mismo. Pocas veces se ha dado en ningún autor, filósofo, novelista o dramaturgo, una afirmación tan enérgica y constante de la libertad como en Cervantes.

 

Don Quijote no puede soportar que se atente a la libertad de nadie. Se dirá que esta actitud responde a la locura de Don Quijote; así es, pero no es más que la exageración demencial, sin respeto a la realidad, de lo que realmente piensa Cervantes.

 

Lo vemos en un aspecto de la obra de Cervantes, también recurrente, que aparece en la poesía, en el teatro, en las Novelas ejemplares, en el Quijote, en el Persiles, la idea de que el amor no se puede impedir, no se puede contrariar. Las consecuencias son siempre funestas. siempre se paga el querer impedir el amor y ponerle trabas.

 

A la inversa, el amor tampoco se puede imponer y si se hace tiene malas consecuencias. Recuérdese la novela El celoso extremeño o el entremés El viejo celoso, las dos versiones de la misma historia. El viejo que ha vuelto muy rico de las Indias se casa con una muchacha muy joven, que evidentemente no lo ama; es un matrimonio arreglado, sin amor, y el viejo tiene a la muchacha encerrada, sin dejar que nadie entre ni salga; y aquello acaba muy mal. La actitud de Cervantes es absolutamente clara: el amor no se puede imponer, ni se puede impedir ni contrariar cuando es verdadero amor, la forma suprema de libertad.

 

Todavía hay más, porque en el Quijote se formula una teoría de la libertad. Recuérdese el maravilloso episodio de la pastora Marcela. Don Quijote y Sancho encuentran a unos pastores que están llenos de dolor porque ha muerto uno de ellos, especialmente estimado y atractivo, que había hecho estudios, era persona refinada, apuesto y de gran figura, de buena familia; Grisóstomo se ha suicidado porque no ha correspondido a sus amores una pastora de gran belleza, Marcela, también de buena alcurnia, con todas las dotes estimables. En este pasaje se formula con rigor extraordinario una teoría de la libertad, se afirma la vida elegida libremente y sin seguir las conveniencias.

 

En un pasaje admirable Marcela dice cosas esenciales. Véanse algunos ejemplos. “El verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso”. “Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”. Y se define con una fórmula espléndida: “Fuego soy apartado y espada puesta lejos”. Y todavía añade: “El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino y el pensar que tengo de amar por elección es excusado”.

 

Marcela no se ha enamorado y ese es el amor que para ella tendría valor. No hay que pensar que ame por elección -se entiende, de otros, pero ni siquiera de sí misma, por decisión o voluntad-; Cervantes, que no era un filósofo, entiende por verdadero amor el destino que se acepta libremente. Y como dijo Cervantes, en dos maravillosos versos: “Y he de llevar mi libertad en peso / sobre los propios hombros de mi gusto”.

 

 


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