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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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27 DE MARZO: LA MUSICA DEL LLANTO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“Llenos de lágrimas tristes
tiene Belardo los ojos....”
Lope de Vega

 

 

El hallazgo teatral de Shakespeare coincide en el tiempo con el hallazgo novelesco de Cervantes; y el también teatral y novelesco de Lope. Todos estos mundos imaginativos,  inventados , creados por tan excelsos poetas: Cervantes, Shakespeare, Lope, nos están diciendo, y diciéndolo a gritos que lo que sostiene el tiempo pasajero y su evocación histórica  en nuestro pensamiento es la palabra humana temporalizada –y teatralizada-, la palabra humana en el tiempo: la poesía. “La poesía es el fundamento de la historia”, nos dirán los románticos: Novalis, Hölderlin, Nietzsche, Heiddeger... Y así vemos, y oímos, y entendemos, en Shakespeare, como en Lope y Cervantes, que la novela se teatraliza, o el teatro se noveliza.

 

Alguien ha dicho, que si la música dijera la verdad mentiría. “La verdad se parece a un cuento”, leemos en Shakespeare. Porque la verdad, para hacerse posible y realmente verdadera, como el cuento, necesita alimentarse de mentiras. Por eso tal vez afirmó un ruso que “el teatro es incompatible con la mentira”. El teatro es siempre una máscara que nos ilusiona o que nos miente. El teatro shakesperiano nos parece junto al griego y al español renacentista (lopista-calderoniano), el mejor que ha existido; porque nos miente de verdad, musicalizándonos el tiempo con música de sangre o llanto. Calderón nos habló en un verso de “la música de la sangre”.

 

En el llanto, y llanto en la sangre, que tan en voz baja se nos canta y se nos cuenta en el teatro español de Lope y Calderón –donde lo que no se nos va en lágrimas se nos va en suspiros, y lo que se nos va es la sangre, la música de la sangre, gota a gota, “en cada suspiro se pierde una gota de sangre”, nos dice Shakespaare-, en esa música del llanto, el teatro español lopista y calderoniano nos parece que abusa líricamente de la piedad, como el shakesperiano, dramáticamente, del honor, del espanto.

 

Un personaje calderoniano nos hace esta pregunta: “A quién / suena la música bien / pudiendo escuchar el llanto”. Pero en el teatro, para ser verdadero el dolor y la alegría tienen que mentirnos con esa máscara musical; con esa música indecible, inaudita ,  de la risa y el llanto.

 

Para mentir con facilidad basta ser sincero; o lo que es igual, sólo que a la inversa: para ser sincero basta mentir con facilidad. En el teatro siempre sucede de este modo: sus personajes más sinceros son los que nos mienten con más facilidad. Hablo de una sinceridad poética, dramática: teatral. Esta es la enorme sinceridad natural del teatro de verdad: la verificación ilusoria del mundo humano que nos crea.

 

Al final del siglo XVI; un contemporáneo de Shakespeare, Lope y Cervantes, el famoso italiano Florio nos ofrece esta afirmación sorprendente: “El amor –escribe- es tan indispensable como el comer y como el mentir”. Y añade: “Estas tres mayores necesidades han creado la retórica”. El hambre y el amor, como deseo de vida, y de vida perdurable, de alegría bienaventurada, por la gran retórica teatral del grito, en Shakespeare, como en Lope de Vega y Calderón, se teatraliza de verdad, y aun de verdades, mentirosamente: con la música de la sangre y del llanto en la sangre, música, canto –y cuento- de ilusoria luminosidad. Y es que, como dijo nuestro Antonio Machado: “Canto y cuento es la poesía. / Se canta una viva historia / contando su melodía”.


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