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LA VOZ DEL ESPÍRITU DE LAS LEYES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“La libertad es el derecho a hacer los que las leyes permiten;
y si un ciudadano pudiera hacer lo que prohíben,
ya no habría libertad, porque los otros tendrían ese mismo poder.”
Montesquieu.

 

Montesquieu, perteneciente a la nobleza francesa, es el tipo más curioso y enigmático de escritor que puede imaginarse. Magistrado, presidente del Parlamento de Burdeos en 1716, escribía trabajos históricos y políticos para leerlos en una academia de la que formaba parte, cuando de pronto, en 1721, aparecen impresas en Holanda unas Cartas persas suyas, sin nombre de autor, el cual declara en el prólogo que no quiere ser conocido, y que si llegara a serlo se callaría en lo futuro, pues si el público sabía quién era, no dejaría de decirle que un hombre grave como él debiera emplear su tiempo en algo mejor y más digno. No se le ocultó que aquellas fingidas Cartas persas escritas con gran libertad e ingenio, eran, aparte de un libro de crítica filosófica y social que adoptaba amena forma literaria, ligera y satírica, también una obra licenciosa. Como tantas otras veces en la historia literaria, el escándalo momentáneo se convirtió en sólida fama, sostenida por un buen número de ediciones, y a los seis años la misma Academia Francesa admitía en su seno a aquel escritor que tan bien pintaba los defectos y ridiculeces de la sociedad europea, y, sobre todo, de Francia. Ni Luis XIV escapa a sus observaciones llenas de esprit ni a sus sátiras despiadadas.

El ilustrado Charles-Louis de Secondat, barón de la Bréde y de Montesquieu, nació en el castillo de la Bréde, cerca de Burdeos, el 16 de enero de 1689 y falleció en París el 10 de febrero de 1755. Perteneciente a una familia de la nobleza de toga, estudió jurisprudencia en Burdeos y París. Tras la muerte de sus padre, en 1713, vivió con su tío el barón de Montesquie, del que heredó en 1716, su fortuna, el cargo del Parlamento de Guyena (antiguamente Aquitania, provincia francesa cuya capital es Burdeos), así como su título de barón de Montesquieu. En 1715 contrae matrimonio con Jeanne Lartigue. Se interesó por las ciencias experimentales y publicó algunas obras sobre Derecho y Filosofía (Disertación sobre la política de los romanos en la religión (1716), tratado De la monarquía universal en Europa (1724), donde esboza un estudio sobre la Constitución francesa). Pero su primer gran éxito lo obtuvo con Las cartas persas (1721), publicada anónimamente en Ámsterdam. En 1727 fue elegido miembro de la Academia Francesa. Entre 1728 y 1731 viaja por Europa; en Inglaterra descubrió una Constitución cuyo modelo deseó trasladar a Francia Al volver a su país se encerró en su castillo de la Brède, trabajando en lo que sería su gran obra. En 1734 publicó Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y su decadencia, obra en la que estudió el genio político de Roma, pero no se limitó a narrar los hechos, sino que los enmarcó en las leyes de la historia, y por fin en 1748 apareció en Ginebra su obra fundamental, de carácter jurídico y filosófico y una de las cumbres del pensamiento humano, El espíritu de las leyes. Diversas críticas le hicieron volver sobre el tema en 1750, con su Defensa del Espíritu de las leyes. Escribió también el Ensayo sobre el gusto (1757). A su muerte dejó algunas obras sin publicar, entre ellas Cuadernos, en la que habla de sí mismo.

Su obra El espíritu de las leyes es una especie de filosofía de la historia de las instituciones sociales, políticas y civiles: una serie de estudios en que se habla de todos los tiempos y de todos los países. “No escribo para censurar lo que está establecido en cualquier país. Cada nación encontrará aquí las razones de sus máximas”, dice con mayor o menor exactitud. Sin embargo, de él ha dicho un historiador literario, Demogeot, que es a la vez el Voltaire y el Rousseau de la Revolución, un Voltaire tímido y un Rousseau jurisconsulto e historiador, hasta el punto de obligarle a publicar una Defensa del Espíritu de las leyes.

Montesquie expuso claramente las ideas de El espíritu de las leyes, obra en la que trabajó catorce años y que publicó en 31 libros. En los primeros libros habla de la naturaleza del gobierno y sus principios (República, Monarquía y Despotismo); de la influencia del clima en las leyes; de la separación de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial); de las relaciones entre las leyes y la religión, a la que considera un fenómeno sociológico. En los últimos pasa revista al Derecho a través de los tiempos y las diversas civilizaciones. Las mayores críticas las provocó su idea de una ley válida en todos los tiempos y para todos los países. Su aportación máxima es su idea de la ley como algo inherente al hombre que vive en sociedad.

Montesquieu sentó las bases de la moderna teoría del Estado al propugnar la soberanía popular, los derechos del hombre y la necesidad de constituciones escritas. Y como dijo nuestro pensador político: “Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”.




 


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