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LA VOZ DE UN CATÓLICO FERVIENTE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Los ángeles de Navidad no anunciaron
la felicidad en la tierra, sino la “paz”
a los hombres de buena voluntad.”
León Bloy.

Católico ferviente, el escritor francés León Bloy, mantuvo una radical intransigencia frente a las flaquezas de su tiempo. “He sufrido mucho por la verdad –escribía León Bloy-, cuando hubiera podido, como tantos otros, prostituir mi pluma y vivir en la abundancia, gozando de los bienes del mundo”. De carácter violento, partiendo de su fe profunda, la religiosidad es el eje de su obra. Como escritor, su estilo es visionario y agresivo, no perdonando en sus ataques a las más encumbradas figuras, lo que le hizo perder casi todas las colaboraciones en diarios y revistas que le proporcionaban el sustento. Fascinado por la Edad Media, Bloy arremete contra el Renacimiento alterado por la herejía, defiende la Inquisición y rechaza la Revolución y el positivismo de su época. Nunca logró salir de la pobreza, que consideraba, al igual que el dolor, una vía de acceso a Dios. Para unos resulta un panfletario, para otros un profeta que avisa la eclosión del materialismo.

León Bloy nació en Périgueux el 11 de julio de 1846 y falleció en Bourg-la- Reine, París, el 3 de noviembre de 1917. De familia pobre, a los dieciocho años se mudó a París trabajando en diversos oficios, en la capital francesa sufrió la influencia de Barbey d’Aurevilly, así como la de Charles Baudelaire y Paul Verlaine. Pasó de ser un anticlerical violento a un católico ferviente. Durante poco tiempo colaboró en el periódico L’Univers. Entre sus escasos amigos se cuentan Jacques Maritain y su esposa Raissa. En 1889 se casó con la danesa Jeanne Molbeck, protestante convertida por él al catolicismo.

A los treinta años escribe su primer libro, El caballero de la muerte, que será publicado mucho más tarde, en 1891. Entre sus escritos destacan una apología de Cristóbal Colón, El revelador del Globo (1884); una violenta sátira contra los escritores contemporáneos, Propósito de un emprendedor de demoliciones (1884); las novelas autobiográficas El desesperado (1886) y La mujer pobre (1897), en la que expone su concepto místico de la mujer como encarnación del Espíritu Santo y del amor como fuego aniquilador; obras de carácter pseudohistórico, como Juana de Arco y Alemania (1915); algunos escritos místicos, como La epopeya bizantina (1904) y Mi diario (1898-1917; 8 vols.), apocalíptico y profético, considerado por muchos su obra más importante. Y como dijo el escritor francés: “Los ricos están hechos para distribuir su riqueza a los indigentes, y el mayor servicio que se puede hacer a sus miserables almas es determinarlos a cumplir su deber de intendentes del Dios de bondad”.








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