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LA VOZ DE LA VISIÓN DANTESCA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Y no existiendo en mí fin ni mudanza
nada me precedió sino Dios mismo.
Los que entrasteis perded toda esperanza.”
Dante Alighieri.

De Dante, una de las más importantes figura de la literatura universal, ha escrito el excelente crítico y erudito profesor inglés Edmund Gardner que no sólo es “el supremo poeta de la nación italiana, sino tal vez la mayor figura surgida en la literatura mundial”. Y añade luego: “Dante Alighieri es el símbolo de aquella esencial e inquebrantable continuidad entre la Roma clásica y la Italia moderna. Es él, hasta cierto punto, el intérprete de su pasado y el profeta de su futuro. No es sólo su más alto poeta, sino el héroe nacional de Italia. Hombre de acción, tanto como de pensamiento, luchó en medio de torbellino de la política de su tiempo para llevar lo que constituía su sueño desde la esfera de las ideas a la de los hechos; primero, el sueño de la ciudad-estado, por el cual tan virilmente peleó dentro de las murallas de Florencia, “la más bella y más famosa hija de Roma”, y luego, cuando, en 1302, salió para el destierro bajo la amenaza de una pena de muerte, si regresaba, y sus ojos se abrieron ante un horizonte político más vasto, aquel otro sueño de una restaurada unidad de civilización en un renovado imperio romano, sueño de paz y de libertad para todos los hombres, en el cual Italia había de representar el papel de directora. Por ello ha podido decirse que Dante murió entonces para Florencia, y resucitó convertido en un ciudadano de Italia”.

Dante Alighieri nació en Florencia el 14 de mayo de 1265 y falleció en Rávena el 14 de septiembre de 1321. De familia güelfa; muy pronto intervino en la política de su ciudad natal. En 1300 fue uno de los priores de la ciudad; pero en 1302 fue condenado al destierro por orden de Corso Donati y luego fue condenado a muerte en rebeldía. Viajó por toda Italia, estableciendo su residencia en Verona y finalmente en Rávena, hasta su muerte.

Habla el mismo Dante en su Divina Comedia (Purgatorio) del “dolce stil nuovo”, porque ese estilo en la poesía era distinto del usado hasta entonces por los poetas cultos, que tendían a la imitación provenzal. El primer gran maestro de esta escuela poética, llevada después a la perfección por Petrarca, fue Dante, en sus poesías de la Vita Nuova, obra en que se mezclan la prosa y el verso o, mejor dicho, en la que la prosa no es más que un pretexto para ir presentando por orden cronológico una serie de composiciones que cuentan la historia del amor que le inspiró Beatriz, aquella Beatriz que tanto se ha discutido si fue símbolo o mujer real: la hija del caballero de Florencia Folco Portinari. Al fin, parece haberse inclinado la opinión general a que fue una realidad, idealizada por Dante, y que verdaderamente se trataba de Beatriz Portinari, a quien el poeta conoció y amó desde niño, la cual, después de casarse, no con él, sino con un noble florentino, murió en 1291, a los veinticuatro años de edad.

Ni todas las composiciones de la Vita Nuova son del “stil nuovo” ni en aquella obra figuran todas las poesías líricas de Dante. Varias fueron excluidas por aludir a otra mujer (Pietra), amada menos espiritualmente, y diversas canciones estaban destinadas a formar parte de la obra el Convivio.

En los comienzos de su destierro empezó a escribir Dante dos obras en prosa que dejó sin acabar: De vulgari eloquentia (por los años de 1304) y el Convivio (alrededor del año 1307). Trata la primera de la lengua italiana y del arte de la poesía y la segunda es hija del propósito de poner al alcance de todos la filosofía escolástica. Con tales trabajos mezclaba otros escritos en latín, como el tratado acerca de Monarchia (hacia el año 1313), y ya cerca del final de su vida, dos poemas pastoriles.

Nada se sabe con toda seguridad acerca del año en que comenzó a escribir La Divina Comedia, poema alegórico del que mismo autor dijo que “el asunto de toda la obra, ateniéndose solamente a la letra, es el estado de las almas después de la muerte; pero tomando aquella letra en sentido alegórico, el asunto es el hombre, que por su libre albedrío, va con sus méritos o sus deméritos a presentarse frente a la Justicia, para recibir la recompensa o el castigo”. La Divina Comedia, considerada una de las obras cumbre de la literatura universal, está compuesta por cien cantos escritos en tercetos endecasílabos y se divide en tres partes: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. El poema, con una estructura perfectamente calculada en función del número tres, símbolo de la Santísima Trinidad, nos relata el viaje imaginario que el poeta, a la edad de treinta y cinco años, realiza a los reinos de ultratumba, acompañado por Virgilio en su recorrido por el Infierno y el Purgatorio, y por Beatriz en el del Paraíso, aunque en los últimos cantos le acompaña san Bernardo.

En Dante se hace todo cuestión personal. Por eso su afirmación dramática toma acento predominantemente lírico, haciendo una epopeya del misterio humano del alma: o sea, de aquello que es exclusivamente personal de todos y cada uno de nosotros. Por eso es el mayor poeta, el más excepcional y único. Es, como si dijéramos, el santo de los santos de la poesía. Mostrándonos esa triple fisonomía de su personalidad humana, inseparable de su personalidad poética: la de solitario, soñador y desterrado eterno.

¿Cómo se nos manifiesta la visión dantesca? Desde luego por la poesía, por su propia poesía. Todo el Infierno de Dante, tan poblado de numerosísimos habitantes, se nos manifiesta con plenitud de mal o de males. Y ese inmenso conjunto de visibles o invisibles figuraciones podemos decir que nos llena, efectivamente, de espanto y de horror, o de espantos y horrores. Si de una manera material el Infierno de Dante pudiera visitarse como otro de los tantísimos lugares de turismo artístico en Italia, seguramente el número de turistas curiosos, sería muchísimo mayor en él que si pudiesen visitarse del mismo modo los otros lugares del poema: el Purgatorio y el Paraíso.

La voz humana del poeta del “dolce stil novo” se hace voz divina, en la Divina Comedia. La voz del solitario, desterrado, soñador, creador de la visión dantesca nos deja un mensaje de amor, de piedad, de esperanza. Y como dijo mayor de los poetas: “Soy yo quien me hablo a mí y ante la bella / membranza de Beatriz, todo destella / y lo entiende mi mente iluminada”.

 

 


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