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LA VOZ DEL CORTESANO RENACENTISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Oh, soberbias colinas, sacra ruina,
que ya sólo de Roma el nombre os queda,
pobre despojo en vos ahora se hospeda
de tanta gloria excelsa y peregrina.”
Baltasar Castiglione.


“No ha mucho días que me envió Garcilaso de la Vega... –nos cuenta Boscán- este libro llamado El Cortesano, compuesto en lengua italiana por el conde Baltasar Castellón. Su título y la autoridad de quien me lo enviaba, me movieron a leelle con diligencia”. Aquel hermoso libro del Cortesano, que nos dio en admirable lengua castellana Boscán, en 1534, diciendo que había sido compuesto en italiano, por el conde Baltasar Castellón con lo cual tradujo no sólo el nombre de pila, sino hasta el apellido del autor, para mayor españolización, es el Cortegiano de Castiglione, impreso en Venecia en 1528, aunque escrito bastante años antes. Únicamente con elogio puede hablarse de él. Es de las obras más simpáticas y elegantes de aquel fecundo siglo XVI, y esas cualidades la hicieron popular en seguida entre la clase oculta no sólo de Italia, sino de naciones como Francia, Inglaterra, España, Alemania. Aunque oscurecida por la fama de su obra maestra, Castiglione escribió también poesías en latín y en lengua vulgar. En italiano sobresale su égloga Tirsis, que se representó en la corte de Urbino en 1506, y en latín la elegía a Rafael, De morte Raphaelis pictoris.

Baldassare o Baltasar Castiglione nació en una alquería de su familia, en Casatico, Mantua, el 6 de diciembre de 1478 y falleció en Toledo el 2 de febrero de 1529, cuando ejercía el cargo de enviado del Papa Clemente VII para tratar de una paz no lograda con el emperador Carlos V, se ganó hasta tal punto la voluntad de éste, quien le colmó de atenciones y favores, que la noticia de su muerte le arrancó estas palabras: “Yo os digo que es muerto uno de los mejores caballeros del mundo”; el mismo Tasso, que no fue su contemporáneo, habló con alabanza de su libro, espejo excelente de la sociedad italiana de aquellos tiempos, no ya únicamente en las costumbres: en las ideas también; y no hay que decir el alto concepto en que le tenía Garcilaso, porque bien claro lo manifiesta en su espíritu en su epístola a doña Gerónima Palova de Almogavar, que precede la versión de Boscán, hecha a instancias del gran poeta castellano que se lo enviaba.

Castiglione estudió latín y griego en Milán. En 1499 al morir su padre vuelve a Mantua donde se puso al servicio del marqués Francesco Gonzaga, participando en la batalla de Garigliano, donde franceses e italianos fueron derrotados por los españoles al mando del Gran Capitán. Residió en la corte ducal de Urbino y más tarde permanece en Roma como embajador en la corte papal, donde entabla amistad con Rafael que pinta su retrato conservado actualmente en el Louvre. En 1516, vuelve nuevamente a Mantua donde contrajo matrimonio con Ippolita Torelli. Al enviudar, en 1520, decide abrazar el estado eclesiástico. En 1524 es enviado por el Papa Clemente VII como Nuncio apostólico en España hasta su muerte. Su nunciatura en España no fue fácil. Tuvo que enfrentarse al Emperador a causa del saqueo de Roma y también se opuso a la publicación del Diálogo de Lactancio y un Arcediano de Alfonso Valdés, el cual contiene una durísima crítica contra la corte papal. A pesar de todo esto, el Emperador le concedió la diócesis de Ávila, para lo cual tuvo que naturalizarse español. Castiglione fue uno de los personajes que mejor encarnaron el tipo del hombre de corte del Renacimiento italiano.

El Cortesano, escrito en forma de diálogos, que recuerdan los de Platón y otros grandes autores clásicos, nos transmite con magistral destreza las discretas y amenas conversaciones sostenidas durante cuatro noches en la corte de Urbino entre personajes distinguidísimos de la época, empezando por la duquesa Isabel, mujer del Duque de Urbino, para dilucidar qué es lo que se necesita para formar un perfecto cortesano, aunque esto, en rigor, es un pretexto, y los asuntos de que se trata son muy variados y con frecuencia interesantes o curiosos. Cada noche se concede la palabra a un orador distinto, y con él discuten los demás asistentes, en tal forma que la reunión parece una sabia academia. Así se nos habla, por ejemplo, de las mujeres palaciegas y de la mujer en general, de los príncipes, y de un elogio que hace allí el famoso Pietro Bembo del amor y de la belleza ideales, reflejo de la divinidad. Pocos libros nos dan, con tanta amenidad y perfecto estilo, idea tan clara de mil pormenores que la historia no suele ni puede recoger, y hay allí retratos, como los de Fernando e Isabel, los Reyes Católicos de España, dignos de ser tenidos en cuenta como dato histórico, lo propio que el juicio acerca del carácter de los españoles y de los franceses. Y como dijo el gran autor italiano: “Lo escrito no es otra cosa sino una forma de hablar que queda después que el hombre ha hablado”.


 

 


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