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  Guías culturales

LA VOZ ENTRE LO CASTIZO Y LO IDEAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Me reconstruyo en aquella cocina del viejo palacio
de la duquesa de Sevillano. Mi madre se afana
en los quehaceres domésticos. Yo, niño sin juguetes
y sin niñez, vivo esa vida contemplativa y hosca
que hace soñadores a los hombres.”
Eugenio Noel.

Heredero tardío de una preocupación regeneradora de España, por contradictorios y sorprendentes caminos, a medias entre la trascendencia y la superficialidad, entre los toros y el flamenquismo, entre lo castizo y lo ideal, entre los casinos de pueblo y las sopas de ajo, entre Unamuno y Ciro Bayo, entre su pasión por la lengua y el novecentismo, entre, en fin, lo bohemio y lo valleinclanesco, Eugenio Noel representa hoy, o debiera representar, una de las corrientes más vivas y vivificadoras para la comprensión y existir de los españoles.

Vida agitada, obra amplia, bohemia y pobretería y locura, Eugenio Noel no fue capaz de inventarse una novelería entre elegante y modernista, a lo Valle-Inclán, quedándose solamente en algo, en eso que la sociedad española, en este y en otros tiempos, no perdona: la ausencia de reconocimiento por la clase o los estamentos que deciden, quizá caprichosamente, la colocación o el lugar que, tanto en la literatura como en la vida, debemos ocupar cada uno de nosotros. Y en esto, como en otras muchas cosas, Eugenio Noel no supo, o no quiso, estar a la altura de las circunstancias; a la altura que la clase dirigente, tanto política como cultural, le vino exigiendo.

El hecho de que su obra, no haya tenido la resonancia y la justicia literaria que, sin duda alguna, merece, no debe hacernos olvidar su presencia y reconocimiento en algunos de nuestros grandes escritores. Así, un espíritu tan exigente como Bergamín, y a la vez tan taurino, supo ver y apreciar el arte y el mérito literario de Noel. En 1962 escribía: “un escritor de indudable talento y nobles propósitos, hombre de origen humilde, del que se enorgullecía justamente, pues alcanzó notoriedad merecida por su estudio y esfuerzo”. Del mismo modo, Unamuno se siente atraído y hasta influenciado por la pasión que informa su campaña y escritos: “Hoy mismo -escribía don Miguel- tiene sobre sí unos cuantos procesos por ese llamado delito de imprenta, que a menudo se reduce a decir lo que no puede decirse, esto es: la verdad”. Cansinos Assens lo vio así en su libro La nueva literatura: “... mezcla extraña y primera entre nosotros de pensador, de literato y de propagandista en el estilo americano”. Contamos asimismo con un curioso retrato que de Noel nos dejó Ramón Gómez de la Serna: “Noel es la figura representativa del escritor que pudo ser genial; pero el medio se empeñó en no dejarle, en hostilizarle, en hacerle vivir de precario”.

Sus orígenes, como él mismo no tuvo ningún recato en confesar, fueron muy humildes. Eugenio Noel, seudónimo de Eugenio Muñoz Díaz, nace en Madrid el 6 de septiembre de 1885, año llamado “del cólera”, enfermedad que asoló por entonces gran parte de España. Desde sus primeras letras -en un colegio particular y luego con los padres Escolapios- demostró Eugenio Muñoz una desmedida pasión por la lectura. Seminarista más tarde en el Colegio y Casa Misión de los Cartujos de Tardajos, a dos leguas de Burgos, estudios costeados por la duquesa de Sevillano, Eugenio Muñoz descubrió su total carencia de vocación religiosa y regresó a Madrid. No obstante siguió sus estudios religiosos cada vez con menos entusiasmo y regularidad, en el Seminario Conciliar de San Dámaso de Madrid, pues por entonces comenzarían ya sus primeras aventuras amorosas. Y, especialmente, con María Noel, una cantante que, al parecer, inspiró algunos de sus primeros trabajos literarios así como Alma de santa (1909) y sobre todo algo ya definitivo en su vida, su propio seudónimo: Eugenio Noel... Curiosa es también su estancia en Malinas (Bélgica), costeada por la duquesa, para estudiar nada menos que con el famoso cardenal Mercier, del que fue aplicado discípulo. A su vuelta a España, asistió a clases de derecho de la Universidad madrileña, aunque durante poco tiempo.

Sus afanes de reivindicación social, nacidos al amparo de sus ideas republicanas fueron confirmando su persona y su literatura. Parece que su primer artículo titulado “La locomotora invencible”, trataba de defender las nuevas ideas socialistas. Conoce a muchos escritores, a Villaespesa, a Carrere, a Ciges Aparicio y asiste a la tertulia del café Nuevo de Levante que preside Valle-Inclán. En 1909 se alista como voluntario de los ejércitos de España en el norte de Marruecos. De su campaña de África, de sus artículos en España Nueva, el periódico republicano que dirigía Rodrigo Soriano, nace un libro, Notas de un voluntario. Más la conservadora justicia española no tarda en empapelarle y nada menos que por su primer artículo; “Cómo viven un marqués y un duque en campaña”. Termina en la cárcel Modelo. Al salir de la cárcel Noel, conoce a Amada, una cubana que sería el amor de su vida. Estamos ya en 1913 y Noel va a emprender seriamente, concienzudamente, obstinadamente, su campaña antiflamenca, con la pasión de un converso, recorriendo toda la España rural y terrible, “como si fuese un Costa con sólo un leit-motiv”.

Cuatro veces, además, cruzó el Atlántico, recorriendo prácticamente toda la América de habla española. En 1918 realizó su primer viaje a Cuba. Y el cuarto y último, desde abril de 1935 al mismo mes de 1936, en que llegó a Barcelona, para morir pocos días después.

Por Ramón Gómez de la Serna sabemos que una vez en Sevilla alguien quiso pincharle con un estoque de toreo y que en un colmado le cortaron la melena y sólo le dejaron el rabito enguizcado en una coleta. Pero el autor de Las siete cucas no se quedaba tampoco corto. Fue el primero que llamó “bestiario” a los toreros y pregonó a voz en grito que el mismo Joselito murió de miedo y que la peritonitis fue inventada, asegurando habérselo oído a los médicos de Talavera. Pero la verdad es que fue un picador, el picador Veneno -luego protagonista de una de sus novelas cortas- el que le salvó la vida en Córdoba de las iras de la multitud.

Pobre, como siempre vivió, murió. Fue en Barcelona, Hospital de San Pablo, el 25 de abril de 1936. Año trágico para España y en que también desaparecerían Valle-Inclán, Unamuno y Maeztu, tres representantes de esa generación del 98 cuyas preocupaciones regeneradoras continuó apasionadamente Eugenio Noel. Un artículo publicado en Renovación firmado por Alfonso M. Carrasco, el domingo 26 de abril de 1936, nos da idea de la soledad y desamparo de la muerte de este gran escritor: “Ha muerto Eugenio Noel, en la cama de un hospital, pobre como una rata y, aparte de su mujer, abandonado como un trasto inútil. Así se ha ido del mundo de la carne el autor de República y flamenquismo”.

La obra de Eugenio Noel, nos dijeron sus primeros biógrafos, González Ruano y Carmona Nenclares, “es tumultuosa y torrencial. Todo lo que se refiere a este autor, desde su aspecto a su conversación, tiene aire caudaloso y vario”. Nada más cierto. Todo en él es desmesurado, inmenso. Nada es comedido, racional, medible. Clásico, castizo y moderno, pero a la vez personalísimo. Nadie se parece a Noel y Noel no se parece a nadie.

Su obra, que mezcla casi todos los géneros, y que inventa algún otro de actual vigencia en nuestra literatura, comienza con una novela corta, Alma de santa, que contiene claros elementos autobiográficos, y se continúa con El flamenquismo y las corridas de toros, República y flamenquismo, Pan y toros, para llegar al libro clave de toda esta campaña: Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca.

La capea, aparece en 1915, y es, junto a Las siete cucas, el libro más reeditado de Noel. Nervios de la raza es también de 1915, donde resucita la ideología noventaiochista de Maeztu, Ganivet y Unamuno, aunque con ciertas discrepancias. No olvidemos que la mayoría de sus críticos califica a Noel de claro epígono del 98. Castillos de España, Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos, Vidas de santos, mártires, diablos clérigos y almas en pena, Semana Santa en Sevilla, Juicios de valor, Piel de España, Vidas pintorescas de fenómenos, toreros enfermos, diestros y siniestros de embrutecimiento nacional, España nervio a nervio, Raza y alma, Aguafuertes ibéricos, La revolución hispana. Cómo ha caído la República española en el alma de nuestras colonias americanas, Taurobolios y verdades contrastadas y más o menos largo etcétera.

Pues bien, La suerte de esta obra, variada y personal, ha sido dispar. Porque si bien es cierto que Noel no ha carecido de estudiosos y exegetas, en mayor medida que otros compañeros de generación, no es menos cierto que esta obra no ha traspasado los estrechos límites de una culta y erudita clase literaria.

En su afán regenerador, Eugenio Noel se sintió también llamado a regenerar el idioma, tan maltratado. Y véase por dónde, proviniendo de la cantera o mina popular el vocabulario de Noel, más que de su erudición humanística, resultó ser un escritor admirado y leído por una minoría intelectual; pero incomprensible para el vulgo en muchas de sus páginas y difícil de entender en todas.

Eugenio Noel fue un gran escritor al que ladearon los de su época. Autodidacta formidable, nutrido de sólida cultura, español de raíz, viajó sin cansancio por la piel de España. Para morir en la miseria y en la soledad. Y como dijo el poeta: “Se quedó tan solo / como se queda el torero / después de matar el toro”.



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