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LA VOZ DEL ABATE MARCHENA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“La esclavitud es quien desmoraliza
los pueblos, quien sofoca los talentos,
y quien toda la virtud inutiliza.”
José Marchena.

Los principios doctrinales de Marchena difieren poco de la común ideología enciclopedista de la época. Lo que confiere al abate la personalidad peculiarísima más que sus ideas es su actitud combativa nacida de su fogosidad temperamental y también de una arraigada persuasión en sus opiniones. Representó en sus días una posición extremista y radical porque no era un político de habilidades y cautelas sino un propagandista ideológico con tanto celo como tenacidad, Menéndez Pelayo le reconoce, como hubieron de hacer en su tiempo sus mayores enemigos, una sinceridad impetuosa y ardiente que le hacía proclamar en voz alta lo que sentía, sin cuidarse de su interés ni temer riesgo. En materia de dinero era incorruptible –recuerda el polígrafo montañés-, y habiendo sido recaudador de contribuciones en el territorio ocupado por el ejército del Rin, regresó a París “tan pobre como había salido”.

José Marchena y Ruiz de Cueto, conocido por el nombre de El abate Marchena, nació en Utrera el 18 de noviembre de 1768. Hijo de un abogado, Marchena hizo estudios eclesiásticos en Sevilla. Estudió en Madrid griego, hebreo y francés, y cursó luego leyes en la Universidad de Salamanca, donde fue alumno de Meléndez. Desde muy joven se entregó apasionadamente a la lectura de libros enciclopedistas. Por temor de ser encarcelado por el Santo Oficio se refugió en Gibraltar de donde embarcó para Francia en mayo de 1792, cuando contaba veinticuatro años. Se alistó en el club de los jacobinos de Bayona donde adquirió fama como orador revolucionario, y luego marchó a París; allí conoció a Marat y colaboró en el famoso periódico L’Ami de peuple, que aquél dirigía, pero disgustado por los procedimientos terroristas de Marat, se pasó al partido girondino, ligándose especialmente con Brissot. Participó entonces en unos comités de propaganda revolucionaria que actuaban en la frontera pirenaica, y redactó entre otros escritos, su famoso Aviso al pueblo español. Al ser proscritos los girondinos y desatarse la persecución contra ellos, Marchena fue encarcelado en Burdeos y después en los calabozos de París. Marchena fue casi el único que escapó al exterminio de los girondinos, e irritado por lo que consideraba una preterición dirigió a Robespierre un escrito con provocaciones tan teatrales como inverosímiles. Asombrado de aquella audacia, Robespierre trató de ganárselo y comprar su pluma, pero Marchena se negó “con digna altivez”, y siguió preso. Al ser liberado, obtuvo un puesto como oficial del Estado Mayor en el ejército del Rin, que mandaba el general Moreau.

A la caída de Moreau, Marchena se hizo bonapartista, y como secretario de Joaquín Murat fue enviado a España en 1808. A los pocos días de haber llegado Marchena a Madrid, el inquisidor general, don Ramón José de Arce, mandó a prender al famoso girondino y recoger todos sus papeles, Murat exigió la libertad de su secretario, pero, al negarse Arce, envió una compañía de granaderos que allanaron la cárcel de la Inquisición y libertaron a Marchena.

El inquieto abate ocupó cargos durante el reinado de José I y lo acompañó durante un viaje por Andalucía. Al producirse la retirada del ejército francés lo siguió a Valencia y luego volvió a emigrar a Francia. Cuando tuvo lugar la revolución de 1820 y regresaron los afrancesados, Marchena regresó a España y se estableció en Sevilla, donde se afilió a la Sociedad Patriótica. Pero se enemistó muy pronto con la Sociedad y marchó a Madrid donde murió el 31 de enero de 1821, poco meses después de su llegada..

Marchena cultivó todos los géneros literarios y hubo de escribir en muchas ocasiones para ganar su pan. Estando en el ejército del Rin falsificó un episodio del Satiricón de Petronio en un perfecto latín, y lo publicó haciéndolo pasar como una de las partes perdidas del famoso libro, con el que logró engañar a los más prestigiosos eruditos alemanes, el propio Marchena hubo de revelar después su superchería. Años después repitió la broma en París publicando cuarenta hexámetros a nombre de Catulo, como si fuera el fragmento perdido del Epitalamio de Tetis y Peleo.

Durante su estancia en Francia publicó Marchena muchos opúsculos sobre política y religión, y tradujo diversas obras del inglés e hizo varias traducciones de las obras de Montesquieu, Molière (la mayor parte de su obra), Morellet y Volney; en 1799 realizó la primera versión al castellano del Contrato social, de Rousseau, lo que le valió un importante proceso inquisitorial. Escribió Marchena una tragedia, Polixena (1808), imitada de los clásicos antiguos franceses. En 1820 publicó Marchena sus Lecciones de filosofía moral y elocuencia, que es su trabajo más notable. De su obra lírica suele destacarse su oda A Cristo Crucificado, la Epístola a don José Lanz sobre la libertad política, y sus largas epístolas de Eloísa a Abelardo y de Abelardo a Eloísa. Estas dos últimas epístolas, en romance endecasílabo, no siguen el tono de la oda herreriana, sino el sentimental característica de finales del siglo XVIII, y en algunos momentos parecen preludiar el gusto romántico.

Marchena merece ser considerado como una muestra luminosa de buen decir y su papel en la renovación de nuestra lírica es de evidente importancia . Y como dijo El abate Marchena. “Ni tampoco están libres de violentos / vaivenes las naciones más esclavas / y de internos terribles movimientos... “.

 

 


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