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LA VOZ DEL GENIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¡Murió el genio!
Su exceso nombre vuela
cruzando los espacios raudamente”
Juan Ramón Jiménez. En la muerte de Castelar.

La fantasía de Castelar, como en todo gran poeta, tiene algo de profecía. Su fantasía, quizá este don precioso lo miran algunos como el pecado mayor del genio de Castelar: dicen que no te deja ver las cosas tales como son, que tiene la desgracia de Midas, porque todo lo que toca lo convierte en oro. Pero no miran que la fantasía de Castelar es intuición que adivina secretos, es amor que penetra en la esencia del objeto.

Emilio Castelar Ripoll nace en Cádiz el 7 de septiembre de 1832. Cursa bachillerato en el Instituto de Alicante, y la carrera de Derecho en la Universidad Central. Licenciado en Derecho a los veinte años, hace el doctorado un año más tarde. En 1858 obtiene la cátedra de Historia de la Universidad de Madrid. Por un artículo titulado “El Rasgo” (1865) sobre un acto de Isabel II se le abre expediente como catedrático. Participó en el alzamiento de 1866, reprimido por Serrano, teniendo que huir a Francia, de donde regresó después de la revolución de 1868. Es diputado por Zaragoza, en las Constituyentes, en las que defiende su ideal republicano.

Proclamada la República en 1873, llevando la cartera de Estado promulga un famoso decreto aboliendo la esclavitud en Puerto Rico. El 7 de septiembre (su cumpleaños), el político gaditano fue nombrado presidente de la República, siendo su cuarto y último presidente. Este brillante orador, de quien se había podido pronosticar que no sabría más que seguir el camino de sus predecesores, resultó todo un político.

Después del golpe de Pavía en el Congreso, el 3 de enero de 1874, Castelar se marcha al extranjero y en diciembre de ese año es proclamado diputado por Barcelona. En 1875 es diputado por Huesca. Un año más tarde funda el partido posibilista. En 1889 ingresa en la Real Academia de la Lengua. En ese mismo año disuelve el partido posibilista. Cuando el 5 de mayo se aprobó la Ley del sufragio universal, el político gaditano reconoció que ya no tenía nada que hacer en este mundo.

Se afirmó incluso que el denominado “tutor de la situación” aceptaría una cartera en algún Gobierno liberal, ante lo cual Castelar escribió a Sagasta para comunicarle “yo perteneceré siempre la República en cuyo seno pienso vivir y morir”, Castelar muere el 27 de mayo de 1899 en San Pedro de Pinatar.

Castelar perteneció a las redacciones de El Tribuno, La Soberanía Nacional y La Discusión. En 1863 funda el periódico La Democracia. Su última obra literaria fue un artículo para la Ilustración Artística de Barcelona, titulado “Murmuraciones europeas”. Antes del 1858 publicó sus novelas Ernesto y La Hermana de la Caridad. Desde 1858 hasta 1865 publica varias obras entre las que destacan: Ideas democráticas y Fomento del progreso. Después de su exilio en Francia publica Cuestiones políticas y sociales, Vida de Lord Byron, Recuerdos de Italia, El ocaso de la libertad, La redención del esclavo, Recuerdos y esperanzas, Historia de un corazón y Ensayos literarios.

Sus contemporáneos veían en Moret, el orador que fascinaba; en Martos, el que conmovía; en Salmerón, al que aterraba; en Romero, al que halagaba; en Cánovas, al que convencía; pero Castelar era el que arrebataba y su oratoria contribuía a convertirle en la gran figura de su tiempo. “Yo creía –escribía Rubén Darío-, al visitarle, entrar en la morada de un semidios”. Castelar era la sinfonía democrática, era “el espíritu del siglo”, que salpica sus discursos en el Diario de Sesiones del Congreso con acotaciones innumerables: “grandes y prolongados aplausos”, “increíble entusiasmo”, “nuevos aplausos entusiastas”...

Pero Castelar, además de todo eso era político. Sabía cantar los ideales, pero también contenerlos dentro de las realidades y lo que valía más, convencer a los demás para que lo hicieran. Su palabra tenía música. Y, como dijo el autor del Quijote, “donde hay música no puede haber nada malo”.

En el año 1879, Castelar traza el programa que ejecutará el partido posibilista, que entonces funda “encerrémonos en procedimientos electorales... y poco a poco, por convicciones íntimas y por sucesivas transformaciones, irán las clases que hasta aquí han sostenido la Monarquía Constitucional a sostener una fórmula más progresiva y más en consonancia con los derechos y la dignidad de un gran pueblo”.

El 6 de septiembre de 1888 no puede reprimir su entusiasmo: “la ilustración y la riqueza crecen. Estamos en plena democracia. Y un porvenir de progreso lento, pero seguro y ordenado, nos sonríe como a ningún otro pueblo del continente”.

“Este andaluz –decía Azorín- criado en Levante, apasionado del Mediterráneo, ha sido quien, para el arte, ha ensanchado más el idioma de Cervantes, Lope y Calderón”. Castelar poseía el don de hablar. Un don divino, don de vida. “El señor Castelar –decía Clarín- no escribe en español, escribe por lo divino...” En cada palabra de sus obras escritas y de sus discursos hay música y un recuerdo amoroso y un entusiástico saludo para su querida España. Bien haya el escritor sublime, el orador sin par, que con la música de su palabra nos orienta en el camino de la fantasía y para conducirnos a los vergeles de su espiritualismo, nos va cantando la epopeya eterna de la idea... Y es que, como dijo el poeta: “Pensamientos y palabras / no se pueden separar / ni siquiera cuando callan”.

 

 

 


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