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  Guías culturales

LA VOZ DEL CAZADOR DE IMÁGENES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¿Dónde estarás? ¿Por cuáles tempestades
vuela tu corazón? ¿Qué aguas condensa
la nube que te oculta en esta inmensa
noche de soledad en que me invades?”
Carlos Pellicer.

 

A Carlos Pellicer se le ha llamado “cazador de imágenes” por su servicio en la búsqueda de la imagen en el poema. Creador de una poesía humana, luminosa, en la que exalta tanto al Creador en su constante religiosa como se sumerge en la intimidad del amor. Su poesía alcanza en sus mejores momentos la síntesis entre la grandeza del poema épico y un pensamiento humanista traducido en imágenes.

Carlos Pellicer Cámara nace en Villahermosa, Tabasco, el 4 de noviembre de 1899 y muere en Ciudad de México el 16 de febrero de 1977. Fue profesor de literatura e historia en varias escuelas y en la Universidad Nacional. Secretario del pensador José Vasconcelos, fue uno de los fundadores de la revista Contemporáneos, que aglutinó el movimiento de renovación literaria surgido en México en 1928, del cual posteriormente se apartaría para adentrarse en una poesía de raigambre religiosa. Acudió a España en 1937 para apoyar la causa republicana. Participó en el II Congreso de Escritores convocado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas, que reunió en Valencia, en julio de 1937, a José Bergamín, Corpus Barga, Antonio Machado, Pablo Neruda, Fernando de los Ríos, Ramón J. Sender,Vicente Huidobro, Anna Seghers, Octavio Paz, Elena Garro, Nicolás Guillén, Iliá Ehrenburg, Bertolt Brecht, Heinrich Mann, André Malraux, Louis Aragon, Alejo Carpentier, César Vallejo, Rafael Dieste, Rafael Alberti, John dos Passos, Julien Benda, Martín Andersen-Nexö, Stephen Spender, Tristán Tzara, Emilio Prados, María Teresa León, Arturo Serrano Plaja, Juan Gil-Albert, Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández, Ramón Gaya, Juan Marinello, Ludwig Reen, André Chamson, Jef Last, Malcon Cowley, Feedor Kelyin, etc. Desde 1953 fue socio de número de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1964 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Al margen de su obra poética, determinante en la moderna literatura de su país, se dedicó a una labor cultural de gran envergadura organizando y dirigiendo museos como el de la pintora Frida Kahlo y el Anahuacalli, de Diego Rivera, además de otros de su estado natal; también organizó el de Palenque, una de las mayores muestras existentes de la cultura maya.

México constituye, junto con el Río de la Plata y las Antillas, uno de los centros más importantes de creación poética de la América de la lengua castellana. La poesía de vanguardia encontró en México terreno propicio; los “ismos” de posguerra se difundieron encontrando intérpretes valiosos en poetas que conquistaron merecida fama. El grupo más significativo fue el que se reunió en torno de la revista Contemporáneos (1928-1931). De los poetas que pertenecieron a este grupo, los más destacados fueron Carlos Pellicer, brillante colorista, José Goroztiza, el representante de la poesía pura, y Xavier Villaurrutia, el poeta de la nostalgia de la muerte.

En las numerosas colecciones de versos de Carlos Pellicer, Colores en el mar y otros poemas (1921), Piedra de sacrificios (1924), Seis, siete poemas (1924), Hora y 20 (1927), Camino (1929), Esquemas para una oda tropical (1933), Hora de junio (1937), Exágonos (1941), Recinto (1941), Discurso para las flores (1946), Subordinaciones (1949), Práctica del vuelo (1956) -reunidas posteriormente en Material poético (1918-1961) (1962)-, Con palabras y fuego (1963), Teotihuacán y 13 de agosto: ruina de Tenochtitlán (1965), Cuerdas, percusión y aliento (1976), póstumamente apareció Reincidencias (1979), se manifiesta una vena lírica exuberante, a veces con gran riqueza de matices en la captación de paisajes cálidos.

El color, la música, la palabra son elementos esenciales de una poesía en la que no se advierte esfuerzo, sino más bien una fluidez espontánea. Pellicer se atormenta intentando controlar su propio desbordante colorismo; su condición de “Ayudante de campo de sol” le inquieta; anhela la penumbra melancólica, el silencio; tiende a un verso sutil, delicado, sugerente de estados de ánimo depurados. Su tormento no tiene razón de ser. Pellicer ha enriquecido la poesía mexicana del siglo XX con imágenes de valor plástico, metáforas inéditas, deslumbrantes, musicalidad que nunca decae.

Lo que el poeta capta y siente del paisaje se transforma en luz. Sin embargo, Pellicer no es sólo maestro del color; es un intérprete sutil de la voz oculta de las cosas, precisamente a través del color. Si en ocasiones su metáfora evoca el magisterio de Herrera Reissig, encuentra su originalidad en la transparencia. No es frecuente que lo trágico se imponga: se abre paso así una filosofía que advierte sobre la brevedad de la vida -”no hay tiempo para el tiempo”-, el valor de la tristeza, siempre “grande, noble y nueva”. En el vuelo de las “garzas”. Pellicer percibe el anuncio de un alba en la cual el tiempo renace “lento”, fecundo, ocioso, creado para soñar y ser perfecto. Y como dijo el poeta mexicano: “Que se cierre esa puerta / que no me deja estar a solas con tus besos./ Que se cierre esa puerta / por donde campos, sol y rosas quieren vernos”.

 

 


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