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  Guías culturales

LA VOZ DEL COMBATIENTE DE LA ESPERANZA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¡Cuídate, España, de tu propia España"!
César Vallejo.

 

Recordar al “viejo combatiente de la esperanza” en estos días equivale a proponerlo como ejemplo. Las actitudes minúsculas nunca fueron suyas. Allí donde latía cierta alta tensión humana se encontraba Vallejo en su elemento.

La vida y la obra del poeta peruano César Vallejo fue una rebelión continua contra el estado de cosas. Su aparición señala dentro de la lírica americana el primer chispazo de una nueva presencia, adelantándose en el tiempo con ingenua espontaneidad verbal de poesía recién nacida: y adelantándose tanto, que hoy mismo, nos sería difícil encontrarle superación en su autenticidad, y en sus consecuencias.

La poesía de Vallejo es tan directa y tan pura que puede aplicársele aquella opinión de Debussy sobre un trozo de Bach: “que no sabe uno como ponerse ni lo que hacer para sentirse digno de escucharla”. Su poesía es seca, ardorosa, como retorcida duramente por un sufrimiento que se deshace en un grito alegre o dolorido, casi salvaje.

“Versos que no son versos, poesía que no es poesía”, como decía Laforgue, poesía que no es literatura; que no está escrita en letras muertas sino con vivas palabras. En la poesía de Vallejo choca esta desnudez, descarnada, de un lenguaje, tan exclusivamente poético, tan poco, o nada, literario.

No he de tratar de explicar esta poesía que es, como toda poesía, por definición, inexplicable. La pureza poética de Vallejo, como todo lo que se expresa tan estrictamente afianza el sentido humano de lo verdadero: la poesía, que es lo más humanamente verdadero.

Vallejo se siente y, por lo tanto, se sabe ser espíritu del pueblo. Renuncia a su persona individual para lograr el ser de todos, confundiéndose con el destino de los demás. Frente a quienes persiguen como supremo bien y a toda costa la satisfacción de sus deseos particulares, Vallejo subordina el suyo propio al bien común.

El 16 de marzo de 1892 y en Santiago de Chuco, undécimo y último hijo de un matrimonio que juntó en su prole sangre española y sangre incaica, nació César Vallejo. Toda su vida creó con lo que le faltó. Su pobreza se transformó en justicia. Su orfandad en misericordia. Su soledad en compasión. César Vallejo realizó el milagro de no consentir que los años, el hambre y la historia le asesinaran el niño que siempre fue.

Vallejo cursa estudios secundarios en Huamachuco. Después de ocupar varios empleos, estudia Letras en la Universidad de Trujillo, graduándose de bachiller. En 1919 trabaja en el Colegio Nacional de Guadalupe. A mitad de año lanza Los Heraldos Negros. Al año siguiente ingresa en prisión en la cárcel de Trujillo. En 1921 vuelve a Lima, donde recibe un premio literario por su cuento Más allá de la vida y de la muerte. Un año después publica Trilce. El 13 de julio de 1923 llega a París y en 1925 viaja por primera vez a España. Empieza a convivir con Georgette Philippart en 1929. A fines de diciembre de 1930, el poeta recibe orden de abandonar el territorio francés; pasa a España con Georgette. Ingresa en el Partido Comunista de España. Escribe una novela proletaria, El Tungsteno (1931). En 1936 estremecido por la tragedia que estalla en España, Vallejo, colabora en la ayuda al pueblo español, en octubre viaja a Barcelona y a Madrid. En julio de 1937, Vallejo asiste en Valencia al Congreso de Escritores Antifascistas. De regreso en París colabora en la fundación del Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española. Revisa algunos versos de sus últimos años y les agrega parte de los textos que formarán Poemas Humanos y España, aparta de mis este cáliz, ambas obras publicadas póstumamente en 1939. En marzo de 1938, Vallejo cae en cama. Lo transportan a la clínica Arago, dónde nadie llega a determinar cuál es el mal físico que lo consume. Muere en la mañana del 15 de abril.

Como en todo gran poeta, la vida lírica de Vallejo su lenguaje trágico, se siente y se entiende hondamente entrañado en su vida propia. En César Vallejo hay más, mucho más de lo que suele pensarse y decirse que es un poeta.

La voz de la poesía de Vallejo nos suena cada vez más honda y más viva, también más dolorida. Como toda voz de poesía se afianza y afirma con el tiempo.

“Muchas hambres, parece mentira... Las muchas hambres, las muchas soledades, las muchas leguas de viaje pensando en los hombres, en la justicia sobre esta tierra, en la cobardía de media humanidad... Lo de España ha sido el taladro de cada día para su inmensa virtud”, nos dijo Pablo Neruda de su bienquerido hermano. César Vallejo vivió y murió padeciendo hasta los huesos, la terrible guerra española.

“Me moriré en París con aguacero”, nos dijo César Vallejo, premonitor de su muerte. Y así fue, en París un día de primavera de 1938, un Viernes Santo lluvioso, apurando su cáliz español, con el nombre de España en los labios. Decía: “Voy a España... Quiero ir a España”... Fiel a su palabra: “¡Si la madre España cae -digo, es un decir- / salid, niños de mundo; id a buscarla!...”

 

 


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