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  Guías culturales

LA VOZ DE UN DESTERRADO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¡Ay, dulce y cara España,
madrastra de tus hijos verdaderos!”
Lope de Vega.

 

La figura de Isla tiene indudable atractivos; es conocida su profunda vocación religiosa, la abnegación con que gravemente enfermo, siguió a sus hermanos de Orden al destierro, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de España en 1767; la paciencia con que soportó, tras veinte días de navegación en el San Juan Nepomuceno, ver que en Civatavecchia no eran aceptados por las autoridades romanas y tenían que permanecer en los barcos, durante meses, costeando Italia y Córcega, hasta ser al fin desembarcados en los presidios corsos -el P. Isla en el de Calvi-; la generosidad con que emprende la tarea de traducir el Gil Blas, de Lesage, para socorrer con sus beneficios a un caballero necesitado que le pide ayuda ya que él no tiene ningún dinero. Tal era el hombre. Ni la dolorosa salida le hizo menguar en su profundo amor a España.

José Francisco de Isla nace en Vidanes, provincia de León, el 24 de abril de 1903. Ingresa en la Compañía de Jesús y estudia en Salamanca. Ordenado sacerdote, enseña Filosofía en Segovia, Santiago y Pamplona. Se ve envuelto en varios procesos y equivocadas acusaciones, con intervención del Tribunal de la Inquisición. El benemérito Padre Isla muere en Bolonia el 2 de noviembre de 1781.

El éxito de su obra Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, magnífica sátira literaria contra los predicadores enfáticos y cultistas de la época, publicada en 1758, fue aún mayor que lo esperado: desde la venta de los primeros 1.500 ejemplares en tres días hasta el desenfreno de comentarios, cartas, elogios y denuestos. Poco a poco, sin embargo, se fue nublando el cielo, y la tormenta no se hizo esperar: la Inquisición prohibió la reimpresión del tomo I (después haría lo mismo con el II), y en mayo de 1760 prohibió la obra. “Dios tenga en descanso al pobre Fray Gerundio -escribe su autor a su hermana-. Condenóle el tribunal, y se publica la sentencia el día 10 del corriente. Ella le declara reo de todos los delitos que puede cometer un libro, salvo los que tocan inmediata y directamente a la fe y a la religión”. La ignorancia y la pedantería de muchos predicadores, cuyo estilo era una degeneración acusada de barroco, es fustigada mordazmente por el escritor jesuita. En el libro se mezclan desordenadamente la narración novelesca –sobre la vida del ridículo fraile- y el tratado didáctico sobre lo que debe ser la buena oratoria sagrada; esta última domina sobremanera a lo largo de la obra.

El resto de su producción literaria es copioso, aunque no alcanza el interés de la novela anterior. Tradujo varias obras foráneas: El héroe español. Historia del emperador Teodosio, de Fléchier, Compendio de historia de España, de Dúchesne, Cartas, de Constantini, Arte de encomendarse a Dios, de Bellati, y la obra de Lesage Gil Blas de Santillana con el título Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a España y adoptadas por Monsieur Lesage , restituidas a su patria y a su lengua nativa por un español zeloso que no sufre se burlen de su nación (1787-1788) –publicada con el pseudónimo Joaquín Federico Issalpas-. En colaboración con el padre Losada y con motivo de la canonización de Luis Gonzaga y de Estanislao de Kotska escribió La juventud triunfante (1727). De carácter satírico son las Cartas de Juan de la Encina (1732) y Triunfo del amor y la lealtad. Día grande de Navarra (1746). Tienen gran interés sus Sermones (1792), que acreditan que, si era capaz de censurar a los malos educadores, se hallaba en condiciones de darles ejemplo. En las Cartas de Juan del Encina aspiró a hacer con los malos médicos lo que en Fray Gerundio había llevado a cabo contra los predicadores vacíos, pero no logró el mismo éxito.

La simpatía de Leandro Fernández de Moratín por el P. Isla es muy viva y recuerda que el tribunal de la Inquisición “haciéndose del partido de los necios, de los pedantes, de los desatinados oradores que tenían convertido el púlpito en un tablado de arlequines, prohibió la Historia de Fray Gerundio, porque en ella se censuraban escandalosos disparates”.

En el contexto de la época, la oratoria sagrada está viciada de afrancesamiento y excesivo culteranismo, rayano en bufonada y ridículos juegos de palabras. Fray Gerundio, pleno de un fino humor y donaire, no excepto de picaresca con toda esa oratoria, como otrora Cervantes y su Quijote hicieron con la novela de caballerías.

“Pero el tribunal que había prohibido la Historia de Fray Gerundio -continúa Moratín-, no sólo era sabio, era infalible; y toda corporación o individuo que logra esta inestimable preeminencia jamás revoca lo que una vez decidió. Se leían, se celebraban en silencio los instructivos disparates del predicador de Campazas; pero existía el implacable anatema que los calificó de malsonantes y sólo en España no era lícito imprimir una obra que tanto honraba a la española literatura”.


 


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