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  Guías culturales

LA VOZ AMANTE DE LA VERDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Sólo falta el tiempo a quien no sabe
aprovecharlo.”
Gaspar Melchor de Jovellanos.

 

 

“Jovellanos fue un “amigo del pueblo” -decía Karl Marx-, que esperaba conducir a éste hasta la libertad por medio de una prudentísima serie de leyes económicas y a través de la propaganda literaria de generosas doctrinas”. Jovellanos es el hombre de formación más amplia, de espíritu más abierto y de cultura más completa y, sin duda, la más insigne figura intelectual del siglo XVIII.

Gaspar Melchor de Jovellanos nace el 5 de enero de 1744 en Gijón. Recibe una esmerada educación, después de aprender las primeras letras y latinidad en su ciudad natal y filosofía en Oviedo, inicia estudios en la Universidad de Ávila a la edad de trece años, en la carrera de Leyes y Cánones bajo la dirección del prelado de aquella diócesis. Más adelante, licenciado ya, este prelado le proporcionó una beca en el colegio mayor de San Idelfonso, y dispuso su traslado a la ciudad de Alcalá de Henares. Después de dos años de enconado estudio se entera de la apertura de oposición a la canongía de la Catedral de Tuy, decidiendo aspirar a ella. En Madrid todos sus amigos trataron de persuadirle de que abandonara la carrera eclesiástica. Su tío, el duque de Losada, le promete alguna plaza de Alcalde del Crimen. Es aquí donde comienza su carrera política. El primer cargo que desempeña fue el de Alcalde de la Sala del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla, donde realiza un brillante trabajo y muestra sus dotes de gobierno. Más adelante de la Sala de Alcalde pasa a la sala de oidor. Tuvo Jovellanos asiento en la Sociedad de Amigos del País, colaborando en la fundación de escuelas, introduciendo en la provincia sevillana mejoras en el campo olivarero y de la agricultura general, donde cosecha algunos éxitos. Allí crece su amor por las Bellas Artes y conoce a Ceán Bermúdez. A la época de su residencia en Sevilla pertenecen varios de sus escritos.

Cuando Carlos III en 1778 decide trasladarle a Madrid Jovellanos ya era conocido. Es nombrado Alcalde de Casa y Corte y al año y medio de su nombramiento es trasladado al Consejo de las Ordenes. Poco después de su llegada a Madrid ingresa en la Sociedad Económica; y a propuesta del Conde de Campomanes, entró en la Academia de la Historia y finalmente el 25 de julio de 1781 le concedió la Española el título de Académico Supernumerario. Es entonces cuando Jovellanos realiza la mayor parte de sus trabajos científicos, artísticos y literarios, su pluma parecía inagotable. Es maravilloso comprobar como Jovellanos manejaba con tan diestra soltura materias tan variadas y prolijas del saber. A propuesta del Monarca elaboró su famoso Informe sobre la Ley Agraria, base y fundamento de posteriores reformas. Fue éste el primer político español que intentó un lenguaje que no por simple deja de ser literario. Con el pretexto de su amistad con Cabarrús, político progresista, se le ordenó abandonar Madrid inmediatamente. Volvió a Asturias como Comisionado, donde realizó una gran labor en bien del progreso.

Pasado este breve destierro súbitamente y con gran sorpresa por su parte, se le nombra embajador en Rusia y más tarde Ministro de Gracia y Justicia. Se traslada a la Corte, sita en El Escorial, y toma posesión de este último cargo que Godoy le había conferido. Pero el escándalo hizo caer en poco tiempo al Gobierno de Godoy y Jovellanos se vio obligado a volver a Gijón. Sus enemigos justificaron su destitución por herejía y no transcurrió mucho tiempo hasta que el 13 de marzo de 1801 fue sorprendido en su cama, y con escolta de soldados, rigurosamente incomunicado, atravesó el norte de España hasta llegar a Barcelona y de allí a Mallorca, donde fue encerrado en la Cartuja de Jesús de Nazareno de Valldemosa Su prisión duró hasta 1808, año que Fernando VII, por Decreto de 22 de marzo le devolvió la libertad. Hallábase entonces en el castillo de Bellver, al que había sido trasladado para hacer más riguroso su cautiverio. Las penalidades sufridas fueron infinitas pero aún le quedaron fuerzas para escribir dos enérgicas exposiciones al Rey, reclamando se le hiciera justicia para poder seguir escribiendo, como así hizo en numerosos ensayos sobre las bellezas arquitectónicas de la isla de Mallorca y en su Tratado de Educación Pública.

Cuando desembarcó en Barcelona fue muy bien recibido, pasó por zonas en plena sublevación y en Jadraque, en casa de su amigo Juan Arias Saavedra, donde residió algún tiempo, recibió con sorpresa la noticia de Ministro de Interior por José Bonaparte a lo que se negó resueltamente. En vez de ello tomó posesión del cargo de individuo de la Junta Central por Asturias. Gran partidario de las Cortes, las quería generales para todo el reino. La Junta tuvo que desplazarse frecuentemente y con ella Jovellanos. Contribuyó a la reforma de la Regencia que sustituyó a la Junta Central y en la cual ninguno de sus miembros estaba incluido.

Al conocer la noticia de la retirada francesa de Asturias Jovellanos volvió a Gijón donde fue recibido apoteósicamente, pero la alegría duró poco, pues los franceses volvieron a invadir su tierra. Jovellanos animó a sus compatriotas al combate y escribió un himno guerrero que se hizo popular. Vencido los españoles, embarcó con intención de refugiarse en Ribadeo, pero una furiosa tempestad le obligó a desembarcar en Puerto de la Vega donde una violenta pulmonía le quitó la vida, el 27 de noviembre de 1811. Los restos mortales de este insigne escritor y estadista que intentó como nadie el progreso de España en unos años completamente desfavorables, reposan para siempre, encerrados y en silencio, en la iglesia parroquial de su Gijón. Y como dijo Jorge Guillén: “En cartuja y castillo siete años / padece sin defensa, prisionero / bajo la autoridad de los peores. / “¡Justicia!” Mundo sordo. / ... Y por fin, libertad. Aclamación. / Palma rebulle. “¡Viva Jovellanos!”



 

 

 

 


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