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  Guías culturales

LA VOZ DE UN ESCRITOR DE PRIMERA FILA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“El valor del hombre equivale a su autoestima.”
Françoise Rabelais.


Rabelais fue un erudito apasionado por el griego que dio muestra de un conocimiento enciclopédico, un talante jovial desmesurado y abierto al gozo de la vida y un estilo de exuberancia verbal sin retórica ni preocupaciones estéticas, entusiasta, fantástico y pleno de un naturalismo jovial que convierte a Gargantúa y Pantagruel en una de las obras más geniales de la literatura de todos los tiempos. Particular interés tienen sus ideas acerca de la reforma de la educación, que debía según él, estar basada en el conocimiento de la cultura griega, latina, musulmana y hebrea, en la naturaleza, en la ciencia, en la tolerancia y en la alegría de vivir.

Se cree que Francisco Rabelais nació en La Divinière en 1494, en la finca de su padre, abogado en Chinon, y que murió en París, el 9 d e abril de 1553, sin que acerca de lo primero, y aun de lo segundo, exista completa seguridad y, por lo tanto, unanimidad de pareceres. Siendo fraile franciscano, estudió literatura clásica y francesa, ciencias e idiomas, entre ellos el griego, cuyo aprendizaje prohibió en 1523 la Sorbona por temor a la extensión del eramismo. Buscando un clima más tolerante, consiguió pasar en 1524 a la orden benedictina, recorriendo diversas ciudades, tales como, Burdeos, Tolosa, Orleans, París. En 1525 se secularizó y continuó los viajes. En 1530 estudió medicina en Montpellier y posteriormente la ejerció en Lyon. Allí publicó con el seudónimo de “Alcofibras Nasier”, anagrama de su nombre, Los horribles y espantosos hechos y proezas del muy renombrado Pantagruel, rey de los dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa (1532). Alcanzó gran fama como médico. Ello le valió la protección del cardenal Du Bellay, que lo llevó consigo a Roma en sucesiva ocasiones desde 1534. El éxito que alcanzó con su anterior obra le animó a escribir, La inestimable vida del gran Gargantúa, padre de Pantagruel (1534). Censurada sus obras por la facultad de filosofía de la Sorbona, Rabelais tuvo que apoyarse en diversos protectores, abandonando ocasionalmente Francia, por Roma, Piamonte o Metz, donde continuó con la práctica de la medicina (se había doctorado en 1537), pero siguió publicando nuevos volúmenes de lo que, en conjunto, se conoce como Gargantúa y Pantagruel: Tercer libro de los hechos y dichos heroicos del buen Pantagruel (1546), un Cuarto libro... (1548-1552) y La isla sonante, publicada póstumamente e incluida en un Quinto libro... (1564) no atribuido al autor, que pasaría sus últimos días de párroco de Meudon. En estas narraciones de la vida y aventuras de tres generaciones de gigantes, realizó una aguda crítica de las debilidades humanas, incluyendo en ella a papas, emperadores, políticos, órdenes monásticas y la misma universidad de París. En el primer libro aprovecha para criticar los métodos de educación y la guerra. El libro termina con la descripción de Thélème, cuyo lema es “haz lo que quieras”, frase que resume la filosofía de Rabelais, cercana al concepto de disfrute de la vida, propio del Renacimiento. En los dos últimos libros desaparece la historia de los gigantes y destaca, por el contrario el personaje de Panurge, amigo de Pantagruel, cuya astucia recuerda a Patelín o al Roman de la Rose. Panurge recorre el mundo en busca del Oráculo de la Diosa Botella. Cuando la encuentra, ésta le dice: “Bebed”, frase que se interpreta como el ansia de conocimiento propio del humanista. Entre su producción menos conocida destacan algunos libros de erudición, como la traducción de los Aforismos, de Hipócrates (1532), un Almanaque para 1533 y la Pronosticación pantagruelina (1534).

Es éste uno de los autores que no se juzgan fácil. Voltaire le llamó bufón genial, porque se puede ser genial y no tener el sentimiento del propio decoro, del cual precisamente suelen carecer los bufones, y con ello contribuyen a suscitar la risa. Algunos hacen del libro de Rabelais “su único libro”, el que hay que leer constantemente para sacarle todo el meollo que contiene.

Dejemos a ciertos eruditos que se hundan en “aquella enciclopedia de toda la ciencia, la locura, la audacia y la obscenidad de tales tiempos” para limitarnos a decir que Rabelais se sirvió de esta última y de las más descabelladas ficciones para ir demostrando su saber, su erudición, para ir filtrando ideas de reforma religiosa y de todas las clases, al paso que llamaba la atención de todos, realizando el negocio de que sus libros se vendieron enormemente, mejor que los de ningún otro autor.

Prescindiendo de lo que digan ciertos admiradores excesivos: de aquella historia de gigantes tan descomunal como ellos y llenas de alusiones satíricas a personajes de la época y digresiones filosóficas más o menos abstrusas; de aquel “très horrifique” y “grand” Gargantúa, padre del “heroico” y “buen” Pantagruel, en lo que todos están conformes es que lo que, principalmente, ha quedado, es el mismo Rabelais: un escritor de los de primera fila, aunque no un tan gran genio excepcional, uno de los creadores de la lengua francesa, sean los que fueren los defectos y buenas cualidades que tenga. Y como dijo el gran humanista francés: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.





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