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LA VOZ CRÍTICA DEL POETA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Nadie podrá desterrarte;
tierra fuiste, tierra fértil,
y serás tierra y más tierra
cuando te entierren.
No desterrado, enterrado
serás tierra, polvo, germen.”
Enrique Díez-Canedo.

El crítico que previamente no sea artista, ni puede, ni sabe discernir en cuestiones estéticas. Empieza por no ser consciente, y por lo mismo, tampoco responsable. Pero ha de entenderse la condición de artista en un sentido amplio, interior, temporalmente, no en el sentido estrecho, de profesión, que suelen darle a los ejecutantes.

Recíprocamente, el artista, si lo es considerable, ha de ser algo crítico. Autocrítico. Poseer raíz de crítica previa. Y antes de hacer, considerar. Si autocrítica –es decir, conciencia- es la realidad primordial del artista, autoridad, en su doble sentido, resulta ser la del crítico.

Enrique Díez-Canedo es, ante todo, poeta. Si ha cristalizado en crítico es porque ello cae dentro del sistema, del sistema sensible. Y como crítico, gozó en nuestro país, fama de rey. De rey de críticos. Un elogio de Canedo suponía una victoria. Algo, importante. Una censura –aun templada con suave cortesía- representaba un fracaso o por lo menos una pifia. Tal crédito, tal marcado prestigio, lo logró Canedo en una larga y constante triple prueba de sagacidad, cultura y vigilancia. Federico de Onís lo supo ver y poner en su sitio, dentro de la tipografía en crisis de la literatura española, cuando escribió inequívocamente: “Su labor en relación con la poesía contemporánea es doble: creadora y crítica. En este último aspecto es la figura capital de toda la época”.

Enrique Díez-Canedo nace en Badajoz el 7 de enero de 1879 y muere exiliado en Cuernavaca, México, el 7 de junio de 1944. Poeta, crítico, ensayista y traductor, fue una de las figuras intelectuales más influyentes de la primera mitad del siglo XX tanto en España como en Hispanoamérica. Fue miembro de la Real Academia Española (1937), profesor de la Escuela central de idiomas y en la de artes y oficios de Madrid., ministro de Uruguay y embajador en Argentina. En poesía empezó dentro de las corrientes modernistas en boga, de las que más tarde se fue distinguiendo por el matiz de intimidad y la pulcritud de forma, para terminar decantándose por la problemática social. Durante la guerra civil dirigió la revista Madrid, colaboró en la revista Hora de España y participó en el Congreso internacional de escritores para la defensa de la cultura celebrado en Valencia en 1937. En 1938 se exilió y continuó su actividad en México.

Canedo se dio a conocer con el poema Oración de los débiles al comenzar el año. Sus primeros libros de poemas Versos de las horas (1906), La visita del sol (1907) son claramente rubenianos. Su intuición crítica y el espíritu alertado hacia lo francés le convierten en un introductor de la nueva poesía francesa que traduce (La nueva poesía francesa, 1913). Más próximo a Juan Ramón Jiménez (a quien dedicará su extenso estudio) es su libro La sombra del ensueño (1910). Sarcástico, próximo al esperpento son Algunos versos (1924) y Epigramas americanos (1928), para muchos su mejor obra. Díez-Canedo favoreció siempre la nueva poesía y reseñó objetivamente los movimientos de vanguardia. Durante el exilio publica su último libro de poemas, El desterrado (1940), que es un volumen brevísimo de poesía honda, “inteligente” y hasta “intelectual”.

De su obra en prosa, reseñemos: Sala de retratos (1920), Conversaciones literarias (1921), compilación de artículos, Los dioses en el Prado (1931), crítica de arte. En México escribió Juan Ramón Jiménez en su obra (1944), y dedicó penetrantes páginas a la literatura hispanoamericana, recogidas en Letras de América (1944). En México, en la editorial de su hijo, Joaquín Díez-Canedo han aparecido reunidos en volumen cientos y cientos de sus artículos, entre ellos, los cuatro volúmenes de sus crónicas dramáticas, El teatro español de 1914 a 1936 (1968), que no sólo ponen en evidencia que Díez-Canedo ha sido el mejor crítico del teatro de su época, sino que constituyen un documento valiosísimo para el conocimiento de la historia del teatro español del siglo XX.

Díez-Canedo no exageró, no alabó más allá de su gusto. Mesurado. Tuvo quizá, como único pero, el quedarse a veces corto teniendo toda la baraja en la mano por miedo de pasarse. Nunca murmuró del mal que le hicieron, ni se vengó con la pluma: por gusto, tacto y decencia. Juzgó sin murmurar, censuró sin hiel, notó sin vituperar. “Un día me recogió Enrique Díez-Canedo -decía León Felipe-, como se recoge a un mendigo y me llevó de la mano a la revista España, donde me presentó a sus amigos y más tarde a los amantes de la poesía de la Península y de Hispanoamérica. Su voz ya tenía crédito y autoridad entre los mejores”. Y continúa León Felipe: “Pero en su mundo y defendiendo los principios de su mundo, fue el hombre más honrado y más valiente que he conocido”.

Amigo de sus amigos, de tertulias, de cafés, de las calles, de las revistas, de los jardines, de los museos, de las redacciones, de todos los teatros. Y si hay librerías de viejo en el otro mundo, allí andará. Imposible no recordar la limpia bondad de este hombre de corazón firme, su callada grandeza, su serena mansedumbre que dio un ejemplo a intelectuales de aquellos que cambiaron la dignidad del hombre por el plato de lentejas. Díez-Canedo no pudo experimentar ni la franciscana ambición de ambicionar poco, porque se sentía colmado de gozosa conformidad, de acuerdo feliz con la vida: le bastaba lo suficiente. “Y como síntesis de todas estas virtudes –un poeta nos dijo-, su condición heroica de hombre de letras que sólo se supeditó, con refinado señorío, a la servidumbre de la pluma”. A la muerte de Díez-Canedo, Enrique González Martínez escribió: “Adiós, amigo fiel e inolvidable, fiel a los tuyos y fiel a tu arte como la hiedra. Que la tierra mexicana te cubra y te bendiga. Que bajo su amparo se estremezcan tus huesos cuando tu España resucite”. Y el poeta malagueño Moreno Villa nos dejó dicho: “Fue jovial, animoso, erudito y poeta, jugó limpio, vivió en impecable lealtad y ponderación, no dejó un solo enemigo”.

El suyo era, según Moreno Villa, “... rostro sin nubes / donde la noche encenderá sus astros / luces que nunca apagará el olvido”. Y Alfonso Reyes, nos dejó dicho: “Era uno de los hombres más sabios y más buenos de nuestra época... Nunca reclamó lo mucho que todos le debíamos...”. “En Moguer, 1908 –nos contaba Juan Ramón Jiménez-, al frente de una Elejías puras y de su vida en Madrid, escribí esta segura dedicatoria: “A Enrique Díez-Canedo, poeta sin mancha”. Hoy treinta y seis años después, yo en Washington, al frente de su muerte en Méjico puedo escribir con orgullo y amor un epitafio: “Enrique Díez-Canedo, poeta y amigo sin mancha”. Y como nos dijo, su gran amigo el poeta malagueño Emilio Prados: “Laurel real: / Mientras que tú, ya tierra en tu destierro, / un árbol dejas libre del olvido: / laurel real, / allá en España, un eco desolado / crece junto a la mar, laurel de sangre”.

 



 








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