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LA VOZ DEL MÁS FRANCÉS DE LOS ALEMANES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¿Deseas mantenerte sobrio entre los que se embriagan?
¿Con qué fin? ¿Para que ellos te consideren el único borracho?”

Christoph Martín Wieland.

Considerado el principal representante del rococó alemán, Wieland es el mejor poeta clásico de Alemania. Es ingenioso, desenvuelto, gracioso, pero al mismo tiempo posee una imaginación rica y brillante; es artista sobre todo, y enamorado del buen decir. Ha tomado de los italianos y de los franceses una elegancia y una claridad que le han granjeado el título del más francés de los alemanes, el Voltaire de Alemania.

Christoph Martín Wieland nació en Obertholzheim, cerca de Biberach, Wurtemberg, el 5 de septiembre de 1739 y falleció en Weimar el 20 de enero de 1813. Fue hijo de un pietista y pretendió serlo también en su juventud, cuando era discípulo de Bodmer y escribía obras religiosas. Estudiante brillante, a los diecisiete años se enamora da una prima suya Sophie Gutermann, y a esa edad inicia sus estudios de derecho en la Universidad de Tübingen. Bodmer le invitó a Zurich, y en su viaje por Suiza, conoció a Julie de Bondeli, amiga de Rousseau, de la que se enamoró. En 1769 fue profesor de filosofía en la Universidad de Erfurt. Más tarde llegó a Weimar como tutor de los príncipes Carlos Augusto y Constantino. Fue miembro del circulo intelectual de Weimar, el más relevante en la Alemania de finales del siglo XVIII y que contaba con la presencia de Goethe y Herder, y fundador de la revista El Mercurio Alemán (1773), órgano importantísimo en el ambiente literario de la época.

Entre la obra de Wieland destacan en una primara etapa: La naturaleza de las cosas (1752), Cartas morales y Anti-Ovidio, del mismo año, Cartas de difuntos a amigos sobrevivientes (1753), La prueba de Abraham (1753) y Sentimientos de un cristiano (1757). Hacia 1760, tras recibir la influencia de Luciano, Horacio, Cervantes, Shaftessbury, D’Alembert y Voltaire que le llevaron al escepticismo francés del siglo XVIII, su posterior producción se caracterizará por un tono irónico, sensual, licencioso y, sobre todo, mundano. Con igual facilidad dedicó su pluma a combatir lo que antes había defendido, la religión y determinada moral. El antiguo admirador de Klopstock pasó a serlo de Rousseau, de Diderot, de los ingleses Sterne y Swift. Quiso imitar Wieland a Cervantes en su novela Las aventuras de don Silvio de Rosalva (1764), que deseó fuera una especie de Don Quijote, no enfrascado en la lectura de libros de caballería, sino en los cuentos de hadas, los cuales le mueven a ir por el mundo en busca de encantamientos por aquéllas producidos, hasta que curado de ilusiones, acepta el triunfo de la prosaica realidad sobre los sueños. Siguieron a esta obra, Cuentos cómicos (1765) y la novela histórica-filosófica Agatón (1766), considerada modelo de la novela de “formación espiritual”. En El espejo de oro (1772) hizo una defensa del despotismo ilustrado; practicó la sátira en la novela Los abderitanos (1781) y consiguió crear su obra maestra con el poema caballeresco Oberón (1780), compuesto en octavas e inspirado en el Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, de quien tradujo veintidós dramas (1762-1766).

Madame Stäel que tuvo ocasión de conocerlo, ha dejado de Wieland un retrato, en pocos rasgos, cuya exactitud puede adivinarse con sólo leer al retratado: era, en el fondo, un buen padre de familia con catorce hijos, un burgués menos pervertido de lo que afectaba ser, y, en suma, lo que suele llamarse un buen hombre “cuyas cualidades naturales estaban en oposición con su filosofía” lo que más de una vez le perjudicó como escritor. Como indica muy bien la antes mencionada escritora, había en su curiosa personalidad un poeta alemán y un filósofo francés que con frecuencia andaban a la greña uno con otro.

 

 

 


 


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