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LA VOZ DE AQUEL DULCE PORTENTO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Aquel dulce portento,
doña Laurencia de Zurita, ilustre
admiración del mundo,
ingenio tan profundo
que la fama, la suya, para lustre
de sí misma la pide,
escribió sacros himnos
en versos tan divinos...”
Lope de Vega.

 

Lope de Vega, en la Silva primera del Laurel del Apolo, escribe lo siguiente: “... Laurencia se llamaba. / Con tanta erudición la profesaba / añadiendo a su ingenio la hermosura / de la virtud, que eternamente dura. / Tomás Gracián que fue su digno esposo, / de las cifras de Apolo secretario / como del gran Felipe, / yace también en inmortal reposo”.

Laurencia de Zurita, admiración del mundo, era natural de Madrid, esposa del secretario Tomás Gracián Dantisco. Escribió epístolas y versos latinos, dándose además de conocer por la perfección del carácter de su letra y por la habilidad en la música de canto y arpa, en la cual se acompañaba cantando los versos de Homero, Ovidio y Virgilio y los salmos de David. Se trata pues, de una auténtica fémina renacentista, como las hermanas Sigea, como Oliva Sabuco de Nantes, como la Latina. Nació hacia la mitad del XVI, muriendo el 28 de octubre de 1603 en Valladolid, enterrándosela en el Monasterio de Aniago, a pocos kilómetros de la ciudad del Pisuerga.

De Tomás Gracián, “su digno esposo”, escribe nuestro gran don Miguel de Cervantes, en el canto de la ninfa Calíope, de La Galatea, incluyendo al personaje que nos ocupa, en el grupo de ingenios aragoneses, del “sacro Ibero”: “El sacro Ibero de dorado acanto, / de siempre verde yedra y blanca oliva...”, y omitiéndolo -sin duda por desconocer su origen- del grupo vallisoletano, pues Tomás Gracián nació en la ciudad del Pisuerga: “Por la curiosidad y entendimiento / de Tomás de Gracián, dadme licencia / que yo le escoja en este valle asiento / igual a su virtud, valor y ciencia”.

Cuando Cervantes escribe, todavía vive el personaje; no así cuando lo hace Lope: “Yace también en inmortal reposo”, dice éste, y el también se refiere a Felipe II, a cuyo servicio, como secretario de lenguas y cifra, estuvo don Tomás.

Viudo don Tomás de doña Laurencia, “aquel dulce portento”, el secretario de lenguas y cifra del rey, muy poco después del óbito de ella, contrae matrimonio con Isabel Berruguete, hija nada menos que del famoso Alonso Berruguete, y ello ocurrió también en Valladolid, pues el 30 de mayo de 1605 es bautizado, en la parroquia de San Lorenzo de la capital castellana, un niño.

El “heroico padre” -a que alude Lope en los versos del Laurel de Apolo- de don Tomás, fue don Diego Gracián de Alderete, hombre famoso en su tiempo: humanista, armado caballero de la cofradía vallisoletana de don Peranzules (don Pedro Ansúrez, fundador de la ciudad del Pisuerga) nada menos que por Carlos V. Casado con una señora de doce años de edad polaca, doña Juana Dantisco, tuvo, según se asegura, veinte hijos: de ellos fueron famosos Lucas, Jerónimo y el referido Tomás, todos vallisoletanos.

Lucas Gracián fue autor del Galateo Español, destierro de ignorancias, cuaternario de avisos, especie de libro de viajes y que gozó de muchísima popularidad.

Jerónimo, fraile carmelita, fue confesor en Bruselas de la Archiduquesa Isabel, y también parece ser, de Santa Teresa. Y autor de un famoso libro: Dilucidario de verdadero espíritu, en que se declara la doctrina de la santa Madre Teresa de Jesús, obra que se imprimió por lo menos dos veces.

Es interesante no olvidar que en la tradición familiar del espíritu de la época, el padre de ellos, don Diego Gracián de Alderete, escribió numerosos libros, de ellos algunos famosos en su tiempo, impresos en prensas salmantinas y que llevan títulos como De la caza y montería, Obras morales de Plutarco, De la enseñanza del Príncipe, La historia de Tucídedes, Espejo de la conciencia, La conquista de Africa en Berbería.

¿Y los sacros himnos de doña Laurencia? ¿Dónde se encuentra esos versos tan divinos, a que alude el panegirista indómito Lope de Vega? Nada sabemos de ellos, pero no perdemos la esperanza de poder leer algún día los versos tan divinos de aquel dulce portento.


 

 

 

 


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