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  Guías culturales

LA VOZ DE UN HIJO LEGÍTIMO DE GRANADA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Pero esta fe no está en mí
y esta fe debe ser mía.
Esta fe que yo creía
cuando sin fe concebí
la estatua que vive en ti....”
Ángel Ganivet.

Ganivet es una de figura de las que se han recordado siempre. No solamente por lo que por sí mismo vale y ofrece sino porque representa la última etapa en el siglo XIX de todo un linaje intelectual español que se remonta en sus orígenes a nuestros más notorios pensadores clásicos: Vitoria , Isla y Luis Vives. Y es un verdadero precursor de los modernos ensayistas españoles, como lo fue desde otro punto de vista Larra, cuya vida y obra tantos contactos presenta con la del pensador granadino.

La visión que tuvo de los problemas de su tiempo fue completa. Talento creador y crítico. En su vida corta y desdichada hubo un manantial de ideas, de poesía, de impulsos geniales y de emoción intensa que suele producir el dolor en los seres de gran capacidad mental.

Ángel Ganivet y García de Lara nació en Granada el 13 de diciembre de 1865. Hijo de una familia de molineros venidos a menos. A la edad de diez años Ganivet se fracturó la pierna en una caída y estuvo gravemente enfermo. A causa de este accidente, Ganivet comienza tarde sus estudios, pero pronto destaca como un joven brillante, cursando ente 1880 y 1890 el bachiller y las carreras de Derecho y Filosofía y Letras siempre con las notas de sobresaliente.

En 1868 llega a Madrid para hacer el doctorado, y, además, se presenta a las oposiciones del Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, que gana En la capital de España desempeñó su primer cargo oficial como bibliotecario del Ministerio de Fomento. Por entonces entabló amistad con Miguel de Unamuno. Pasó por los consulados de Amberes y Helsingfors antes de ocupar el de Riga, pocos meses antes de su muerte.

Ganivet fue “hombre de lecturas”. Esto es, un lector curioso e infatigable de todo cuanto merecía la pena ser leído de España y de fuera de España. Leía en cinco idiomas europeos modernos y conocía el griego y el latín.

Las ojeadas de Ganivet al espectáculo internacional son frecuentes. Ganivet da un salto rápido de la vida provincial a la vida europea. La presión del medio, dentro y fuera de España, contribuyen a modelar en la personalidad del granadino sus más curiosos perfiles.

Toda la obra de Ganivet se proyecta en tres direcciones: la preocupación estética, referida a su Granada; la preocupación política, referida a España; y la preocupación moral, referida así mismo. Ganivet es uno de los escritores modernos más sugestivos y sugerentes; en su espíritu , intensamente nutrido en lo castizo, popular y tradicional, se aunaron a la perfección el amor a Granada, a lo español, y a lo europeo.

Era senequista y, como luego Unamuno –que sin duda tomó y desenvolvió muchas de sus ideas, no obstante haberlas combatido inicialmente-, veía en el Quijote y en La vida es sueño, de Calderón, los dos símbolos literarios de la filosofía española, y sobre todo, en el libro de Cervantes, de la ética. Creía que las virtudes más característica de los españoles son la dignidad personal, la piedad y la justicia. Ganivet pertenece rigurosamente a la generación del 98, aunque su vida termine en esa fecha, es el precursor de esa generación: “el 98 antes del 98”.

Las obras más populares de Ganivet son: Granada la bella, Cartas finlandesas, Idearium español, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, Hombres del norte y El porvenir de España.

Angel Ganivet conoció en Madrid, y en un baile de máscaras en el teatro de la Zarzuela, a una mujer muy bella, llamada Amalia. Amalia Roldán. Desde aquella noche la suerte del extraordinario escritor granadino, quedó ligada para siempre a la vida de la gentil enmascarada. Fueron unos amores accidentales y sombríos. De ellos nacieron dos hijos, un varón y una hembra. La niña murió en París, poco antes que su padre, produciendo una nueva catástrofe en el alma ya medio ausente del escritor. Los amantes vivían unas veces juntos y otras separados. Un día supo él, por boca de amigos oficiosos que ella , la mujer que consideraba como esposa, le era infiel. Cierta o no tan delicada circunstancia, el efecto que causó en el alma de Ganivet tuvo decisiva influencia en el trágico final.

A primero de junio de 1898 quedó suprimido por real orden, el Consulado español de Helsingfors. Angel Ganivet hubo de trasladarse a Riga, nuevo lugar de su residencia oficial. A Riga llega a mediados del mes de agosto. Comienzan para el desgraciado escritor los días más terribles de su existencia. La perturbación psíquica (coexistente con el lento proceso paralítico), que ya había tenido sus primeras fases en diferentes épocas, desde hacía dos años, y en formas más o menos agudas, se agrava bruscamente, dejando pocos espacios de lucidez completa a aquel cerebro de privilegiada capacidad.

Es entonces cuando Ganivet emprende su última obra literaria, en la que ya se advierten muestras patentes y reiteradas de su anomalía mental. Nos referimos al poema escénico y trágico-simbólico escrito en verso titulado El escultor de su alma. El manuscrito de esta obra fue enviado al director del periódico El Defensor de Granada pocos días antes del suicidio de Ganivet.

En el mes de septiembre de 1898, ya reconciliados Ganivet y Amalia; decide ésta el viaje a Riga, en unión de su hijo. Ángel no quería que Amalia fuese a reunírsele, e incluso le había anunciado que si, a pesar de todo, ella se presentaba en Riga, él, antes de verla, se mataría.

Amalia y su hijo llegaron a Riga el día 29 de noviembre. Ganivet hacía todos los días la travesía del río Dvina para dirigirse de su casa a su oficina. Aquella tarde, a primera hora, recién arribados a la ciudad los dos viajeros, madre e hijo, fueron al Consulado español, donde esperaban encontrar a Ganivet... La espera fue más corta que la impaciencia de aquellos dos pobres seres. La noticia del suicidio apenas pudo ocultarse un momento a la señora Roldán.

El cónsul se había arrojado al Dvina, sin que los esfuerzos realizados por algunos pasajeros y tripulantes del vapor que hacía el servicio diario entre las dos orillas lograsen salvarle. Está probado que durante aquellas maniobras de salvamento se pudo izar a Ganivet hasta la borda, pero los desesperados esfuerzos de éste para desasirse de los brazos que le sujetaban triunfaron al fin, y el cuerpo del gran escritor se hundió para siempre bajo las aguas.

Dos días antes de morir, el 27 de noviembre, cuando Angel Ganivet ya estaba lleno del propósito de la muerte, dejó en casa de un amigo, una especie de testamento que termina así: “No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho algún mal, pido perdón”.

 

 

 


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