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LA VOZ DEL FILÓSOFO DE LA INTUICIÓN


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“La libertad es un hecho, y entre los hechos
que observamos, no hay ninguno que sea más claro.”
Henri Bergson.

 

El escritor y filósofo francés Henry Bergson, llamado “el filósofo de la intuición”, representa en filosofía una especie de panvitalismo en el que la vida se considera un ser real. Según él, la solución de los principales problemas metafísicos hay que buscarla en el análisis de los problemas de la conciencia por medio de la intuición. Don Antonio Machado en uno de sus famosos poemas nos dijo: “Enrique Bergson: Los datos /inmediatos / de la conciencia.¿Esto es / otro embeleco francés? / Este Bergson es un tuno; / ¿verdad, maestro Unamuno? / Bergson no da como aquel / Inmanuel / el volatín inmortal; / este endiablado judío / ha hallado el libre albedrío / dentro de su mechinal. / No está mal; / cada sabio, su problema / y cada loco, su tema”.

El estilo de Bergson es elegantísimo y a veces arrebatador, siendo uno de los más destacados representantes de la “filosofía de la vida”. Para él, la Filosofía tiene por objeto captar la esencia de la realidad y esto no puede lograrse con el pensamiento intelectual, sino con la intuición, que procede, no por análisis y síntesis, sino por intimidad, por penetración. El espíritu, el alma, es pura movilidad, fluyente continuidad: tampoco podemos aprehenderla tal cual es, sino por intuiciones. La memoria es la que nos hace seres personales y libres. El mundo, que también es flujo continuo, variación cuantitativa, se desenvuelve libremente: ésta es la evolución creadora que mantiene y vivifica el impulso vital. En fin, Dios, que es vida, ha de ser también movimiento incesante, acción, libertad.

Henri Bergson nació en París el 18 de octubre de 1859 y falleció en la capital francesa el 4 de enero de 1941. Su padre era un judío de origen polaco, magnífico pianista y compositor, y su madre inglesa y también judía. Realizó sus estudios básicos en el Liceo Condorcet. Fue alumno y luego profesor de la famosa Escuela Normal Superior de París. En 1891 contrajo matrimonio con Louise Neuburger, prima de Marcel Proust. En 1900 obtuvo la cátedra de griego en el Colegio de Francia y posteriormente la de filosofía. Se le impidió el acceso a la Sorbona por la oposición del grupo de académicos tradicionalistas. En 1901 fue admitido en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En 1914 ingresó en la Academia Francesa y en 1925 presidió la Comisión de Cooperación Intelectual nombrada por la Sociedad de Naciones. En 1927 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. A pesar de haber sido dispensado de inscribirse en el registro en el que debían figurar todos los judíos, se presentó personalmente ya que como el mismo confesó: “quise permanecer entre aquellos que mañana serán perseguidos”. Al final de su vida experimenta una clara inclinación hacia el cristianismo; en sus últimos días manifiesta que no se convertía por no afligir más a sus hermanos de raza, perseguidos entonces por el nazismo.

En 1916 Bergson estuvo en España y con respecto a dicho viaje nos dijo: “En Madrid puse a prueba a mi público mediante una conferencia sobre el sueño, después viendo que éste me seguía muy bien... llevé a mi auditorio más lejos y más arriba de lo que había hecho nunca. Ninguna sorpresa, por tanto, al comprobar que España es el país de los espíritu s generosos como Don Quijote y de místicos como Santa Teresa y San Juan de la Cruz”.

Los escritos de Bergson, más cerca de la literatura que de la filosofía, han dejado una profunda huella en autores como Marcel Proust y Samuel Butler. Sus obras principales son Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (1889), Materia y memoria (1896), La risa (1899), La evolución creadora (1907), su obra más significativa, Energía espiritual (1919), Duración y simultaneidad (1890), a propósito de la teoría de Einstein, y Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932), en la que afirma que la mística española es una prueba experimental de la existencia de Dios. Su pensamiento oscila entre el idealismo de Kant y el positivismo materialista. Y como dijo el filósofo francés: “Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción”.











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