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LA VOZ DEL ESPÍRITU RENACENTISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Fúlgida rueda susurrante el agua
del rudo seno de peñón altivo
a regar en corriente sosegada
el valle melancólico y sombrío.
Forma ancho estanque do las Ninfas bellas
bañan tal vez sus cuerpos peregrinos,
cuando la Aurora en su carroza esplende
o cuando el cielo cubre manto umbrío.”
Luisa Sigea.

 

El nombre de esta poetisa fue conocido en toda la Europa culta de su tiempo como el de uno de los espíritus en quienes habíanse plasmado los conocimientos del Renacimiento. La carta que dirigió al papa Paulo III, en 1546, y que estaba redactada en latín, griego, hebreo, árabe y siriaco, dio a esta conquense la aureola de un Pico de Mirandola, y sus composiciones poéticas la situaron entre los poetas latinos más elegantes. De ellas se difundíó muy principalmente el poema “Syntra”, del cual existe una versión castellana fidelísima, debida a Menéndez y Pelayo. También se conserva el opúsculo Dialogus de differentia vitae rusticae et urbanae y Colloquium havitum apud villam inter Flamminia Romanan et Blesillam Senemsem, así como, un epistolario y varios poemas.

Luisa Sigea de Velasco nació en Tarancón, provincia de Cuenca, hacia el año 1530, era hija del erudito francés Diego Sigeo y hermana de Angela Sigea, famosa también por su erudición y talentos musicales. En 1542, fue nombrado Diego Sigeo preceptor del duque de Braganza, por lo cual se trasladó a Lisboa con su familia, y así entró Luisa al servicio de la infanta doña María, hija del rey don Manuel y de la reina Leonor, que quería hacer de la corte portuguesa un remedo de las cortes italianas, y para ello procuró rodearse de damas eruditas como las dos hermanas Sigea, Paula Vicente, hija del poeta Gil Vicente, y Juana Vaz que se dedicaba al estudio de humanidades. Hasta 1555 residió Luisa Sigea en el palacio de la infanta. En ese año, en Torres Novas, nuevo domicilio de la casa paterna, contrajo matrimonio con un noble burgalés llamado Francisco de Cuevas, del cual tuvo una hija, llamada Juana.

Residió en Burgos y posteriormente en Valladolid. Luisa Sigea conoció las amarguras de la pobreza y del abandono. En vano se dirigió a Felipe II, esperando que éste compensara sus servicios cerca de la Infanta y la difunta reina de Hungría. Cuando murió, el 13 de octubre de 1560, en Burgos, pudo decir el secretario Tomás Gracián Dantisco, que había “muerto de sentimiento”.

Dominaba las lenguas latina, griega, hebrea y caldea. Su fama era tan crecida, que le valió incluso la consagración de la calumnia: un libelo obsceno publicado en Holanda, que intentó difamarla en unión de Luis Vives. Ello no empañó en nada su buen nombre, y éste la atrajo mayores encomios de sus contemporáneos más ilustres. Inspirándose en la vida de Luisa Sigea nuestra escritora romántica Carolina Coronado escribió La Sigea. Y Pedro Ibañez le dedicó una elegía que dice así: “Yaze aquí la clarísima Sigea, / en rara perfección sin par juzgada / en cuanto ciñe el mar, y el sol rodea, / por muerte antes de tiempo arrebatada”.


 

 

 

 


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