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  Guías culturales

LA VOZ DE LA GREGUERÍA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“El disparate es la forma más sincera,
pues, de la literatura.”
Ramón Gómez de la Serna.

Ramón Gómez de la Serna, representa y resume en su obra toda una época, porque él, como los grandes escritores españoles, no tuvo medida y era torrencial.


Gómez de la Serna rompe todas las amarras con las generaciones anteriores hasta constituir por sí mismo, en certera frase de Melchor Fernández Almagro, una “generación unipersonal”. Y es que Ramón –como acostumbraba llamársele- llena por sí solo un vacío en nuestra prosa: el que corresponde en las otras literaturas europeas a un periodo de inquietos hallazgos, de funambulismos y diversiones estéticas, de búsquedas paralelas a las innovaciones plásticas. Mucho se ha escrito sobre las greguerías como género literario y muchas definiciones se han dado de ella pero ninguna plenamente satisfactoria. Quizá se la haya definido mejor al decir lo que no es, que lo que es. Así, cuando Juan Chabás nos las define negativamente en la forma siguiente: “La greguería no es el aforismo, ni el kaikai, ni el epigrama, ni la imagen, ni la metáfora... y es todo eso justamente”, nos hacemos una idea más clara de la que el mismo Ramón consiguió al definírnosla:”La greguería, para mí, es la flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que lo resiste todo”.

Ramón Gómez de la Serna nace en Madrid el 3 de julio de 1888. A los 16 años escribió su primera obra, Entrando en juego. Comenzó la carrera de Leyes en Madrid y la terminó en Oviedo en 1918. Colaboró en la revista literaria Prometeo, fundada por su padre, a cuya dirección accedió en 1908. En 1914 fundó la tertulia del Café de Pombo, inmortalizada artísticamente por el pintor José Gutiérrez Solana, que se convertiría en el centro de reunión intelectual y literaria. En 1917 publicó las Greguerías, obra que le consagró como uno de los escritores más conocidos de las letras españolas.

En 1931 Gómez de la Serna viajó a Argentina y allí se casó con Luisa Safovich. En 1932 regresó a España, pero poco después, al empezar la guerra civil, abandonó definitivamente Madrid para instalarse en Buenos Aires donde murió el 12 de enero de 1963. En 1962 el Parlamento argentino le concedió una pensión vitalicia, y la Fundación March, el premio literario Madrid. Se le ha concedido post mortem la medalla de oro de Madrid (1963).

En 1931 escribió Ismos, dedicado al arte nuevo, que había estado precedido por Ramonismo (1927), en el que ofrece su visión de la literatura. De sus novelas, rebosantes en hallazgos, a un paso de la futura literatura del absurdo, pero carentes de profundidad, sembradas de intuiciones geniales, que no llegó a explotar lo debido, de anécdotas localizadas en los escenarios internacionales o en un Madrid de estilizado casticismo, destacaremos Gran Hotel (1922), El novelista (1923), El torero Caracho (1926), El caballero de hongo gris (1928), La Nardo (1930), etc.. Notables son asimismo sus originales biografías de Goya, El Greco y Azorín, sus Retratos contemporáneos y las páginas de carácter autobiográficos de Automoribundia, legado personal y patético de sus últimos años.

Contaba Ramón que su elección del vocablo greguería sucedió al de esperpento, pues el pensó primero denominar a sus greguerías de ese modo. Y así lo hubiese hecho de no tropezarse con la elección que hacía al mismo tiempo que él Valle-Inclán.

El imperativo vital de su miedo llevó a Ramón a esperpentizar su greguería y a esperpentizarse en greguerías a sí mismo. Todavía en la época anterior a su voluntario e involuntario destierro de España, mirándolo ahora desde la perspectiva última de su “automoribundeante” agonía de desterrado espiritual, encontramos esa honda raíz de su miedo como determinante, casi exclusiva, de sus más greguerizantes decisiones, aparentemente disparatadas: subirse en un trapecio en el circo, en Madrid para dar una conferencia, o en París, también en el circo, encima de un elefante. Lo más terrible –contaba Ramón- era que cuando estaba arriba sentía algo tremendo e inesperado, y es que no encontraba por ningún lado la cabeza del elefante, “yo creí que había perdido la cabeza –la mía- y lo que había perdido era la cabeza del elefante”.

Ramón es el primer escritor español que, siguiendo la lección de Goya, se decide llamar al disparate por su nombre. Disparates clarísimos: puntuales y conocidos. Y, sin embargo, aunque Ramón nos ofrezca en su estupendo libro de los Disparates (1921) la primera y única “Teoría del disparate” que tenemos en castellano, esta teoría de Ramón, con ser disparatada, en efecto, estupendamente disparatada, no alcanza a definir y plantear en todas sus dimensiones posibles la magnitud humana y divina del disparate como expresión viva extremada, como forma poética del pensamiento.

Estos formidables Disparates de Ramón son brevísima parte, aunque admirable, de ese enorme riqueza disparatada, de poesía entera y verdadera, la más prodigiosa riqueza del pensamiento disparatado, que hoy haya prodigado, disparatadamente, escritor alguno en el mundo. Y aunque, en definitiva, lo disparatado de toda la obra de Ramón es siempre greguería, no quisiera dejar de recordar con sus palabras, por el significado excepcional e insustituible de su texto, esta afirmación insuperable de su “Teoría del disparate”: “Realmente todas nuestras credulidades, nuestras deducciones y nuestras altiveces son disparates”.



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