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  Guías culturales

LA VOZ DEL PRIMER DRAMATURGO AMERICANO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“En el hombre nos ha de ver
la hermosura o gentileza;
su hermosura es la nobleza,
su gentileza el saber.”
Juran Ruiz de Alarcón.

En Ruiz de Alarcón no sólo saludamos al primer dramaturgo en el orden cronológico, sino al mayor que ha producido América en todos los tiempos, y a una de las seis grandes figuras de nuestro teatro del Siglo de Oro. No puede, es cierto, considerársele como auténtico creador de la comedia moral, pero si como su más eximio representante. El núcleo fundamental de su teatro está constituido por un grupo de obras en la que, de una u otra manera se flagela el vicio y se enaltece o premia la virtud. El teatro de Alarcón es esencialmente un teatro de ideas.

Juan de Ruiz de Alarcón y Mendoza nace en Real de Minas de Txaco (Estado de Guerrero) hacia 1581. Estudia Artes y prepara bachillerato en Cánones. En agosto de 1600, el dramaturgo mexicano llega por primera vez a España y se gradúa de bachiller por Salamanca. Seis años más tarde ejerce la abogacía en Sevilla, donde conoció a Cervantes y se hizo notar como versificador. En 1608 vuelve a México donde permanece hasta el 1615, en que regresa a España. Ya en Madrid y establecido en la Corte, entra de lleno en la vida literaria. La popularidad y fama de que gozaban Lope de Vega y Tirso de Molina debieron estimularle en sus aficiones dramáticas, y escribió hasta veintiséis comedias, que fueron muy representadas y se imprimieron en dos volúmenes en 1628 y 1643. Los compañeros de pluma basándose en sus defectos físicos, le zahieren con las más acres censuras. Algunos de los estrenos de Ruiz de Alarcón fueron “reventados” por sus rivales; especial relevancia tuvo el suceso acaecido con motivo del estreno de su obra El Anticristo, que hubo de suspenderse durante la representación. Obtiene la plaza de relator interino del Consejo de Indias (1626) del que pasa a titular siete años después. Al final de su vida disfrutó de una posición desahogada. Tuvo de doña Angela Cervantes, una hija natural, Lorenza de Alarcón, a la que nombra heredera universal de todos sus bienes.

Juan de Ruiz Alarcón fallece en Madrid, el 4 de agosto de 1639, y fue enterrado en la iglesia de San Sebastián. Pellicer se limitó a consignar en sus Avisos históricos: “Murió don Juan de Alarcón, poeta famoso, así por sus comedias como por sus corcovas”.

Lo mejor del teatro de Alarcón hay que buscarlo en la comedia moralizadora. La comedia de Alarcón es escuela de vida y lección de moral. En Los pechos privilegiados se plantea el conflicto entre el amor a una mujer y la lealtad al monarca. Sobre un episodio de suplantación de personalidad compuso La crueldad por el honor. Las mas notables prendas morales se ponen de manifiesto en Ganar amigos, una de las comedias mejores de Ruiz de Alarcón, admirablemente versificada. De verdadero drama romántico, lleno de movimiento, pasión y vida, podemos clasificar las dos partes de El tejedor de Segovia. Quien mal anda mal acaba dramatiza una de tantas leyendas del pacto diabólico para obtener el amor de una mujer. Los peligros de la maledicencia se ponen de manifiesto en Las paredes oyen, una de las más interesantes comedias de Alarcón. Fusión de comedia carácter y de enredo es Mudarse para mejorarse. Su comedia más celebrada y una de las obras cimeras de nuestro teatro es La verdad sospechosa, en la que el autor abandona el campo trillado de la escena española, atenta más a la intriga que a los caracteres y crea una nueva modalidad, encaminada al arte docente. De su éxito es testimonio elocuente la imitación de Corneille. En nada desmerecen de las anteriores otras comedias de Alarcón, tales como, Los favores del mundo, Las pruebas de las promesas, El examen de los mundos, El dueño de las estrellas, La amistad castigada, No hay mal que por bien no venga y La cueva de Salamanca.

En Alarcón, pues tenemos un dramaturgo de excepcional valía, único en su clase; influido como no podía menos de estarlo en algunos aspectos, por el genio avasallador de Lope de Vega, pero original y personalísimo en las cosas sustanciales. Con él, América entra por derecho propio y de la manera más digna en el gran teatro español como en la lírica con sor Juana Inés de la Cruz, en la mística con la madre Castillo y en la historia con el Inca Garcilaso, en puesto de honor. Y como dijo el poeta: “Jóvenes, viven todavía. / Tienen casi quinientos años”.

 



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