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LA VOZ EXALTADA DEL ROMANTICISMO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Yo soy la flor de Sevilla
y en Jerez donde nací,
me llaman su maravilla
y aquí, en Granada, la hurí.”
Gregorio Romero Larrañaga.

La lírica de Romero evoluciona desde el romanticismo tremebundo hacia una poesía mucho más íntima y emotiva, hacia “un idealismo melancólico y apacible”, según el comentario del poeta sevillano Gabriel García Tassara.

Gregorio Romero Larrañaga nació en Madrid el 12 de marzo de 1814. Estudió en el Colegio Imperial de San Isidro y luego Leyes en Alcalá, pero se dedicó por entero a la literatura. Andando el tiempo obtuvo un puesto en la Biblioteca Nacional de Madrid y tras un traslado de cinco años a Barcelona como archivero-bibliotecario, regresó a su antiguo puesto de Madrid, donde murió en noviembre de 1872.

Participó desde muy joven en las reuniones del Parnasillo y con todos sus componentes se incorporó al Liceo, a cuya vida estuvo estrechamente ligado. A mediados de 1836 comenzó a colaborar en el Semanario Pintoresco Español con varios poemas del más “explosivo romanticismo”, fúnebre y tremendista: Aventura nocturna, La noche de tempestad, A un alguacil muerto de perlesía, y un cuento romántico en verso titulado, El Sayòn, que fue muy elogiado por sus colegas de promoción. A la misma época pertenecen dos composiciones, El de la cruz colorada y Alcalá de Henares. El de la cruz colorada se parece mucho a la Oriental, de Zorrilla, aunque Romero varía las circunstancias: no es el moro quien enumera las bellezas de Granada, sino la cautiva a cambio de la libertad de su cristiano, “el de la cruz colorada”. Conmovido el moro, deja libres a los dos, que se alejan en su mismo caballo. “Pero, ¡ay! que fuera Granada / más hermosa y celebrada / cantándola mi cristiano / el de la cruz colorada”.

En 1841 reunió Romero en un volumen de Poesías muchas de sus composiciones dispersas por revistas y periódicos. Casi a la vez publicó una colección de Cuentos históricos, leyendas antiguas y tradiciones populares, que fue también muy elogiada por la crítica; y en 1843, un pequeño volumen de Historias caballerescas españolas, con tres leyendas.

Escribió también Romero una novela, La enferma del corazón, y en su última época de producción publicó en La América varios relatos en prosa – Un misterio en cada flor, Recuerdos poéticos y La ofrenda de los muertos- que Varela califica de “verdaderamente dignos y finos”, de un romanticismo soñador y sentimental.

Cultivó Romero con gran tenacidad el teatro. Su primer drama, Doña Jimena de Ordóñez, no consiguió ser representado. Con Felipe el Hermoso, estrenado en marzo de 1845 y escrito en colaboración con Eusebio Asquerino, obtuvo Romero su primer éxito teatral; éxito que se repitió con Juan Bravo, también a medias con Asquerino. Con Eduardo Asquerino esta vez –no con Eusebio- estrenó en 1847 El gabán del rey, centrado en la conocida anécdota de la venta del gabán por Enrique III para poder cenar. En estas tres últimas obras se multiplican las alusiones a la perfidia de los nobles y las llamadas a la libertad, al honor y al pueblo –fácilmente relacionables con circunstancias políticas contemporáneas-, que le dieron a Romero renombre de “avanzado” y que quizá no fueron ajenas al éxito de las obras ni tampoco a los juicios desfavorables de que le hizo objeto el padre Blanco García.


 

 






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